El lazo que aún nos une

No, no es malo sentirse triste de vez en cuando, y que esa tristeza mane de la compasión. No es malo nunca, ni siquiera cuando parece que el objeto de esa compasión es algo o alguien que, fría y racionalmente mirado, ni la merece ni, quizá, la necesita. Ni tan siquiera cuando, amén de todo lo anterior, resulta además que es para siempre ignorante de nuestra compasión.

Creo que nos sentimos un poco bien cuando nos compadecemos de algo o de alguien. Nos entristecemos, pero, a la vez, ¿no es toda emoción empática, en su origen, una emoción algo narcisista? Dado que el primer objeto de compasión de nuestra vida somos nosotros mismos, ¿puede esa pena ya adulta por otra persona ser algo distinto del pálido reflejo, proyectado en ellos, de esa pena que un día sentimos por nuestra pequeña persona?

Pero tampoco eso es malo. De hecho, es a través de nosotros como aprendemos a sentir por los demás. No en vano Jesucristo nos dejó dicho: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” ¡Era muy inteligente Jesús!

A veces es imposible comprender por qué nos apena algo o alguien lejano, extraño, alguien que tal vez no hemos siquiera visto nunca y que no volveremos a ver. Alguien -o algo, ni siquiera una persona de carne y hueso; la compasión, la pena por la pérdida que imaginamos que sufre alguien que no somos nosotros, puede ser algo muy punzante pero muy abstracto en su personificación- que, bien visto, pensamos que no tenemos motivos para compadecer.

El alma humana puede llegar a ser así de incomprensible y de ingobernable. Como una mar en plena tormenta. Puede devorar y azotar cualquier cosa que antes haya acogido en su superficie, estando sin embargo lo más profundo a salvo de todo, en quietud.

Pienso que sentir esa lástima -cuando es sincera, sólo, y siempre sólo entonces; nada de sentimentalismos fingidos; la lástima sincera que nos confesamos cuando estamos solos, que nosotros mismos nunca entenderemos del todo- sólo puede ser bueno. Nunca ridículo ni vergonzoso. Y nunca es signo de debilidad. Sólo puede ser bueno, porque significa que no nos hemos desconectado del todo de esa profundidad de la que nacimos. El mundo no nos ha vuelto fríos ni insensibles.

También significa que somos capaces de ver más allá de las apariencias, y más adentro de los muros, los títulos, las formalidades… Podemos ver que la red del mundo la componemos los de siempre: las personas, tú, yo, iguales en todo, hermanos desde el inicio de los tiempos; conocemos el secreto más íntimo el uno del otro, porque para todos es el mismo secreto. Puedo ver que pones tu corazón en algo, quizá en muchas cosas; podré no saber exactamente cuáles de las cosas que emprendes en tu vida tienen todo tu corazón y cuáles no te importan nada, pero sé que detrás de algunas de ellas estás invariablemente tú. Puedo detectar tu corazón detrás de lo que haces, porque tú también puedes detectar el mío. No sé qué es lo que te conmueve, qué te hace sentir abrigado, qué te arrasa por dentro, qué te da calor y qué te da un soplo de aire fresco, pero sé que tienes cada una de esas cosas, al igual que las tengo yo. Por eso puedo espiarte, y puedo adivinar que hay algo que te hiere, al cabo del día o de la semana, o de una parte de tu vida; y, porque sé lo que se siente, temo haber sido yo el causante de esa herida; y por eso me compadezco, y por eso, también, todavía me parezco a ti, todavía te pareces a mí; por eso, todavía no estamos del todo perdidos.

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