Archivo mensual: marzo 2013

Nuestro amigo, un chico de un país muy lejano que seguramente no visitaré jamás, había permanecido entre nosotros, en nuestro pueblo, durante muchos meses. Había celebrado con nosotros las fiestas patronales, las Navidades y la entrada en el nuevo año, la llegada de la primavera. Él había conocido nuestro pequeño pueblo y nuestro valle, y también nuestras costumbres, nuestros paisajes, había aprendido la cadencia exacta de la lluvia cuando cae por estos lares, y se había acostumbrado al olor que desprende esta tierra cuando empieza a calar en ella el agua, o cuando empieza a florecer otra vez. Todo era aquí muy distinto; la vida tenía un color más sosegado, más apagado aquí que en su país natal, y él se había encariñado desde el principio con su nuevo y accidental hogar.

Ahora, su misión aquí, su objetivo, se había cumplido y su estancia aquí tocaba a su fin. Ayer hablábamos de eso (porque todos tememos los finales, todos nos entristecemos con las despedidas y a ninguno nos gustan, pero todos hablamos de esos finales); él había bajado las escaleras y estaba escuchando música en su reproductor de mp3 (ó 4…). Era todo muy moderno, muy ‘casual’ y muy normal.

Al verle, yo le dije algo así como:

-¿Qué tal? ¿Preparándote para volver a casa? Qué pena…

Y entonces él, sin dejar ni un momento de sonreír, va y me dice, en el mismo tono ‘cool’ y de andar por casa:

-Sí, ya sabes: hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; hay un tiempo para venir y un tiempo para volver a casa…

-¡Y un tiempo para volver a venir, supongo!

Nos reímos con el juego de palabras de volver a venir, volver a irse, volver a volver a venir, etcétera.

No lo conozco tanto, pero es un chico simpático. Y admiro el desparpajo y la jovialidad espontánea de gente que es capaz de hablar con tal elocuencia y tal falta de pomposidad al mismo tiempo. Una se pregunta si estamos queriendo aprender de otras culturas las cosas que de verdad nos enriquecerían más, o nos fijamos solamente en conocimientos instrumentales sin alma. Porque estoy segura de que en ese país de donde viene este chico hay mucha más gente así que aquí.

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Viernes Santo

“Creyó, esperando contra toda esperanza.”

(Rom 4, 8).

“Abraham, dice el Señor, anda en mi presencia y la hallarás en todas partes”.

(Santo Cura de Ars, Sermón sobre el Corpus Christi).

 

Internet, la mayor enciclopedia de la historia con la accesibilidad más perfecta y democrática de la historia, es un invento maravilloso, pero uno con tendencias hiperanalíticas lo puede usar para complicarse la vida cosa mala.

¡Y es que está lleno de gente que habla(mos) sin parar! Todos estamos ahí, en nuestra pequeña parcela, encaramados a nuestro cajón o nuestro púlpito casero, publicando, compartiendo, opinando, leyendo y juzgando. ¡Si es que es fascinante! ¿A que lo es?

Entonces, una mente superanalítica se encuentra ahí con multitud de… ¿qué? ¿Oportunidades? ¿Lastres?

Pues, sin entrar en honduras, un poco de cada.

Es fatigosísimo, es agotador y excruciante para esa mente (que es, pues, la mía) intentar encontrar la verdad en esa jungla. ¿Quién dice la verdad? ¡Quiero saberlo! ¡Necesito saber la verdad! Sólo en la verdad puedo ser libre. Mi mente ansía la verdad. Quiero saber cuál es, a cualquier precio.

Hay quien dice que la fe (=religión) y la ciencia (=saber) están en conflicto, que son mutuamente excluyentes. Pero esto es así sólo ahora. Sin embargo, es ahora cuando vivo, éstos son mis tiempos, y a estos debates asistimos. Para el mundo de hoy, no puedes tener fe en la trascendencia y, al mismo tiempo, ser una persona racional, más o menos inteligente, que quiere estar bien informada y rechaza ser manipulada por otros o por sí misma. Entonces, el mundo actual nos impele a elegir. ¿En qué bando estás?

Cuando me asomo a la ventana y veo esos encendidos debates que constantemente se desarrollan, en los cuales unos y otros afirman tener ellos la razón, estar ellos en la verdad, quiero saber mejor qué dicen unos y qué los otros, porque quiero saber cuál es la verdad. Pero al mismo tiempo, tengo fe, y a veces siento temor de equivocarme en ella. He elegido pero, a pesar de eso, quiero saber.

