Fuera del pasado

Por lo que sé de la lengua inglesa, “out” significa “fuera”, y “out of” significa “fuera de”; normalmente, se usa en oraciones que incluyen el significado de salir de algún sitio. Pero, según entiendo, tiene también otro significado, más difícil de traducir a la lengua española. Significa que algo viene de otra cosa, de otro tiempo, de otro lugar, o que algo se materializa a partir de otra cosa.

El título de la (gran) película de Jacques Tourneur de 1947 “Out of the past” no significa, por tanto, “Fuera del pasado”, sino que indica que algo o alguien viene del pasado; que pertenece a él pero se materializa o corporeiza en el presente.

Y, si bien la vida de la mayoría de la gente normal poco tiene que ver (afortunadamente) con la de los personajes de esa película, el título expresa una gran verdad común a todos.

No es verdad que nosotros elijamos nuestros recuerdos; no es verdad que seamos nosotros los sujetos de esa acción. Somos los objetos; los testigos ante los cuales el pasado se presenta cuando quiere. Los recuerdos son como fantasmas -inofensivos o malignos- que se deslizan desde el pasado hasta nosotros, en un momento dado.

Pienso en B, por ejemplo, que se enfrenta a su vida tan inerme e indefenso como cualquiera.

Un día, B debe viajar a cierto lugar -un país, una ciudad- donde vivió algunos años. Fueron años ingratos, difíciles, solitarios; algunas veces, incluso miserables. Ahora, sabe que van a sobrevenirle recuerdos y cree estar más o menos preparado para ellos; es más, cree que los puede controlar. Y cree eso porque B es feliz ahora, en su presente. Eso es lo único que le importa: el presente. Ha dejado atrás el pasado, ha extraído de él las enseñanzas de cada momento, etc.

Pero, en cuanto llega a su destino, le empiezan a sobrevenir esos recuerdos, que se materializan en el presente; de pronto, el pasado se hace real. No es una imagen borrosa en su cabeza; es una realidad. Es una sensación, es un estado psicológico, es una emoción. ¿Qué importa que el tiempo sea otro, que la Tierra se haya trasladado desde entonces para no volver, que ni siquiera los escenarios de las pequeñas desgracias de B tengan hoy el aspecto de antes? Los olores son los mismos; la gravedad del aire es allí la misma de antes; los sonidos son los mismos (ininterrumpidos; no son ruido, no ofenden al oído, pero no dejan ningún margen al silencio; imposible detenerse y respirar con tranquilidad); probablemente, B ya se siente de retorno al pasado; el pasado se ha hecho presente y lo ha poseído y se ha llevado su mente consigo, hacia atrás.

En esos momentos, B se siente partido en dos, con un pie en su pasado y el otro en su presente. Con su mitad presente, mira alrededor y se pregunta: Siendo como soy ahora, más maduro, más fuerte, y sabiendo lo que sé, ¿podría yo vivir aquí y ser perfectamente feliz, como lo soy en mi vida actual? Si fui tan desgraciado en aquellos años que pasé aquí, ¿fue porque yo no supe ser feliz, y no por culpa de este sitio que me desquiciaba, como entonces me gustaba pensar?

Y no hay respuesta. Y cuando B sale por fin de allí y regresa a su vida normal, necesita un tiempo para desconectar su mente de aquel subprograma, del virus que la ha contaminado. Después, cuando ya se ha recuperado, habrá sentido seguramente, primero, un alivio casi eufórico de verse lejos de aquella pesadilla. Y luego, le quedará la pregunta otra vez: ¿sería hoy capaz de aceptar un supuesto desafío y volver sobre sus pasos, a aquel país o aquella ciudad de su pasado, preñado de recuerdos amargos, y corregir todo lo que dejó de hacer, de modo que llegara a ser feliz también allí? Y si no lo fuera, ¿qué diría eso acerca de él mismo?

Al final, B decide no pensar más en ello. Decide que una batalla no se gana sin cicatrices y, a veces, algún sacrificio más; que si hoy es capaz de ser feliz sólo siendo él mismo, es, también, gracias a todas las cosas no deseadas que le sucedieron mientras vivió en aquel extraño país.

No volverá nunca más. Destruido el país, se acabaron los fantasmas.

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