Paseante que me miras, o que caminas conmigo, escucha: yo no te canto a ti, canto a la vida. Mi voz no es para ti, es para mi emoción, es para mi don, es para mi privilegio. Canto porque no puedo hacer nada más, porque no sé hablar sin traicionar mi corazón, y porque mi vida es demasiado grande para mí, porque no puedo hacer más que cantarla.

Tú no lo sabes, pero mi voz te quemaría. Yo bebo la pócima de azufre, la savia destilada de asarabácaras, recojo las cenizas allá por donde paso para que vosotros no tengáis que pisarlas y quemaros los pies. Por eso, dices, yo veo la verdad, pero ver la verdad no es deseable, porque verla no te hace más sabio, sino sólo un poco más triste (oigo que también llaman así a ser más fuerte).

Tú nunca lo sabrás, pero yo sigo esperando cada día. Tú no lo sabrás, porque tú ignoras y por eso caminas con paso seguro, ojos mirando al cielo, mejillas sonrosadas; pero tú no has podido elegir, y yo sí, yo he elegido.

El Señor nos lo da y el Señor nos lo quita; alabado sea el Señor.

(Y ésa es otra cosa que tampoco sabes).

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