A veces, pienso que mi fe se parece a un pequeño huevo (de Pascua, digamos) hecho de cristal de Murano. Lo pongo en una cajita llena de algodones, en un sagrario custodiado y guardado por siete cerrojos. Es una joya preciosa, y es sumamente delicada; no se puede maltratar.

Sin embargo, este huevo de cristal, esta joya, existe aquí y hoy. Yo soy parte de este mundo y quiero vivir en él enfrentándome a todos sus desafíos. Y si quiero saber, no puedo esconderme. Quiero que mi creencia sea el resultado de la vida, no del oscurantismo o la ceguera voluntaria. No del miedo.

A veces, mi fe es como el corazoncito diminuto y frágil de un petirrojo recién nacido. El corazón tiene un latido igual de diminuto, pero tan firme y constante como el latido del corazón de una bestia formidable. Y cuando lo siento, me pregunto: Con todo lo que sabes, con lo que ha sido tu vida, habiendo llegado hasta aquí, ¿puedes ahora no creer? Inténtalo.

Lo intento, porque la creencia en nada no es algo que desconozca ni que no haya experimentado. Pues yo también he sido descreída y también escéptica en algún momento.

Y entonces sucede que no puedo; ahora no puedo. Ahora sé más, he experimentado más, pero no puedo dejar de creer.

Es como cuando miras una imagen estereoscópica, donde de repente ves algo que antes no veías, o de una manera nueva, y luego ya no puedes dejar de ver ese algo nuevo, ni la imagen entera de una forma completamente nueva para ti. En realidad nada ha cambiado, ante tus ojos están las mismas cosas, pero tú has cambiado y ya no puedes ser más que el que eres ahora.

Digo mal: no veo cosas nuevas ni de distinta forma; sino que lo nuevo ahora forma parte de mí, me modela, es quien yo soy. No puedo ser de otra manera. Quizá mañana lo sea o quizá no, no lo sé ni lo puedo saber; sólo sé que ahora soy quien soy ahora.

Y entonces, razono y concluyo que si ahora hay algo nuevo, si hay una fe, es porque Alguien la ha puesto ahí. No sé por qué, pero Sus caminos son inescrutables y yo no aspiro ni puedo aspirar a entender Sus razones. Sólo sé que Dios, por alguna razón que, ya he dicho, no podré entender jamás y que me resulta insólita, ha querido darme esta joya que destella dentro de mí y que ilumina toda mi vida. Sí, es cierto, hay veces (muchas veces) en que no me comporto en consonancia con este regalo, ni que me hago digna de él, pero ése es defecto mío, no de Él. Pues Dios no comete errores, ni tampoco necesita irse a reflexionar sobre lo siguiente que va a hacer. Sin duda Él halla en mí el eco de la medida exacta que ha querido darme, y halla la respuesta que sabe que voy a darle.

Ninguno de Sus seguidores, ni siquiera aquellos capaces de verle y oírle con extraordinaria claridad, dejó de asombrarse jamás con Él. Por Sus caminos, por Sus renglones, por Sus motivos. Entonces, ¿por qué yo debería poder siquiera empezar a entender? No es eso lo que se quiere de mí, ni de ninguno de nosotros. Sospecho, intuyo, que Dios sólo quiere que mire el mundo y Lo vea en él, y que me regocije y halle gozo en mi fe. Nada más; sólo eso. Es muy simple, en realidad: ¡Dios quiere mi vida en alegría y felicidad! ¿Hay cosa más sencilla? Y ¿hay misión más difícil de cumplir para el hombre?

No tengo que preocuparme por nada. Él hace Su trabajo y yo persevero en hacer el mío. No hay nada más.

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Esta tarde, Jueves Santo, por primera vez en muchísimo tiempo, he asistido a un oficio católico. Concretamente, he ido a la misa de las seis, en nuestra iglesia parroquial. Esto era algo totalmente inusual en mí, que nunca voy puesto que nunca me he sentido identificada, como feligresa, con la iglesia católica. He podido sentirme y me siento identificada de otra manera, menos profunda, si se quiere; por ejemplo, si estoy lejos de casa, una iglesia católica es una referencia para mí, me da sensación de cercanía, de familiaridad; y, a pesar de todas mis disensiones con la iglesia católica como institución, me molesta que gente más ajena a ella que yo, y con la sola intención de hablar por no callar y de ser irrespetuosos de forma gratuita, dirija su mala baba contra ella así, porque sí y porque está de moda ser anticatólico. Eso me indigna, la verdad. Por lo demás, hasta ahí llega hoy día mi nexo con la iglesia.

