Archivo mensual: febrero 2013

El lazo que aún nos une

No, no es malo sentirse triste de vez en cuando, y que esa tristeza mane de la compasión. No es malo nunca, ni siquiera cuando parece que el objeto de esa compasión es algo o alguien que, fría y racionalmente mirado, ni la merece ni, quizá, la necesita. Ni tan siquiera cuando, amén de todo lo anterior, resulta además que es para siempre ignorante de nuestra compasión.

Creo que nos sentimos un poco bien cuando nos compadecemos de algo o de alguien. Nos entristecemos, pero, a la vez, ¿no es toda emoción empática, en su origen, una emoción algo narcisista? Dado que el primer objeto de compasión de nuestra vida somos nosotros mismos, ¿puede esa pena ya adulta por otra persona ser algo distinto del pálido reflejo, proyectado en ellos, de esa pena que un día sentimos por nuestra pequeña persona?

Pero tampoco eso es malo. De hecho, es a través de nosotros como aprendemos a sentir por los demás. No en vano Jesucristo nos dejó dicho: “Ama a tu prójimo como a ti mismo.” ¡Era muy inteligente Jesús!

A veces es imposible comprender por qué nos apena algo o alguien lejano, extraño, alguien que tal vez no hemos siquiera visto nunca y que no volveremos a ver. Alguien -o algo, ni siquiera una persona de carne y hueso; la compasión, la pena por la pérdida que imaginamos que sufre alguien que no somos nosotros, puede ser algo muy punzante pero muy abstracto en su personificación- que, bien visto, pensamos que no tenemos motivos para compadecer.

El alma humana puede llegar a ser así de incomprensible y de ingobernable. Como una mar en plena tormenta. Puede devorar y azotar cualquier cosa que antes haya acogido en su superficie, estando sin embargo lo más profundo a salvo de todo, en quietud.

Pienso que sentir esa lástima -cuando es sincera, sólo, y siempre sólo entonces; nada de sentimentalismos fingidos; la lástima sincera que nos confesamos cuando estamos solos, que nosotros mismos nunca entenderemos del todo- sólo puede ser bueno. Nunca ridículo ni vergonzoso. Y nunca es signo de debilidad. Sólo puede ser bueno, porque significa que no nos hemos desconectado del todo de esa profundidad de la que nacimos. El mundo no nos ha vuelto fríos ni insensibles.

También significa que somos capaces de ver más allá de las apariencias, y más adentro de los muros, los títulos, las formalidades… Podemos ver que la red del mundo la componemos los de siempre: las personas, tú, yo, iguales en todo, hermanos desde el inicio de los tiempos; conocemos el secreto más íntimo el uno del otro, porque para todos es el mismo secreto. Puedo ver que pones tu corazón en algo, quizá en muchas cosas; podré no saber exactamente cuáles de las cosas que emprendes en tu vida tienen todo tu corazón y cuáles no te importan nada, pero sé que detrás de algunas de ellas estás invariablemente tú. Puedo detectar tu corazón detrás de lo que haces, porque tú también puedes detectar el mío. No sé qué es lo que te conmueve, qué te hace sentir abrigado, qué te arrasa por dentro, qué te da calor y qué te da un soplo de aire fresco, pero sé que tienes cada una de esas cosas, al igual que las tengo yo. Por eso puedo espiarte, y puedo adivinar que hay algo que te hiere, al cabo del día o de la semana, o de una parte de tu vida; y, porque sé lo que se siente, temo haber sido yo el causante de esa herida; y por eso me compadezco, y por eso, también, todavía me parezco a ti, todavía te pareces a mí; por eso, todavía no estamos del todo perdidos.

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Entonces la mujer de Lot miró atrás, a espaldas de él, y se volvió estatua de sal.

Génesis 19:26

Me gustaría saber cómo se llamaba la mujer de Lot, famosa solamente para la posteridad por ese gesto que todos hacemos continuamente. Es más; hay quien no hace otra cosa en toda su vida adulta, valga decir en su vida con uso de razón y con pasado.

Pero lo ignoro todo sobre ella. Si alguien me sacara de mi ignorancia, tendría más elementos para especular.

No se nos dice qué le pasó a la mujer de Lot después de eso; y me intriga el destino de esa mujer. Para nosotros, no es más importante que esos personajes de relleno que son despachados, matados por el justiciero protagonista del western. Personajes que tenían un nombre, una vida, una familia, quizá.

