El agraviado

Pobre, infeliz de ti; pobre, desdichado de ti, pensabas que tu vida era puro recreo y puro redoblar de tambores,  que en el baile de palacio no había ningún enmascarado. Hoy te toca bailar a solas, o quizá casi con tu sombra, cuando mejor. Hoy te toca taparte con despojos.

Ya no, ya no crees. Ya no, ya no te entregas al susurro halagüeño de los cantos no tan lejanos. Vamos, corre, vuelve a tu guarida, no salgas más.

No tienes ya ni el consuelo de tu vieja coraza, a la cual renunciaste, por querer entregar tu pequeña alma de niño en el altar del parnaso. Y dime, ¿qué has conseguido? Sólo un festín para las hienas. Di, ¿qué, con tu descomunal mole de agraviado sin agravio? Tan sólo los buitres agradecerán tu íntimo holocausto con ínfulas de mito.

Busca, busca sólo como consuelo el eco de un himno en una lengua antigua que ni tú mismo entiendes, pero que intuyes compartir con los seres que te dijeron que existían, aquellos a quienes jamás verás.

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