Vidas de santos

El mundo actual sabe muy poco de santos, pero no andaría tan mal si supiera de santidad al menos la mitad de lo que sabe de santos.

Y yo tampoco he leído leyendas ni hagiografías, a catequesis fui lo justo (o incluso más de lo justo y necesario) y, como correspondía a mi edad, prestaba la atención mínima cuando las monjas del colegio empezaban la mañana leyéndonos el texto religioso que tocaba.

Fue tiempo que gané, porque ahora sé que ninguna de aquellas ortodoxas lecciones de catolicismo podía haberme enseñado lo que necesitaba saber.

Los santos martirizados -o los santos, a secas- fueron personas ejemplares, pero seguramente no fueron muy diferentes de todos los demás; ni siquiera de los de hoy día, un tiempo que parece bien poco propicio para producir santos. No es porque la tierra de la fe esté seca; la aridez está, sin embargo, consumiendo nuestra valentía. La fe se nos queda como una bata que andamos por casa; un gesto muy nuestro, muy íntimo y muy sentido, pero sólo en nuestro ámbito más protegido. Ejercemos nuestra fe de puertas para adentro y parece que nos avergüenza sacarla con nosotros allá donde vayamos.

Nuestra época es más civilizada que la que les tocó vivir a aquellos hombres y mujeres ejemplares, pero, en cerrazón mental y en odio a la espiritualidad, corre pareja a aquélla. Y lo es, sobre todo, en afán de uniformización y homogeneización de las conductas y de las manifestaciones personales. Todo el mundo sabe que es así -moldeando la conducta- como se consigue doblegar la voluntad y sofocar la llama interior de un hombre.

Basta leer un resumen de los relatos que han pervivido sobre la vida, el martirio y la muerte de los santos, para saber lo que les unía: el amor a Jesús en un tiempo en que estaba prohibido y se castigaba duramente. Por ello, esa profesión de fe me parece menos importante que la manera en que inspiró a aquellos hombres y mujeres para rebelarse contra la sociedad y las pesadas y monolíticas estructuras de las que vivían prisioneros.

Ellos encontraron la fe, encontraron el verdadero sentido de la vida. Asimilaron el mensaje profundamente revolucionario de Jesucristo y de Dios. Porque en un mundo corrupto, la voluntad de vivir de acuerdo con el amarás a Dios y a tu prójimo como a ti mismo tan sólo puede significar problemas. Cuanto mayor sea la voluntad de ese individuo de vivir en consonancia con su fe y su convicción, mayor será la violencia con la que el mundo que lo rodea se empleará para destruirlo.

Si hoy hemos aprendido a leer más allá de los símbolos y de las alegorías de la Biblia, y si sabemos que a Dios le gusta hablar en clave porque sólo así podemos entender Su mensaje, ¿por qué no leer también a los santos y sus vidas como una parábola? Ellos eran hombres y mujeres como nosotros. No eran ángeles; eran humanos y, como tales, debemos concluir que cometieron pecados, hicieron cosas lamentables, y, desde luego, sus pensamientos tampoco fueron siempre puros y rectos. Pero algo los distinguió a ojos de Dios; quizá tenían en común su inocencia. No calculaban, no planificaban su futuro. No hacían las cosas por el rédito que pensaban que les pudiera retribuir. Simplemente, hicieron lo que creían sinceramente que estaba bien, aquello que estaba en consonancia con el sentido intrínseco de moral que llevamos dentro desde que nacemos. Y se negaron al Mal hasta el último momento. Y lo denunciaron, y se rebelaron contra él. Que lo hicieran en nombre de Jesucristo o no ¿acaso marca alguna diferencia? Llamamos santos a quienes sabemos que hicieron cosas extraordinarias por su fe en Dios, pero ¿acaso no merece esa aureola cualquier ser humano que sigue siendo inocente a pesar de todo?

Intento imaginar cómo serían ellos de haber vivido en nuestros tiempos (al margen de que hay santos en todas las épocas y en todos los lugares; lo que digan instituciones con intereses materialistas y de poder es otra cosa, es puro negocio, no es la Verdad). Y me los represento rebeldes y contestatarios, pero no exhibicionistas, porque no tienen ego; huyen de los focos y de la gloria terrenal del aplauso; no quieren llegar a ser nada, sólo quieren vivir de acuerdo con la verdad. No se callan ante las injusticias, pero tampoco se erigen en paladines de nada. Eso sí: cuando les tocan las narices, saltan. No dejan que nadie les pise, aunque eso signifique la muerte física o social.

Son valientes porque saben que el miedo es una ilusión.

Viven vidas anónimas y, si nos los cruzáramos por la calle, no nos llamaría la atención nada en su apariencia, en su gesto ni en su comportamiento.

No les hace falta que nadie les dé la razón, porque ya saben que la tienen.

No van pregonando sus creencias, pero tampoco se avergüenzan de ellas.

No son perfectos; sufren, padecen, sus mentes o sus circunstancias los torturan, pero no saldrán corriendo y nunca agacharán la mirada ante lo que venga.

Los santos aprietan los dientes y siguen andando sobre sus pies maltrechos.

A veces, su fe flaquea, pero, en el momento verdaderamente crítico, cerrarán los ojos y, con el estómago encogido, darán el salto.

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