El chico del anuncio de Calvin Klein

PRÓLOGO

Uno se rodea de las personas que le caen al par, de sus coetáneas, de las que le gustan o de las que menos le disgustan; uno gravita alrededor de las personas que siente que son un punto de referencia; uno sigue, admira o, sin conocerlas, incluso quiere a personas cuya existencia y cuyo éxito en la vida le dicen, “estoy aquí, tú me ves, luego tú también estás aquí”.

Y uno, cuando no tiene amigos, se los inventa.

Y uno siempre, a fin de cuentas, cuenta la misma historia una y otra vez, quizá intentando entenderla, romper su corteza para leer por fin el papelito que encierra con ese puto mensaje que tanto se hace esperar.

1

Se puede hacer un círculo para incluir, y se puede hacer uno para excluir. El mismo círculo que incluye también excluye. Los que se quedan fuera tienen que hacer su propio círculo autoinclusivo. Pero entonces, tiene que arreglárselas con lo que tiene. Tiene que mirar afuera.

Tiene que fijarse en lo que está lejos pero le recuerda a uno mismo, o a las personas de quienes, idealmente, le habría gustado rodearse.

Por eso, aquel actor no era alguien a quien olvidar. No era un nombre, ni un póster. Pero, como no era tampoco una persona, sino una imagen, se convirtió en una imagen sublimada: en un símbolo. Y, a través del símbolo, quizá, también en una persona.

Su primer papel conocido, el que lo catapultó a la fama, era el de un adolescente que era más que eso: era el de un joven mesías de ciencia-ficción y, además, salvado de su temible cáliz. Era, para entendernos, el de alguien que vence la fatalidad, el que reescribe su destino y que, además, va a salvar a toda la Humanidad. Pero lo mejor de todo era que vivía en Los Ángeles, se desplazaba en moto, vestía una chula cazadora de cuero, pasaba de todo el mundo y tenía un flequillo que marcó una época. O una pequeña parte de una época.

Sobre todo, lo de su pasotismo. Aquello era muy atractivo para un adolescente cualquiera que era todo menos eso.

2

Me hace mucha gracia la gente que pregunta: “¿Por qué te da pena que se haya muerto (nombre de personaje famoso), si no le conocías de nada (y si, de haberte visto en un incendio, ni te habría meado encima para salvarte)?”

Pues por muchas razones, algunas generales (empatía, me caía bien, etc.) y otras particulares. Porque, a lo mejor, esa persona, ese completo desconocido, forma parte de mi vida de una forma que usted nunca podrá entender, y de miles de formas para las que no existe explicación verbal posible.

A lo mejor esa persona famosa ha sido para mí lo mismo que un libro ilustrado de satinadas páginas a todo color sobre un país muy lejano que sabes que no vas a visitar nunca. Un libro que un día te regalan y que, de pequeño, te gustaba mirar en tus tardes de domingo, mientras pensabas en lo que te gustaría ser de mayor y todas las cosas a las que querrías dedicarte. Maravillosas mil maneras de hacer mucho, no haciendo nada. Y todas ellas te puedes imaginar a ti mismo perfectamente haciéndolas en esos lugares que ves sólo a una distancia nunca salvable. Pues eso mismo.

Esas personas, esos símbolos, eran para alguien, quizá, lo que para otro podía ser un maletín lleno de verdes y jugosos dólares o la foto del coche más rápido del mundo. Cosas que te hacen sentirte mejor de una manera que las cosas que tienes nunca podrán, porque las cosas que tienes son reales y las de la foto, no, por lo cual son perfectas.

3

Pero hay un importante matiz en el caso de personas famosas en lugar de fajos de dinero o coches deportivos de lujo: las personas famosas son personas y tienen una vida; evolucionan y cambian. Son personas como tú, como cualquiera; en el fondo, lo son, y también en la forma, y en la superficie. Más de lo que un adolescente se puede imaginar y, desde luego, más de lo que puede llegar a aceptar de sus símbolos, de sus puntos de referencia, de los espejos en los que se mira.

Esas personas, aunque no nos lo parezca porque las miramos desde demasiado lejos (siempre demasiado lejos… desde un océano de distancia), toman decisiones y, antes de tomarlas, tienen dudas. No saben, como tú. Y no saben lo que les va a pasar. Quizá crean tener un mayor control sobre su vida ahora que son famosas y ganan mucho dinero (o más que casi todo el mundo, por lo menos), pero no es así.

Algunas triunfan socialmente y son aplaudidas y obtienen reconocimiento.