No obstante todo lo cual, hoy, por ser uno de los días más importantes para los cristianos, he decidido asistir, y así lo he hecho.

Lo he hecho por curiosidad y por una necesidad hermana de la fe: la de expresarla en compañía de otros creyentes; la de compartirla, acrecentarla, fortalecerla y disfrutarla. No sé si les pasa a otros -sospecho que sí-, pero para mí, vivir en la fe es pura alegría; la mayor parte del tiempo, por desgracia, la vida cotidiana y sus menesteres me absorben mucha energía, y me muevo en un plano puramente mundano, como casi todo el mundo. Por eso, los momentos de contemplación son mil veces más motivo de celebración, para mí, precisamente porque suceden cuando menos los espero, cuando más exhausta y apagada estoy; porque, cada vez más, noto que soy yo quien los hace suceder; y, sí, son pura alegría, algo indescriptible, irracional, que me hace querer contarlo, celebrarlo en voz alta, bailando, riendo, echando a correr sin rumbo fijo; momentos, fugitivos y efímeros, sí, pero cada vez más frecuentes y un poquito más largos cada vez, en los que el mundo y sus penurias o sus miles de razones para mi mal humor o para mi contrariedad o pena, todo eso, todo se desvanece y se siente muy, muy lejos, desintegrándose, rutilante pero inocuo, como polvo de estrellas a años luz de mí; momentos en los que me sobran las palabras, me sobra escribir, me sobran las lecturas, las pesquisas, hasta mis meditaciones deliberadas; momentos que son pura espontaneidad, un ser, un suceder aquí y ahora… Me indican que, en mi constante búsqueda, algunas veces desesperada, otras jubilosa, voy por el buen camino.

Por todo eso, naturalmente, siento la llamada de una comunidad, de pertenecer a una iglesia (¿no es ése, acaso, su sentido original? ¿No era para eso para lo que se reunían los primeros cristianos, o, yendo más atrás, los creyentes en cualquier dios, los miembros de cualquier religión anterior a Cristo?). Siento la necesidad de la identificación y del nexo, y de incluir en mi vida esa parte de la experiencia de ser creyente.

Así pues, fui a misa.

Fue tal como la recordaba de mi infancia: el sonido del órgano, el coro, tintinear de campanillas, lecturas de la Biblia, oraciones a dos bandas, levantarse y sentarse cuando es debido, la Eucaristía (esta vez, en las dos especies, ¡mi primera vez!), pasar el cepillo, darse la paz, etc. Y bien, ¿encontré lo que fui a buscar?

Pues, sí encontré cierta familiaridad porque, como he dicho, todo sigue igual, la liturgia es exactamente la misma de hace décadas y casi hasta los rostros de los congregados parecen los mismos, aunque sé que no todos lo son. Sí me vi imbuida por la solemnidad, sentí el poder de arrastre de los rituales, la escenificación, las palabras repetidas en respuesta a las recitaciones o exhortos del sacerdote. Es algo que pesa dentro, no sé si por la fuerza coreográfica y atmosférica o, también, por la de la tradición aprendida en la edad más influenciable del ser humano.  Las imágenes proyectadas en la pantalla, elegidas propiamente para Jueves Santo, eran emocionantes, y también me pareció acertado el esfuerzo por hacer del sermón algo contemporáneo, con referencias a la crisis económica, los parados, etc.

Ahora bien; todo eso no me ha bastado, no me ha colmado. La iglesia católica, tal como es hoy en día, o tal como es hoy en día aquí (importante matiz), no responde a mis necesidades. No sacia mi hambre ni mi sed. Mi anhelo es otro, es más profundo, es más exigente. Ya no se conforma con una liturgia y unos rituales religiosos en los que no veo lugar para la sencilla manifestación de la fe personal. Quizá soy yo la que no está mirando con la agudeza necesaria y quizá soy yo la que no está esforzándose suficiente, pero ahora confío más que antes en mi voz interior y ella me dice que debo seguir buscando; que mi lugar de fe está en algún lugar, que mi hogar de fe existe de verdad y que algún día, quizá sin haber cambiado nada en mi estilo de vida, en mis costumbres, haciendo lo mismo y de la misma manera que hago ahora, sin embargo no necesitaré nada más para sentir que, estando aún siempre en el mismo lugar, he llegado a él.