Pero, siguiendo con la mujer de Lot, no sabemos nada de su alma. Quizá, aunque su cuerpo se convirtiera en sal sólida y fosilizada, quizá ella siguiera viva, para siempre enquistada allí, sin poder avanzar, y ni siquiera sin poder retroceder más. Simplemente allí, en aquel momento. Mirando atrás para siempre.

Entonces, es de suponer que morará con Dios para toda la eternidad.

Pero el Dios en el cual yo creo es amor, es misericordia. Por tanto, puedo formular una hipótesis según la cual la mujer de Lot miró atrás, y convertirse en estatua de sal fue una bendición disfrazada de castigo de ira divina por contravenir Sus órdenes expresas; de esa manera, en esa quietud y esa solidez a prueba de plagas, con su fungible forma humana bien a salvo, la mujer de Lot tuvo una oportunidad que nadie más tiene ni -que yo sepa- ha tenido en lo sucesivo: que el tiempo se detuviera para ella, y quedar flotando fuera de la vida de los hombres para, así, reflexionar acerca de por qué había decidido mirar atrás. ¿Qué era tan importante para que decidiera contravenir nada menos que designios expresados por Dios? Algo debía de haber a sus espaldas, en aquello que dejaba atrás. ¿Qué era?

Si uno se convierte en estatua, los meteoros y la mano del hombre -casi siempre impía y, a diferencia de Dios, inmisericorde- no tendrán efecto reseñable sobre él. Y ¿qué hay imposible para Dios? Nada; por tanto, puedo creer en que Él quisiera mantener el soplo de la vida en el alma de la abandonada mujer de Lot. Tal vez ella, así, acabó por darse cuenta de lo inútil, de lo pernicioso de esa acción, de esa mirada atrás; y en ese momento tal vez Dios le devolviera su naturaleza -más frágil, pero amada por el hombre- de carne y sangre. Tal vez una voz divina le dijo, con ternura: “Ve y no olvides lo que te he enseñado”, y ella echó a andar, alejándose para siempre de Lot, quien la había abandonado a su suerte.

Me pregunto, asimismo, por la visión a la que la mujer estuvo condenada mientras duró su penitencia (o aprendizaje) como estatua. ¿Qué veía? ¿Quizá la destrucción, aún acechante, siempre demasiado cerca? ¿Quizá se había vuelto para mirar, sin lograr ver, algo que creía añorar, y que existía sólo en su cabeza? ¿Qué esperaba, qué buscaba? ¿Qué echaba de menos? O, tal vez, ¿qué enemigo o mal recuerdo, qué dolor secreto materializado en algún episodio de la vida, intentaba controlar con la mirada para asegurarse de que cada vez le ganaba más trecho?

Algunas veces, quizá en su vida posterior, la mujer de Lot deseó convertirse otra vez, por un momento, en estatua; esas veces en que, como humana falible, volvió a mirar atrás y, como aquella primera vez, nunca no encontró nada.

 

P.D.: Edith, claro. Se llamaba Edith. Yo ya lo sabía, pero, hasta que alguien mucho más versado en Historia Sagrada que yo me lo ha recordado, no he caído. Pues a partir de ahora, nunca se me olvidará.

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En su sueño, una mujer intentaba explicar lo que parecía inexplicable; en la ausencia de lógica humana de los sueños, las cosas tienen sentido por sí mismas y de forma natural, o nunca lo tienen. Ella explicaba que las burbujas de aire en un cuerpo acuático, como en una enorme piscina llena de agua, por ejemplo, no tienen cuerpo; no son más que aire, y no tienen forma, ni perímetro esférico; no son como canicas, ni como pelotas, ni son como globos. No son más que aire encerrado en agua y resistiéndose a sucumbir. Porque es imposible que el agua, aun rebelándose en irresistible masa, destruya el aire, ni siquiera una pequeñísima porción de él. Puede intentar tragárselo, pero esa pequeña gota de aire seguirá moviéndose dentro del cuerpo del agua. Creará su propio espacio de vacío, alejando el ímpetu invasor del agua de su pequeño núcleo de vida.

Por eso, el cuerpo de la burbuja no es más que una impresión ilusoria. Como vemos que tiene forma de esfera (¿de lágrima, salvo cuando la vemos en contacto con nuestra piel, deslizándose sobre ella, cuesta abajo, cada vez más plana?), que incluso se mueve y es de naturaleza dúctil, nos parece un cuerpo esférico. Pero ¡no!, explica la mujer del sueño a una audiencia que no la escucha. En realidad, vuestra mente os está engañando.

