Vegas

El problema de las leyes no escritas es que ya no usamos la intuición como deberíamos, y los lectores electrónicos no sirven para este caso. Pero esas leyes no escritas son más importantes que las otras, y son aún más infringidas.

A diferencia de las otras, éstas no tienen ni policías, ni jueces que velen por su cumplimiento. Nadie puede obligarte. Pero, si las cumples, tu guía interior estará muy contento. Y, lo que es más importante para los que no creen en el guía interior: uno mismo estará más contento.

Ése es el quid. Pueden obligarte a hacer lo que debes, pero no a hacer lo que deberías. Que es lo que, al final, cuenta. Es lo que contará cuando estés en tu lecho de muerte (si eres tan afortunado como para llegar a tener un lecho de muerte).

De vez en cuando debería uno escribir cien veces una de esas agráficas leyes. A ver si así nos entra en la mollera esto, por ejemplo:

“No te llevarás trabajo a casa; ni a la calle; ni a los recados; ni a la vuelta de la esquina. No te llevarás trabajo de ningún tipo afuera del horario de trabajo”.

Por ejemplo.

O bien:

“No te preocuparás de lo que no sea directamente asunto tuyo o tu responsabilidad. Actuarás dando por sentado que cada palo aguanta su vela, y así, te concentrarás en aguantar la tuya, desentendiéndote de las reacciones que puedan sobrevenir de la dejación de cualquier otra persona de sus responsabilidades (y asuntos)”.

O:

“Sabrás que todo lo que otras personas te dan es un regalo, y recordarás tratarlo como tal. Si alguien te da un ramo de flores muertas, sabrás que también eso es un regalo. Si te dan una caja de bombones llenos de grava, sabrás que es un regalo. Si te dan un dolor de corazón o cuarenta años de oscuridad, te recordarás a ti mismo que es un gran regalo”.

Cosas así.

Pero yo no puedo decirle a nadie cómo escribir cien veces su ley no escrita del día. Porque lo bueno es que no hay una formulación que sirva para todos. Al no estar escritas, cada uno es libre de escribirlas como mejor le parezca.

Y, una vez acabada la tarea, es importante romper el papel o, al menos, dejarlo boca abajo en un rincón donde no salte a nuestra vista durante un rato. Llevárnoslo consigo a todas partes, pero sin darle vueltas en la cabeza, sin habernos aprendido de memoria las palabras, porque las palabras son las pinturas que usamos para nuestro cuadro, pero también son el exceso de barniz que mata la vida y la convierte sólo en un montón de pintura. No te las aprendas. Recítalas si quieres, pero cambia de orden las frases, o invéntalas de nuevo.

Llévatelas a todas partes, pero déjalas sentadas un rato, de cara a la pared.

Dales esquinazo, sal corriendo, vete a cualquier otro lugar, y empieza otra vez.

Y recuerda: cuando salgas de Las Vegas, deja atrás todo lo que pasó en Las Vegas.

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