Hogar

Un puñado de endógamos seculares no podía traer nada bueno. Eso debieron de pensar de los aborígenes del pueblo donde yo vine a nacer, muchos años después. En realidad, muchísimos; pero, incluso cuando yo llegué y cuando comprendí las cosas hasta un punto razonable (y me costó, créanme), la cosa seguía igual en aquel lugar perdido de la mano de Dios.

Allí nací y allí viví la mayor parte de mi vida. La parte decisiva, en su integridad; la infancia, nuestra patria común, el origen del resto de nuestra vida. Mi pueblo natal era mi casa, era una extensión de mi casa, en realidad; ya entonces se convirtió en mi hogar para siempre.

Hoy en día, ya adulta, puedo mirarlo de otra manera, pero, en el fondo, no puedo verlo de ninguna otra más que como lo veía entonces. A pesar de que su apariencia vaya cambiando con la edad, yo siempre veo su verdadero rostro, como nos sucede con las personas que queremos de verdad.

Veo la gente que en él habita, mis vecinos, aquellos con quienes comparto la suerte (¿el privilegio?) de haber nacido aquí. Conozco (uso el verbo “conocer” con un significado más restringido que el que usualmente se da) a relativamente pocos de ellos, y hay otros que quisiera no haber conocido jamás. He deseado muchas veces que hubieran nacido en cualquier otro lugar; pero, en fin, ahora los tomo como la prueba de que Dios, al final, escribe derecho con renglones torcidos. (Eso no quita para que se me tuerza el gesto cada vez que me cruzo con, o me mientan a alguna de esas personas).

Con todo, éste es el lugar que he elegido o el lugar que me reclama. Y es algo sobre lo que poco importa lo que yo quiera o decida hacer en cualquier determinado momento de mi vida. Mi pequeña patria (el pueblo donde nací, mi pueblo) me reclama con los lazos de la sangre y con la fuerza de las raíces; cuanto mayor me hago, más fuertes son esas raíces. Hace algún tiempo que me di cuenta de que no puedo arrancarlas más de lo que puedo cortarme los pies y vivir como si nada hubiera cambiado.

No lo percibo en todos, pero sí en algunos paisanos míos: ser de aquí, haber nacido aquí y amar el hecho de haber nacido aquí nos une a todos en un gran pero único mar inconsciente, nuestro inconsciente colectivo. A que eso sea así ayuda el hecho de que éste sea uno de tantos lugares donde “todos nos conocemos”, como en Saint Mary Mead; pero no sólo eso.

Es el peso de la sangre. Mi pueblo es famoso por haber estado históricamente  aislado de sus alrededores, debido a su peculiar ubicación y el hecho de que sea una población-sin-salida, no una población de paso obligado para ir a ningún sitio. Hay quien dice que mi pueblo es la ubicación ideal para rodar una segunda Twin Peaks, en versión siglo 21 y en otro país y ambiente distintos. Probablemente tenga razón. Yo puedo afirmar sin mentir ni equivocarme que hay muchos que darían el perfil adecuado a cada tipo de personaje de serie negra con toques surrealistas. Nos llaman raros, y yo lo llevo con orgullo. Fuimos un pueblo diferente de los que nos rodeaban, un condado separado y muy lejano de poblaciones que físicamente no distaban de nosotros más de 10 kilómetros.

Estoy tan orgullosa de haber nacido aquí que, si hubiera nacido en cualquier otro lugar, probablemente hoy mentiría respecto a ello.

Y he nacido aquí por una importantísima razón, la cual ignoraré toda mi vida; pero esa razón existe y es más grande que yo.

Quizá nací aquí porque me tocaba compartir vida y espacio con mis convencinos. Precisamente éstos y no otros. Por poco que los conozca, somos una comunidad, como una gran familia (con los parientes que no tragas y que no quieres volver a ver como parte de ella, claro). No compartimos sangre, pero compartimos tierra; la tierra de este pueblo está impresa en nosotros, de alguna manera que no se manifiesta tanto durante nuestra vida aquí como cuando alguno de nosotros parte para otras latitudes y se establece lejos.

Yo la siento en nuestro día grande, la festividad del Corpus. Sorprendentemente (o no, si se mira dentro del inconsciente colectivo e individual, y de nuestra orfandad esencial, de nuestra sed de hogar y de sentir la pertenencia a algo que nos trasciende), a pesar de que la mayoría de la población ya no se declara religiosa ni practicante de ningún credo, el pueblo se vuelca todavía hoy en la grandiosa celebración de la procesión de Corpus Christi. Cada uno tiene su papel, importantísimo e insustituible; la mayoría, como espectadores que tampoco pueden faltar. Pues ¿qué sería del porvenir de este pueblo si no fuera por esos espectadores que sostienen y completan el sentido de toda la representación? Sostienen y arropan a los cofrades, a los dantzaris o bailarines típicos vascos con danzas características de nuestra localidad y sólo de ella, a los que representan a Jesucristo, al arcángel San Miguel y a los apóstoles, a los músicos de la banda, a los niños vestidos de angelitos, a los que acaban de recibir su primera comunión, a los (generalmente las) ayudantes que guían a los niños y corrigen amablemente su paso o su posición… No es una celebración religiosa, ni folclórica; es más que eso; es una celebración telúrica. Es la expresión de una historia de siglos que continúa su camino en la espiral del tiempo, rozándonos y haciéndonos sentir que somos parte de ella; todos juntos, como una enorme familia, formamos parte de algo único, algo que nos une, algo que quizá también nos reconforta y nos hace sentir menos solos, menos estupefactos ante el misterio de la vida y la muerte; porque sabemos que navegamos juntos, que somos testigos los unos de la vida de los otros, pesquisidores de su paradero, recolectores de los rastros de sus pisadas y bardos de su final; somos espejos los unos de los otros, amigos o enemigos, vecinos, compañeros de clase o de faena, conocidos, sencillamente paisanos, pasajeros del mismo transatlántico.

Por eso, y por la diminuta historia mía, propia, que discurre como una hebra muy delgada de esa historia más grande, colectiva, puedo llamar a éste mi hogar absoluto, el lugar donde nací y el lugar donde quiero morir y a cuya tierra quiero pertenecer, aun más de lo que ya pertenezco; aquí nunca estoy sola; a pesar de que mis recuerdos no son todos felices, y a pesar de que nuestro aislamiento y nuestra distancia física exigen un precio a veces muy alto, aquí fue donde aprendí también a no sentirme más sola; éste es el único lugar al que siempre he querido regresar; es el único en el que puedo desentrañar los misterios. En nuestra inevitable añoranza del lugar de donde venimos, de la dicha eterna, Oñati es seguramente para mi alma lo más parecido a aquel hogar. Este lugar contiene toda mi vida, y mi vida ya está escrita.

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