El engaño culmina cuando la burbuja de aire deja de serlo y se libera del atenazamiento del agua. Sale de su prisión, emerge… y desaparece. Se diría que ya no existe, que ha muerto. Pero lo único que ha pasado es que ha vuelto a su ser natural, se ha integrado con otros millones de burbujas de aire también liberadas. Su aparente cuerpo esférico se ha disuelto en la nada, pero ahora el aire prevalece. Es como tiene que ser; es como siempre ha sido; es como es.

Al final, pues, cada ser será lo que verdaderamente es, quiera o no, sea consciente de ello o no; dice la mujer del sueño. El aire como tú, y tú, como el aire.

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A vosotras que me cambiasteis la vida: esta carta os pertenece.

A vosotras, sobrinas de Cloto,

bastardas de Láquesis,

aprendices de Átropos, aunque (gracias a Zeus) sin su maña con las tijeras.

A vosotras, hécates de tercera fila

que fuisteis nacidas aquí por alguna razón que ahora yo ya conozco.

Estas palabras y esta emborronada flor de tinta es para vosotras.

Gracias, hoy;

gracias, ayer;

gracias, mañana;

y, siempre, muchas gracias.

Por vosotras me hice eremita; por vosotras me desnudé para vestirme sólo de silencio.

Por merecer vuestro amor a las chozas bajé, en las hondonadas donde la vida sólo respiraba bajo lodo.

En nombre de vuestro voluble amor recorrí océanos y tierras hostiles, me batí con monstruos y humanos, busqué el corazón del dragón en agujeros inmundos, entré en mazmorras por mi voluntad, hice lo inenarrable, casi rendí mis huesos lejos de mi hogar.

Todo eso, para ofrecéroslo en bandeja digna de la cabeza de un bautista.

Todo eso, por merecer vuestro amor; todo eso, para que una gota de mi sangre os pareciera digna de vuestra sororidad.

Todo eso, porque accedierais a correr un velo y fingir que no me odiabais; porque os avinierais a un tratado de no proliferación.

Gracias, sobre todo, eternamente, por, al final, no considerarme suficiente.

Gracias por vuestro desprecio, por vuestros baldones.

Gracias por el único regalo vuestro que encontré a mi regreso, yo, pobre miserable, cubierta siempre de cenizas.

Gracias, hécates y medeas de bajo coturno, de luces fluorescentes.

Vuestro veneno me obligó a ingeniarme un antídoto; vuestras palabras rebuscadas y selectas (sólo para mí, sólo para mí) fueron las que aprendí para leer luego libros de ácida tinta, mis manuales para otras singladuras.

Vosotras me enseñasteis supervivencia valiosa; vosotras me recordáis ahora quién nunca fui y, por contra, quién soy.

¿Dónde está ahora vuestro círculo?¿Dónde, vuestra neomenia sangrienta?

¿Dónde estáis, brujas?

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Hogar

Un puñado de endógamos seculares no podía traer nada bueno. Eso debieron de pensar de los aborígenes del pueblo donde yo vine a nacer, muchos años después. En realidad, muchísimos; pero, incluso cuando yo llegué y cuando comprendí las cosas hasta un punto razonable (y me costó, créanme), la cosa seguía igual en aquel lugar perdido de la mano de Dios.

Allí nací y allí viví la mayor parte de mi vida. La parte decisiva, en su integridad; la infancia, nuestra patria común, el origen del resto de nuestra vida. Mi pueblo natal era mi casa, era una extensión de mi casa, en realidad; ya entonces se convirtió en mi hogar para siempre.

Hoy en día, ya adulta, puedo mirarlo de otra manera, pero, en el fondo, no puedo verlo de ninguna otra más que como lo veía entonces. A pesar de que su apariencia vaya cambiando con la edad, yo siempre veo su verdadero rostro, como nos sucede con las personas que queremos de verdad.

Veo la gente que en él habita, mis vecinos, aquellos con quienes comparto la suerte (¿el privilegio?) de haber nacido aquí. Conozco (uso el verbo “conocer” con un significado más restringido que el que usualmente se da) a relativamente pocos de ellos, y hay otros que quisiera no haber conocido jamás. He deseado muchas veces que hubieran nacido en cualquier otro lugar; pero, en fin, ahora los tomo como la prueba de que Dios, al final, escribe derecho con renglones torcidos. (Eso no quita para que se me tuerza el gesto cada vez que me cruzo con, o me mientan a alguna de esas personas).