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La teoría de la relatividad

Según la cual, para algunas (muchas) personas eres insignificante; para otras (cantidad más o menos grande), odioso; para algunas de allá (cifra variable según cada caso), estimable, más o menos importante, más o menos valioso, más o menos admirable; para la mayoría, simplemente no eres nada ni nadie.

Pero, para una persona o quizá, si tienes suerte, para dos o tres (¡y puede que incluso más!), eres algo grande, un regalo, una maravilla, un hallazgo especialmente afortunado, un milagro, un monstruo de la naturaleza, un amor, la mitad de su corazón.

Sin embargo, aquí hay siempre un grupo que tiene razón, mientras que sus antagonistas se equivocan.

Y, mira, tiene razón -siempre- el grupo al cual tú decidas pertenecer.

En este caso, la ciencia juega a tu favor.

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Gemelos

Tenía dos reflejos de sí; unos reflejos gemelos.

En uno de ellos, el hombre estaba un poco más vivo; en el otro, estaba un poco más contento.

En uno, era absurdo y creativo, el cerebro era un pequeño bombardero; siempre había algo que pensar, algo nuevo, muchas ideas, imágenes, las palabras que le llovían; él sólo tenía que correr y pillarlas. Si una se le escapaba, tenía otras mil.

En el otro, era tranquilo y cachazudo; a veces, sólo le bastaba con mirar a su alrededor para maravillarse.

En el uno, todo se sentía mucho más. A veces, le caían unos pequeños chuzos de punta. Sentía la punta chocar contra la piel. Le dolía un ratito. Luego, cierto confortable calor se le expandía por todo el cuerpo, como una radiación solar que da vida y calor.

En el otro, se sentía patinar, o quizás bailar. Tip-tap-top, tipitop. Así, sin esfuerzo. A veces se sentía mareado de tanto bailar, de tanto regocijo; entonces podía pararse un ratito. Luego, había que seguir.

Cada reflejo echaba un poco de menos al otro, porque ¡eran gemelos! Pero, a la vez, ¡cada uno era su propio yo!

Cada reflejo añoraba un poco al otro, sobre todo en los momentos de paroxismo de su propio yo. ¿Cómo era vivir siendo él…? ¡Ah! Pero, ¡ja ja ja ja ja! (se reía cada uno de ellos, feliz, cada uno a su manera, de ser él mismo y no el otro).

A veces, olvidaban que ambos estaban, en el fondo, juntos, y lo estaban para siempre, pues vivían siendo parte indisoluble de aquel hombre. Compartían la casa, pero nunca coincidían en la misma habitación; no podían coincidir.

Olvidaban al pobre hombre, que, pasando los años, se dio cuenta de que tenía que elegir a uno de los dos reflejos, aunque ello lo obligara a abandonar al otro.

Y el hombre miraba a cada uno por separado, reconocía su lado luminoso y su lado oscuro. Y no sabía con cuál quedarse; no sabía cuál le complacía más.

¿Cuál era su hijo amado, cuál de los dos?

No sabía.

Y, al final, ¿con cuál se quedó?

Pues no me lo preguntéis; también a mí me gustaría saberlo.

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Yo no te busqué, pero tú me encontraste;

yo no te conocía, pero tú sabías que te necesitaba,

y sabías el nombre que me diste, y me llamaste por él.

Aun hoy, sigo sin conocerte bien, pero nunca estaré lo cerca de ti que necesito, ni podré explicar lo que me falta cuando no acierto a verte, aunque siempre estés aquí, a mi lado.

Si me preguntan por qué te amo, ¿qué les puedo responder? ¿Acaso el amor se explica? ¿Acaso es el amor un proceso o un aprendizaje? ¿Acaso es una lección o una arenga?

Cuando yo aún no te conocía, tú me elegiste, sin que yo sepa hoy por qué; y, así, me salvaste.

Porque tuve hambre, y me diste de comer; tuve sed, y me diste de beber; he sido siempre oveja apartada, y tú me recogiste; cuando siento frío y desamparo, tú me vistes; cuando estoy enferma de pena y de dolor, y especialmente entonces, tú me visitas y me reconfortas; cuando estoy prisionera, vienes a mí.

