Voilá, ecce, mi canción favorita de estos días.

No me gusta mucho airear mis gustos en ningún momento determinado, porque me parecen parte de la privacidad de cada uno y la palabra “gustar” me parece desacertada para ese contexto; a uno no le gustan simplemente algunas canciones, algunas historias o algunos lugares porque le resulten agradables, relajantes, coloridos o estimulantes, por ejemplo; cuando algo nos gusta, normalmente es porque nos hace sentir algo. Nosotros no gustamos de cosas, sino que -en diferentes grados- las amamos. Así como en inglés se usa el verbo like, traducido usualmente como gustar, y el verbo love, ídem como querer o amar, frecuentemente con el mismo signficado con una diferencia de simple grado, creo que agradar y amar se refieren básicamente a la misma realidad sentimental. (No siempre, porque ser humano es algo muy complicado, pero, en términos cotidianos, seguramente sí).

Bueno, no me importa decir que me gusta esa canción de Passenger (artista hasta ahora desconocido para mí). Quiero afirmar que me gusta esta canción, y espero que a mucha gente más, también.

Siento como si gustarnos las cosas bellas y especiales fuera a veces el único refugio que nos queda para intentar salvarlas. ¿Salvarlas de qué? Del olvido, que se abalanza sobre nuestro mundo cada vez más rápido. Es una lluvia torrencial que nos arrastra, o mejor, digan conmigo, una nevada inmisericorde que nos entierra bajo sus sucesivas capas.

Y es por ello, en parte, por lo que, acabo de darme cuenta, odio las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Me pueden gustar y, de hecho, me gusta usarlas (aquí, gustar y amar no son lo mismo, ya te acabo de hacer cómplice, bitácora, de lo complicado de tener que ser humano; no nos dieron a elegir), pero las odio. En parte, por argumentos que tienen mucho que ver con los que se exponen en este artículo; pero no sólo por ellos.

Las Nuevas Tecnologías (propiamente, las de la información y comunicación del siglo XXI) serán llamadas convencionalmente como se quiera; pero muchas de ellas son tecnologías del entretenimiento. Y ahí se adivina ya el peligro, porque el hombre, en cuanto se distrae y se le dice que es libre de entretenerse como quiera, ya es campo sembrado para la malandanza y el abuso. Porque, en general, su forma de diversión es destructiva, no constructiva. Por eso hay tantos casos de mal uso de todo lo que se le da para su entretenimiento y para su exploración de su creatividad y de su espíritu.

Por eso, esas nuevas tecnologías tienen un lado oscuro. No sé exactamente a qué se debe, pero lo tienen. Son la corporeización de los terrores del siglo pasado a los robots. Y de humanoides no tienen nada, pero son como parodias de nuestra mente. De pronto, ellas se las arreglan para reflejar la materia más oscura que habita en nosotros, amplificada. Hay una forma muy fácil de probarlo: uno, eligiendo un momento en el que se sienta deprimido, bajo de moral, se sienta especialmente solo, alienado…  puede sentarse delante de su ordenador conectado a Internet, o ponerse a jugar con su móvil de última generación, o con su tableta… me da igual. Cualquier apéndice de esas nuevas tecnologías. Al poco rato, verá que esos sentimientos de exclusión y de desconexión con su propio yo, el sentimiento de depresión y de desafecto, se han acrecentado. Eso sucede porque los dispositivos aumentan y rebotan cualquier estado de ánimo o disposición psicológica y espiritual que se les lance. Es la parte oscura del ser humano, mirándose a sí misma con lente de aumento. De muchos aumentos.

¿Será que somos miopes y que las TIC han llegado para ayudarnos a vernos tal como somos? Con razón las llaman entonces algunos tecnología de dioses.

Pero esas lentes tienen, además, un efecto distorsionador sobre nuestra propia vida y sobre nuestras necesidades, magnificando las nuestras hasta extremos obscenos, desdibujando los puntos de referencia que durante siglos han guiado la historia.

De repente, uno no puede ir a ningún sitio sin poder ser localizado por teléfono móvil. ¿Por qué, para qué? Ah… no se sabe; pero lo curioso es que, ahora, rara será la persona que lleva teléfono móvil y pasa un día sin recibir al menos una llamada (cálculo muy conservador, como todo el mundo sabe). Luego ¿es necesario el móvil? Seguramente, para la mayoría de las personas, en la mayoría de las situaciones que atraviesan en su día a día normal, la respuesta es no. Pero la gente le llama, con lo cual ya no podría abandonar el hábito de llevar el móvil a cuestas, porque ¡la gente necesita llamarle a menudo! ¡Tiene que estar localizable! Y en su agenda ¡tiene que tener 500 contactos! (otro cálculo conservador, seguramente). ¿Quién sabe a quién puede necesitar llamar en cualquier momento dado? ¡Por si acaso, hay que tener el nombre y el número de contacto de esa persona! ¡Uno nunca sabe!