Con todo, éste es el lugar que he elegido o el lugar que me reclama. Y es algo sobre lo que poco importa lo que yo quiera o decida hacer en cualquier determinado momento de mi vida. Mi pequeña patria (el pueblo donde nací, mi pueblo) me reclama con los lazos de la sangre y con la fuerza de las raíces; cuanto mayor me hago, más fuertes son esas raíces. Hace algún tiempo que me di cuenta de que no puedo arrancarlas más de lo que puedo cortarme los pies y vivir como si nada hubiera cambiado.

No lo percibo en todos, pero sí en algunos paisanos míos: ser de aquí, haber nacido aquí y amar el hecho de haber nacido aquí nos une a todos en un gran pero único mar inconsciente, nuestro inconsciente colectivo. A que eso sea así ayuda el hecho de que éste sea uno de tantos lugares donde “todos nos conocemos”, como en Saint Mary Mead; pero no sólo eso.

Es el peso de la sangre. Mi pueblo es famoso por haber estado históricamente  aislado de sus alrededores, debido a su peculiar ubicación y el hecho de que sea una población-sin-salida, no una población de paso obligado para ir a ningún sitio. Hay quien dice que mi pueblo es la ubicación ideal para rodar una segunda Twin Peaks, en versión siglo 21 y en otro país y ambiente distintos. Probablemente tenga razón. Yo puedo afirmar sin mentir ni equivocarme que hay muchos que darían el perfil adecuado a cada tipo de personaje de serie negra con toques surrealistas. Nos llaman raros, y yo lo llevo con orgullo. Fuimos un pueblo diferente de los que nos rodeaban, un condado separado y muy lejano de poblaciones que físicamente no distaban de nosotros más de 10 kilómetros.

Estoy tan orgullosa de haber nacido aquí que, si hubiera nacido en cualquier otro lugar, probablemente hoy mentiría respecto a ello.

Y he nacido aquí por una importantísima razón, la cual ignoraré toda mi vida; pero esa razón existe y es más grande que yo.

Quizá nací aquí porque me tocaba compartir vida y espacio con mis convencinos. Precisamente éstos y no otros. Por poco que los conozca, somos una comunidad, como una gran familia (con los parientes que no tragas y que no quieres volver a ver como parte de ella, claro). No compartimos sangre, pero compartimos tierra; la tierra de este pueblo está impresa en nosotros, de alguna manera que no se manifiesta tanto durante nuestra vida aquí como cuando alguno de nosotros parte para otras latitudes y se establece lejos.

Yo la siento en nuestro día grande, la festividad del Corpus. Sorprendentemente (o no, si se mira dentro del inconsciente colectivo e individual, y de nuestra orfandad esencial, de nuestra sed de hogar y de sentir la pertenencia a algo que nos trasciende), a pesar de que la mayoría de la población ya no se declara religiosa ni practicante de ningún credo, el pueblo se vuelca todavía hoy en la grandiosa celebración de la procesión de Corpus Christi. Cada uno tiene su papel, importantísimo e insustituible; la mayoría, como espectadores que tampoco pueden faltar. Pues ¿qué sería del porvenir de este pueblo si no fuera por esos espectadores que sostienen y completan el sentido de toda la representación? Sostienen y arropan a los cofrades, a los dantzaris o bailarines típicos vascos con danzas características de nuestra localidad y sólo de ella, a los que representan a Jesucristo, al arcángel San Miguel y a los apóstoles, a los músicos de la banda, a los niños vestidos de angelitos, a los que acaban de recibir su primera comunión, a los (generalmente las) ayudantes que guían a los niños y corrigen amablemente su paso o su posición… No es una celebración religiosa, ni folclórica; es más que eso; es una celebración telúrica. Es la expresión de una historia de siglos que continúa su camino en la espiral del tiempo, rozándonos y haciéndonos sentir que somos parte de ella; todos juntos, como una enorme familia, formamos parte de algo único, algo que nos une, algo que quizá también nos reconforta y nos hace sentir menos solos, menos estupefactos ante el misterio de la vida y la muerte; porque sabemos que navegamos juntos, que somos testigos los unos de la vida de los otros, pesquisidores de su paradero, recolectores de los rastros de sus pisadas y bardos de su final; somos espejos los unos de los otros, amigos o enemigos, vecinos, compañeros de clase o de faena, conocidos, sencillamente paisanos, pasajeros del mismo transatlántico.

