En física cuántica, el observador influye en el objeto observado. No existen los observadores aislados del universo mecánico, sino que todo participa en el universo.

-Física Cuántica
Por William Arntz, Betsy Chasse, Mark Vicente

¿Quieres ser conocido? ¿De verdad quieres que la gente conozca tu nombre, que reconozca tu rostro cuando lo ve?

¡Ahora, cualquiera de nosotros puede llegar a ser famoso! O más famoso de lo que es. Lo cual no es poco, si te paras a pensarlo. Uno puede ser conocido en su círculo social, pero conseguir que lo conozcan -por un buen motivo, o por uno entendido como bueno, se entiende- los que no pertenecen a él, aunque sean de otro círculo cercano (pero, ¡ojo!, no colindante, mucho menos superpuesto), es más difícil de lo que parece.

Sin embargo, ahora puedes darte a conocer. De hecho, es muy fácil. ¡Internet está a tu disposición! La herramienta para el conocimiento humano más útil que ha habido en la historia; para ampliar el conocimiento propio y, lo que parece que se estila, para ampliar el conocimiento de uno mismo en los demás.

No se sabe qué grado o calidad de conocimiento es ése. Puedes ofrecer de ti cuanto quieras y en la manera que quieras. Puedes darles a los demás -quienes sean; supongo que es mucho más fácil cuando se trata de un público objetivo cercano y bien definido- la proporción de tu persona que tú determines. Casi invariablemente, lo que tendrán de ti será una imagen. Supongo y sospecho que esa imagen debe de ser, inevitablemente, alejada de la realidad.

Pero sigue siendo un objetivo que persigue mucha gente hoy día en Internet.

Y la gente, hoy, quiere ser famosa porque sí, porque ser conocido, casi por cualquier motivo, aunque sea por hacer el ridículo o por renunciar a la propia dignidad en público, ya supone un estatus por sí mismo; ya, ser famoso se ha convertido en un objetivo por sí mismo, no una consecuencia de una carrera, unos logros o una relevancia merecida por cualquier otra razón.

Pero puede que haya una razón legítima. Puede que uno sea un creador, que sea artista. Puede que tenga talento, incluso mucho. Quizá hasta más que eso (el talento, al fin y al cabo, es moneda corriente). Parece lógico que merezca ser conocido. O famoso, incluso. En este caso, seguramente esa persona desee ser famosa como signo de agradecimiento y reconocimiento por su obra. Un aplauso social, el otorgamiento de un estatus. Un sello de calidad.

No sé si todos los artistas o creadores famosos lo son merecidamente o no. Quizá lo habrían merecido más los que nunca han llegado a ser conocidos. Pero sí sé que estos últimos habrán sido y serán siempre los más libres.

Uno, hoy día, cuando se da a conocer y consigue que lo conozcan, entrega las llaves de su libertad creadora y, en ocasiones, de su libertad personal, en gran medida.

Uno se convierte en personaje. Mucha gente lo admirará y aplaudirá su obra, sus palabras o sus actos, pero mucha más habrá que cargará contra él, sin importar los motivos.

Lo peor de todo, para un artista, sin embargo, no es estar expuesto a escarnio público, a injurias, a burlas, o a críticas no por fundadas o respetuosas menos hirientes. Es el hecho de pasar a ser un ente observado.

Por eso tiene tanta razón aquella frase -no sé de quién ni tampoco la recuerdo literalmente- según la cual el corazón del artista se debate siempre entre el deseo del (re)conocimiento público y el deseo íntimo de no ser nunca encontrado.

Por eso el artista es un Pulgarcito que va dejando tras de sí miguitas de pan, pero siempre siguiendo un recorrido intrincado, laberíntico, errático y a veces tramposo. Seguramente, de vez en cuando olvidará cumplir con el intervalo adecuado para que su perseguidor pueda seguir su pista sin dificultad. De vez en cuando, durante trechos más o menos largos, no dejará ninguna pista; y creerá que es mejor así.

De hecho, con toda probabilidad, su voz interior le susurra que es eso lo que verdaderamente quiere: que no lo encuentren jamás. No tener que contar más su historia, no tener que pensar en otro cuento con el que seguir conservando la atención de los muchos o pocos que hayan empezado a escucharlo y sigan escuchándolo. No arriesgarse a la decepción de ser abandonado ni de que los elogios se conviertan en abucheos, porque los que creían en la belleza de su mensaje, o los que eran capaces de ver su luz, ya estaban ahí desde el principio y seguirán estando al final, cuando las palabras ya hace tiempo que se hayan agotado.

Con toda probabilidad, ni ese mismo artista sabe ni entiende bien cuál es su mensaje ni cuál es su voz, para qué se supone que tiene que seguir esforzándose, ni si nada de eso sirve para algo, siquiera a él mismo. Sin embargo, intuye que todo eso sólo lo puede averiguar, si acaso, en la soledad de su habitación, con las ventanas abiertas, bajo el manto del sol, simplemente aspirando a eso, sin el ruido de los aplausos, sin la presión de los que piden otro número de magia.

Si para cuando se dé cuenta de eso no ha logrado quedarse solo, se irá pegando un portazo.

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