Y me ayudas a levantarme, y colocas a mi lado a quien hasta el gran día me guarda, me cuida y me protege. Cuando dudo de ti, los miro a ellos, que son tu reflejo, y ya no siento pena ni dolor, ni cansancio alguno.

Cuando me veo en apuros, sin reparo digo tu nombre, o pienso en ti, y ahí está el silencioso superhéroe; se obra el milagro.

No me avergüenzo, antes bien me enorgullezco. ¿Pues quién siente vergüenza de ser amado?

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Lleva en los ojos la medicina del lobo, del sauce, de la luna,

donadas a él antes de nacer, junto con su compasión.

Todos los dolientes buscan su mirada y el contacto con su mano.

Él querría tener brazos para abarcar el mundo,

querría poder curarlos a todos.

Como él hay uno entre cien millones, o quizá menos.

Él nunca fue un guerrero, pero no pidió nacer así

y, cuando llega la noche, siente la fatiga, se pregunta por qué,

imagina el peso de la espada y de la sangre ajena y no le parece más cruel que, a veces, su destino.

El sanador quiere curarlos a todos, y cura a todo aquel que encuentra.

Los ha sanado a todos, lo sepa él o no; a todos, menos a sí mismo

y a aquellos a quienes, mucho tiempo atrás, hirió.

Le rodean aún cada noche las miradas sorprendidas de sus víctimas,

en ese segundo roto en que olvidamos mantener la guardia, y mostramos el alma sangrante;

resucitan los corazones que él mismo mató, sin quererlo, recordándole

sus únicos fracasos, que sucedieron una vez y siguen sucediendo para siempre.

No puede liberarlos, es el único conjuro que jamás le enseñaron.

Quiere volver atrás, sólo por eso, por ellos, por aquellos a quienes abandonó, a quienes defraudó, a quienes hizo daño, sin saberlo, o quizá sabiéndolo desde el principio, desde el instante en que aún era prevenible, pero inevitable.

Necesita creer en el destino, en un porqué que acepta le sea velado.

El sanador es también hombre; instrumento de Dios, pero lleno de pecado y lleno de lágrimas, que vierte sólo ante el cielo. El sanador también enferma, sufre el mal de la culpa, del remordimiento, de la compasión más grande que él mismo.

Quiere volver atrás, porque sólo aquellos a quienes hirió pueden darle la curación.

Ya no puede verlos, pero una palabra suya bastará para sanarlo.

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¡Qué grato es ser uno más! ¡Qué pesada losa es a veces la de nuestra individualidad!

Inoportuna marca, que nos hace destacar cuando menos deseamos ser destacados.

Cuando lo único que deseamos es fundirnos con lo demás, ser uno solo. Una voz, una apariencia y un pensamiento, una intención.

¡Qué balsámico es el abrazo de la mayoría anhelada! El abrazo más deseado, más que el de un amante; y eso, a pesar de que su abrazo más nos asimile que nos acepte.

¡Qué grato es sentir que nuestra voz, por fin, se acopla a la que oímos; que con nuestro paso, por fin, sabemos llevar el ritmo adecuado!

¡Qué inmenso consuelo el de estar menos solo, el de formar parte de algo!

¡Qué belleza la de ser un átomo en un poderoso haz en pos de su destino!

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Paseante que me miras, o que caminas conmigo, escucha: yo no te canto a ti, canto a la vida. Mi voz no es para ti, es para mi emoción, es para mi don, es para mi privilegio. Canto porque no puedo hacer nada más, porque no sé hablar sin traicionar mi corazón, y porque mi vida es demasiado grande para mí, porque no puedo hacer más que cantarla.

Tú no lo sabes, pero mi voz te quemaría. Yo bebo la pócima de azufre, la savia destilada de asarabácaras, recojo las cenizas allá por donde paso para que vosotros no tengáis que pisarlas y quemaros los pies. Por eso, dices, yo veo la verdad, pero ver la verdad no es deseable, porque verla no te hace más sabio, sino sólo un poco más triste (oigo que también llaman así a ser más fuerte).

Tú nunca lo sabrás, pero yo sigo esperando cada día. Tú no lo sabrás, porque tú ignoras y por eso caminas con paso seguro, ojos mirando al cielo, mejillas sonrosadas; pero tú no has podido elegir, y yo sí, yo he elegido.

El Señor nos lo da y el Señor nos lo quita; alabado sea el Señor.

(Y ésa es otra cosa que tampoco sabes).

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