Por eso, y por la diminuta historia mía, propia, que discurre como una hebra muy delgada de esa historia más grande, colectiva, puedo llamar a éste mi hogar absoluto, el lugar donde nací y el lugar donde quiero morir y a cuya tierra quiero pertenecer, aun más de lo que ya pertenezco; aquí nunca estoy sola; a pesar de que mis recuerdos no son todos felices, y a pesar de que nuestro aislamiento y nuestra distancia física exigen un precio a veces muy alto, aquí fue donde aprendí también a no sentirme más sola; éste es el único lugar al que siempre he querido regresar; es el único en el que puedo desentrañar los misterios. En nuestra inevitable añoranza del lugar de donde venimos, de la dicha eterna, Oñati es seguramente para mi alma lo más parecido a aquel hogar. Este lugar contiene toda mi vida, y mi vida ya está escrita.

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Aliento

Estar

respirando, desde dentro, desde lo hondo.

Estar respirando

el mismo aire que tú. Aquí mismo, sin más dilación,

¿por qué concertar una cita, cuando ni siquiera existe el tiempo?

Estar, sólo eso, pero ahora;

hacer algo simple, o no hacer nada, pero hacerlo ahora.

Sentir la piel que se estremece con la respiración,

sentir el aliento, sólo,

lo que nos mantiene vivos, ahora.

Y sin lengua para hablar, y sin ojos para ver,

sólo quedarnos aquí, sin querer entender,

sin querer ser más, sin necesidad de destripar el mundo, sin necesidad de saber.

Esperar

sólo al momento siguiente, sin esperar nada.

Estar aquí, contigo solo, bajo un manto de flores

y el sol en nuestra mente; esperando a que deje de llover.

En un momento cualquiera, en los que todo basta y nada sobra,

el momento culminante de nuestra vida, aquí y ahora,

a oscuras, solos, perfectos,

acabados de nacer.

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9 de febrero de 2013 · 22:17

Vegas

El problema de las leyes no escritas es que ya no usamos la intuición como deberíamos, y los lectores electrónicos no sirven para este caso. Pero esas leyes no escritas son más importantes que las otras, y son aún más infringidas.

A diferencia de las otras, éstas no tienen ni policías, ni jueces que velen por su cumplimiento. Nadie puede obligarte. Pero, si las cumples, tu guía interior estará muy contento. Y, lo que es más importante para los que no creen en el guía interior: uno mismo estará más contento.

Ése es el quid. Pueden obligarte a hacer lo que debes, pero no a hacer lo que deberías. Que es lo que, al final, cuenta. Es lo que contará cuando estés en tu lecho de muerte (si eres tan afortunado como para llegar a tener un lecho de muerte).

De vez en cuando debería uno escribir cien veces una de esas agráficas leyes. A ver si así nos entra en la mollera esto, por ejemplo:

“No te llevarás trabajo a casa; ni a la calle; ni a los recados; ni a la vuelta de la esquina. No te llevarás trabajo de ningún tipo afuera del horario de trabajo”.

Por ejemplo.

O bien:

“No te preocuparás de lo que no sea directamente asunto tuyo o tu responsabilidad. Actuarás dando por sentado que cada palo aguanta su vela, y así, te concentrarás en aguantar la tuya, desentendiéndote de las reacciones que puedan sobrevenir de la dejación de cualquier otra persona de sus responsabilidades (y asuntos)”.

O:

“Sabrás que todo lo que otras personas te dan es un regalo, y recordarás tratarlo como tal. Si alguien te da un ramo de flores muertas, sabrás que también eso es un regalo. Si te dan una caja de bombones llenos de grava, sabrás que es un regalo. Si te dan un dolor de corazón o cuarenta años de oscuridad, te recordarás a ti mismo que es un gran regalo”.

Cosas así.

Pero yo no puedo decirle a nadie cómo escribir cien veces su ley no escrita del día. Porque lo bueno es que no hay una formulación que sirva para todos. Al no estar escritas, cada uno es libre de escribirlas como mejor le parezca.