Cuando esas personas son coetáneas de uno, puedes decir de ellas que son como compañeros de clase a los que nunca trataste mucho pero que te caían bien y a las que, cuando os graduasteis del bachillerato y os despedisteis sin muchas alharacas, porque erais muy jóvenes y no os dolían mucho los adioses, les deseaste en secreto lo mejor. Tú fuiste por un lado y ellos por otro, pero, a hurtadillas, procuras saber de ella, mientras tú te ocupas de tu propia vida y procuras sobrevivir, procuras granjearte pequeños triunfos.

Pero ya hemos dicho que se trata de personajes famosos: actores, modelos, algún cantante o disc-jockey, presentadores de televisión. Así que no hay que indagar sobre ellos; van apareciendo periódicamente, van pespunteando tu vida y, sí, van creciendo contigo, a la vez. Te reconforta y te alegra verlos en la portada de una revista o en el sitio de cotilleos de Internet, y también en sitios web más serios, que es donde aparecen cuando estrenan película, se casan con otros astros de su misma categoría o acaban de firmar contrato para representar a la marca de maquillaje más famosa del mundo. Les encanta su estilo y a ti te da envidia ver su triunfo y a la vez te alegras, porque esas estrellas te recuerdan que tú estás ahí mirándolas, que existís al mismo tiempo. De repente, piensas que imaginarte con ellos, que fueron como tus involuntarios amigos ignorantes de vuestra amistad, fue el principio de una larga y bonita anécdota vital que nunca podrás explicar cabalmente, fue tu consuelo en muchos momentos de soledad que no elegiste.

Así que, cuando algunos de ellos desaparecen del mapa, es muy raro. Al principio, ni te das cuenta, porque ya has aprendido también a que te sobre y te baste la vida real, que es de verdad. Pero, de vez en cuando y como la infancia y la adolescencia son esa etapa que nos pasamos el resto de la vida superando, te acuerdas de ellos y piensas: “¿Qué habrá sido de…?”

Y un día fue así como supiste que aquel adolescente que casi era un ídolo, pero era, más que eso, una referencia, el hermano adoptivo al que habrías apadrinado, el caballo al que habías apostado en tu única tarde en las carreras, el número rojo sobre el que habías puesto las fichas, el único póster que te resististe a quitar cuando ya terminó tu edad del pavo… ese mismo aparentaba ahora 20 años más que tú, y que había pasado de incipiente carrera cinematográfica a carrera penal en ciernes. Y, si sabes algo de estrellas que tienen una segunda oportunidad y se reinventan a sí mismas, primero como invitados en “Patinando con las estrellas” o “Bailando con las estrellas” o “Estrellas a régimen” o “La casa de las estrellas” y luego, tal vez, con un papelito feroz con algún director que antes fue enfant terrible y que ahora es un salvador de viejas estrellas de brillo opacado, este chico no va a ser una de ellas. Lo sabes, como lo sabría cualquiera aun con la intuición de un diente de ajo. Es imposible no verlo.

Curiosamente, en esta película es el personaje secundario el que ha tenido un final feliz, mientras el protagonista tenía un último plano resumen en el que aparecía bajando las escaleras de su mansión, con la cabeza perdida y un cadáver flotando en su piscina. O algo incluso no tan lírico.

Es una persona normal y corriente y casi más normal y corriente que tú.

EPÍLOGO

Ante esto, ¿qué cabe pensar, qué se puede decir? Nada. No se le puede decir eso de “Pero, actor joven y prometedor, ¿qué ha pasado? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Qué hemos hecho para que nos fallaras así?” porque no os conocéis de nada y porque él nunca entendería que le habías echado encima la responsabilidad de representar a tu generación y a los adolescentes perdidos y solitarios.

Lo único que se te ocurre como posible respuesta es que, quizá, no fuera él, sino vosotros, los que en verdad habéis sobrevivido con la dignidad intacta y los éxitos anónimos, los que os habéis tenido que conformar con lo que os daban y no siempre con lo que queríais.

Los que os quedasteis fuera cuando alguien hizo un círculo donde sí entró mucha gente, y tuvisteis que dibujaros vuestro propio círculo para estar dentro de algún sitio.

Los que pasasteis por pequeños infiernos personales de los que no podéis escribir. Los que casi os quedasteis sin piel, o sin corazón, o sin mente. Los que cosechasteis vergüenza y culpa durante muchos años, pero no la acumulasteis. Los que os equivocasteis pero no os hundisteis.

Los que, a pesar de todo, sobrevivisteis como unos malditos duros bastardos.

FIN

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