Darse el lujo de la tristeza, darse permiso para sentir intensamente;

despojarse de armaduras y cortavientos, mirar de cara lo que venga.

Sentir el frío en los ojos, sentir la noche sobre los hombros,

arrastrar los pies descalzos sobre guijarros, caminar sin la obligación de volar,

no tener que pasar de puntillas, correr con las manos aparadas

y no saber lo que vas a recibir en ellas.

Hay un mundo (muy lejano) donde a eso lo llaman enfermedad.

 

Un mundo cada vez más lejano.

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