Y, una vez acabada la tarea, es importante romper el papel o, al menos, dejarlo boca abajo en un rincón donde no salte a nuestra vista durante un rato. Llevárnoslo consigo a todas partes, pero sin darle vueltas en la cabeza, sin habernos aprendido de memoria las palabras, porque las palabras son las pinturas que usamos para nuestro cuadro, pero también son el exceso de barniz que mata la vida y la convierte sólo en un montón de pintura. No te las aprendas. Recítalas si quieres, pero cambia de orden las frases, o invéntalas de nuevo.

Llévatelas a todas partes, pero déjalas sentadas un rato, de cara a la pared.

Dales esquinazo, sal corriendo, vete a cualquier otro lugar, y empieza otra vez.

Y recuerda: cuando salgas de Las Vegas, deja atrás todo lo que pasó en Las Vegas.

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Lo pobre (2)

Cuando la pobreza vino a por otros, yo no dije nada, porque yo no era ellos.

Cuando finalmente vino a por mí, nadie dijo nada, porque ellos no eran yo.

Eso es (casi) todo, y eso es lo primero que me viene a la cabeza como resumen de lo que está pasando.

Ya lo dije aquel día y lo pienso con mayor convencimiento cada vez: la pobreza es el nuevo monstruo.

¿Y cómo se puede escribir nada sobre él, ni sobre nada de lo realmente grave y crucial para el hombre, sin caer en la frivolización? No se puede. No se puede, porque el hecho de estar hablando sobre ello significa que el que habla se encuentra a una distancia relativamente segura. Pero, al mismo tiempo, debemos hablar sobre ello, es decir, no hacer como si la pobreza creciente ya fuera algo normal, algo natural.

Ya no hacen falta guerras ni purgas de población. Tampoco grandes y elaboradas guerras psicológicas ni propagandísticas. Basta con la pobreza. Basta con apretar las tuercas cada vez más. Este es el miedo más democrático e igualitario de la civilización: la pobreza. Mañana puedes ser tú, y, pasado, tú. No hay garantías de nada; la seguridad es sólo relativa.

Y, ya lo dije aquel día, pero es que lo constato en mi vida cotidiana: estamos perdiendo la capacidad de empatizar. (La culpa no la tienen los ordenadores desos que llaman tablet ni tampoco los móviles inteligentes, bla bla bla… ellos no son nosotros ni nos quitan ni ponen nada.) Y no debería ser tan difícil empatizar mínimamente con alguien que está delante de ti, a quien puedes ver o a quien puedes, como mínimo, oír cuando te habla. No debería ser nada difícil; estamos hechos para eso. Pero momentos, sucesos más o menos chocantes (o ya no) que veo con cierta asiduidad me demuestran que esto se ha convertido en una cuestión de divisiones: ellos o nosotros, o, incluso, ellos contra nosotros. No nos gusta la pobreza: es antiestética, es voraz con nuestra dignidad, es degradante y es embrutecedora. Y, sobre todo, es amenazante.

(Aclaro que, para mí, alguien pobre es el que no tiene suficiente para cubrir sus necesidades básicas y elementales cada día, con dignidad; no el que no tiene para irse de vacaciones o el que no tiene calefacción en casa; eso son grados de tener o no tener, pero alguien cuya única o mayor queja material es que ahora no puede permitirse encender la calefacción, cuando tiene todo lo demás cubierto, para mí, no es pobre. Todos sabemos de qué estamos hablando cuando hablamos de necesidades elementales).

Sin embargo, cuando un pobre que antes era como nosotros, es decir, un nuevo pobre nos pide ayuda, no vemos un reflejo de nosotros, sino que vemos lo que esa persona ha llegado a ser: un pobre. Eso es todo lo que es ahora.

Podría decir algo así como que la crisis nos ha empobrecido ya a todos en cuanto que nos ha quitado parte de nuestra solidaridad, pero, aparte de que me niego a creerlo así y, de hecho, no lo creo (mucha gente nunca ha tenido humanidad), eso sería bastante insultante hacia la gente que ha perdido más que eso; por ejemplo, esa gente que se ve obligada a tragarse su orgullo y a llamar a puerta ajena mendigando ayuda cuando antes tenía probablemente su trabajo remunerado. Hacia ésos, precisamente; que no somos nosotros, por ahora.

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El chico del anuncio de Calvin Klein

PRÓLOGO

Uno se rodea de las personas que le caen al par, de sus coetáneas, de las que le gustan o de las que menos le disgustan; uno gravita alrededor de las personas que siente que son un punto de referencia; uno sigue, admira o, sin conocerlas, incluso quiere a personas cuya existencia y cuyo éxito en la vida le dicen, “estoy aquí, tú me ves, luego tú también estás aquí”.