Y el reproductor de música mp3 que te venden… bueno, tiene cabida para 300 canciones. ¡Pero el otro es mejor; puedes almacenar hasta 1.000 canciones! ¡Cómprate ése! Sólo cuesta un poco más. ¡Ah! ¿Pero no te sobran por lo menos 900 canciones? (cálculo conservador, amigo, una vez más). Si te pasas el día tarareando la misma. Si de la lista de los 40 principales detestas o te la traen floja al menos 30. Bueno, no importa… ¡quieres llevarte todas las canciones que puedas! ¿Qué va a pasar si un día quieres escucharlas? ¿O si no sabes cuál quieres escuchar, y necesitas tener esa misma ahí, en tu reproductor, por si es ésa la que quieres escuchar ahora?

También sabe el Cielo, tu madre y tú mismo que no ha habido vacaciones que hayas tenido en las que te hayas leído más de tres libros (cálculo generoso, esta vez). Salvo aquella ocasión en la que fuiste a aprender un idioma a una aburrida pequeña ciudad europea y sí, te aburriste como un hongo, así que leíste seis. De todos modos, te compras ese lector electrónico, porque ¿y si te vas de viaje este año y no encuentras ninguna mala librería ni biblioteca en idiomas que sepas leer? ¡Entonces necesitas poder llevarte contigo todos los libros que puedas necesitar, y alguno más, y no puedes cargarte la maleta con todos! ¿Y si sales a pasear cualquier día, pero resulta que te cansas o te aburres y te apetece leer? ¡No puedes andar con un libro a cuestas todo el día! ¿Cómo no te diste cuenta antes de que un lector electrónico te resultaba absolutamente imprescindible y que tiene tantas ventajas?

Lo peor es ver a la gente alrededor embebecida con sus móviles pero, sobre todo, con sus tabletas. No soporto las tabletas ni tampoco la manera en que sus propietarios las llaman por su nombre en inglés. No soporto ver a sus usuarios, en sitios públicos, enfrascados en su tableta, haciendo ostentación de que la tienen y de que, sobre todo, lo que hay dentro de su tableta es interesante, mientras que lo que tienen delante y alrededor (fuera de la tableta, evidentemente), no. Deslizan el dedo por la pantalla, vigorosamente, de derecha a izquierda y de arriba abajo, buscando, rebuscando… pero ¿qué buscan? ¿Qué quieren?

¿Qué buscamos, qué queremos? Estamos locos; es lo que decía aquel gran jefe indio, ya derrotado por el hombre blanco, al cual declaraba no entender. Aquel hombre blanco y el de hoy son iguales. Aquel buscaba en los territorios que se extendían ante él, sin importar que fueran el hogar de otros hombres como él; exploraba lo que era nuevo para él, destruyendo hombres y violentando tierras y naturaleza, si hacía falta, porque buscaba algo que creía iba a encontrar allí. Hoy que ya lo tenemos todo archiexplorado, agotado y exhausto a nuestros pies y que nos hemos cargado todo lo bello, lo poético y lo virginal de la tierra y de los cielos, todavía queremos vivir presas de la ilusión de que la felicidad viene con lo nuevo, con lo desconocido, cuando tenemos a nuestro alrededor materia preciosa con la que conectar y que explorar.

Nos veo cada vez más acomodaticios, con un tiempo que pasa cada vez más deprisa y en el que la inmediatez ha cobrado un valor casi sagrado. Me resulta muy útil toda la nueva tecnología y, como se ve, la utilizo para mi conveniencia, pero detesto la forma que tiene de exacerbar en nosotros lo superficial, lo ávido y lo irracional; cómo nos hace capaces de oírlo todo sin escuchar realmente nada. Pero la culpa es nuestra, sólo nuestra, porque no queremos.

Al comienzo hablaba de lo mucho que me gustaba aquella canción y de que me gustaría clavarla a este momento determinado para que dure un poco más de lo que duran ahora las cosas. Pero me temo que sólo puedo clavarla a este diario y guardarla para mí todo el tiempo que yo quiera.

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