Y uno, cuando no tiene amigos, se los inventa.

Y uno siempre, a fin de cuentas, cuenta la misma historia una y otra vez, quizá intentando entenderla, romper su corteza para leer por fin el papelito que encierra con ese puto mensaje que tanto se hace esperar.

1

Se puede hacer un círculo para incluir, y se puede hacer uno para excluir. El mismo círculo que incluye también excluye. Los que se quedan fuera tienen que hacer su propio círculo autoinclusivo. Pero entonces, tiene que arreglárselas con lo que tiene. Tiene que mirar afuera.

Tiene que fijarse en lo que está lejos pero le recuerda a uno mismo, o a las personas de quienes, idealmente, le habría gustado rodearse.

Por eso, aquel actor no era alguien a quien olvidar. No era un nombre, ni un póster. Pero, como no era tampoco una persona, sino una imagen, se convirtió en una imagen sublimada: en un símbolo. Y, a través del símbolo, quizá, también en una persona.

Su primer papel conocido, el que lo catapultó a la fama, era el de un adolescente que era más que eso: era el de un joven mesías de ciencia-ficción y, además, salvado de su temible cáliz. Era, para entendernos, el de alguien que vence la fatalidad, el que reescribe su destino y que, además, va a salvar a toda la Humanidad. Pero lo mejor de todo era que vivía en Los Ángeles, se desplazaba en moto, vestía una chula cazadora de cuero, pasaba de todo el mundo y tenía un flequillo que marcó una época. O una pequeña parte de una época.

Sobre todo, lo de su pasotismo. Aquello era muy atractivo para un adolescente cualquiera que era todo menos eso.

2

Me hace mucha gracia la gente que pregunta: “¿Por qué te da pena que se haya muerto (nombre de personaje famoso), si no le conocías de nada (y si, de haberte visto en un incendio, ni te habría meado encima para salvarte)?”

Pues por muchas razones, algunas generales (empatía, me caía bien, etc.) y otras particulares. Porque, a lo mejor, esa persona, ese completo desconocido, forma parte de mi vida de una forma que usted nunca podrá entender, y de miles de formas para las que no existe explicación verbal posible.

A lo mejor esa persona famosa ha sido para mí lo mismo que un libro ilustrado de satinadas páginas a todo color sobre un país muy lejano que sabes que no vas a visitar nunca. Un libro que un día te regalan y que, de pequeño, te gustaba mirar en tus tardes de domingo, mientras pensabas en lo que te gustaría ser de mayor y todas las cosas a las que querrías dedicarte. Maravillosas mil maneras de hacer mucho, no haciendo nada. Y todas ellas te puedes imaginar a ti mismo perfectamente haciéndolas en esos lugares que ves sólo a una distancia nunca salvable. Pues eso mismo.

Esas personas, esos símbolos, eran para alguien, quizá, lo que para otro podía ser un maletín lleno de verdes y jugosos dólares o la foto del coche más rápido del mundo. Cosas que te hacen sentirte mejor de una manera que las cosas que tienes nunca podrán, porque las cosas que tienes son reales y las de la foto, no, por lo cual son perfectas.

3

Pero hay un importante matiz en el caso de personas famosas en lugar de fajos de dinero o coches deportivos de lujo: las personas famosas son personas y tienen una vida; evolucionan y cambian. Son personas como tú, como cualquiera; en el fondo, lo son, y también en la forma, y en la superficie. Más de lo que un adolescente se puede imaginar y, desde luego, más de lo que puede llegar a aceptar de sus símbolos, de sus puntos de referencia, de los espejos en los que se mira.

Esas personas, aunque no nos lo parezca porque las miramos desde demasiado lejos (siempre demasiado lejos… desde un océano de distancia), toman decisiones y, antes de tomarlas, tienen dudas. No saben, como tú. Y no saben lo que les va a pasar. Quizá crean tener un mayor control sobre su vida ahora que son famosas y ganan mucho dinero (o más que casi todo el mundo, por lo menos), pero no es así.

Algunas triunfan socialmente y son aplaudidas y obtienen reconocimiento.

Cuando esas personas son coetáneas de uno, puedes decir de ellas que son como compañeros de clase a los que nunca trataste mucho pero que te caían bien y a las que, cuando os graduasteis del bachillerato y os despedisteis sin muchas alharacas, porque erais muy jóvenes y no os dolían mucho los adioses, les deseaste en secreto lo mejor. Tú fuiste por un lado y ellos por otro, pero, a hurtadillas, procuras saber de ella, mientras tú te ocupas de tu propia vida y procuras sobrevivir, procuras granjearte pequeños triunfos.

Pero ya hemos dicho que se trata de personajes famosos: actores, modelos, algún cantante o disc-jockey, presentadores de televisión. Así que no hay que indagar sobre ellos; van apareciendo periódicamente, van pespunteando tu vida y, sí, van creciendo contigo, a la vez. Te reconforta y te alegra verlos en la portada de una revista o en el sitio de cotilleos de Internet, y también en sitios web más serios, que es donde aparecen cuando estrenan película, se casan con otros astros de su misma categoría o acaban de firmar contrato para representar a la marca de maquillaje más famosa del mundo. Les encanta su estilo y a ti te da envidia ver su triunfo y a la vez te alegras, porque esas estrellas te recuerdan que tú estás ahí mirándolas, que existís al mismo tiempo. De repente, piensas que imaginarte con ellos, que fueron como tus involuntarios amigos ignorantes de vuestra amistad, fue el principio de una larga y bonita anécdota vital que nunca podrás explicar cabalmente, fue tu consuelo en muchos momentos de soledad que no elegiste.

Así que, cuando algunos de ellos desaparecen del mapa, es muy raro. Al principio, ni te das cuenta, porque ya has aprendido también a que te sobre y te baste la vida real, que es de verdad. Pero, de vez en cuando y como la infancia y la adolescencia son esa etapa que nos pasamos el resto de la vida superando, te acuerdas de ellos y piensas: “¿Qué habrá sido de…?”

Y un día fue así como supiste que aquel adolescente que casi era un ídolo, pero era, más que eso, una referencia, el hermano adoptivo al que habrías apadrinado, el caballo al que habías apostado en tu única tarde en las carreras, el número rojo sobre el que habías puesto las fichas, el único póster que te resististe a quitar cuando ya terminó tu edad del pavo… ese mismo aparentaba ahora 20 años más que tú, y que había pasado de incipiente carrera cinematográfica a carrera penal en ciernes. Y, si sabes algo de estrellas que tienen una segunda oportunidad y se reinventan a sí mismas, primero como invitados en “Patinando con las estrellas” o “Bailando con las estrellas” o “Estrellas a régimen” o “La casa de las estrellas” y luego, tal vez, con un papelito feroz con algún director que antes fue enfant terrible y que ahora es un salvador de viejas estrellas de brillo opacado, este chico no va a ser una de ellas. Lo sabes, como lo sabría cualquiera aun con la intuición de un diente de ajo. Es imposible no verlo.

Curiosamente, en esta película es el personaje secundario el que ha tenido un final feliz, mientras el protagonista tenía un último plano resumen en el que aparecía bajando las escaleras de su mansión, con la cabeza perdida y un cadáver flotando en su piscina. O algo incluso no tan lírico.

Es una persona normal y corriente y casi más normal y corriente que tú.

EPÍLOGO

Ante esto, ¿qué cabe pensar, qué se puede decir? Nada. No se le puede decir eso de “Pero, actor joven y prometedor, ¿qué ha pasado? ¿Qué hemos hecho mal? ¿Qué hemos hecho para que nos fallaras así?” porque no os conocéis de nada y porque él nunca entendería que le habías echado encima la responsabilidad de representar a tu generación y a los adolescentes perdidos y solitarios.

Lo único que se te ocurre como posible respuesta es que, quizá, no fuera él, sino vosotros, los que en verdad habéis sobrevivido con la dignidad intacta y los éxitos anónimos, los que os habéis tenido que conformar con lo que os daban y no siempre con lo que queríais.

Los que os quedasteis fuera cuando alguien hizo un círculo donde sí entró mucha gente, y tuvisteis que dibujaros vuestro propio círculo para estar dentro de algún sitio.

Los que pasasteis por pequeños infiernos personales de los que no podéis escribir. Los que casi os quedasteis sin piel, o sin corazón, o sin mente. Los que cosechasteis vergüenza y culpa durante muchos años, pero no la acumulasteis. Los que os equivocasteis pero no os hundisteis.

Los que, a pesar de todo, sobrevivisteis como unos malditos duros bastardos.

FIN

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