Mala prensa

Mucho se habla del “fin del periodismo”. Yo añadiría a esa hecatombe esta otra: la del fin del lenguaje escrito como herramienta de comunicación.

Quiero decir que sí, el lenguaje todavía sirve para comunicar cosas, pero ya no es -y hablo en términos generales- delicada pluma, sino basta brocha con la que se garrapatean los signos gráficos del lenguaje en la tábula rasa que luego se ha de entregar al receptor del mensaje.

Qué otra cosa se puede decir de un lenguaje salpicado de incorrecciones gramaticales, ortográficas y sintácticas, amén de vaguedades léxicas y términos hermosos o rebuscados cuyo significado verdadero ha sido relegado arbitrariamente o quizá, probablemente, desde el principio ignorado por el redactor.

Qué otra cosa se puede exclamar cuando uno oye que los leones viven en la sábana (por parte de una mujer-busto parlante, supuesta periodista cuya obligación y responsabilidad comprende, entre muchas otras, enterarse de qué está diciendo, aunque sólo sea poco más o menos y para salir del paso, además de haber aprendido tiempo atrás los significados de “sábana” y de “sabana”); o cuando se lee “¡Métete en el agua gorda!”, saltándose a la torera la coma que dota de su pleno sentido, racional y lógico, a una frase que debería indignarnos, por lo que sugiere, y no mover a risa o a extrañeza, que es el efecto que debería provocar en casi todos los lectores que la leyeran, eso si tales lectores supieran, en su mayoría, cuál es la función de la coma.

Escribo esos dos ejemplos tal como me han venido a la memoria, pero me sería igual de fácil echar un vistazo a los titulares publicados hoy en Twitter o en la portada de cualquier medio digital de gran tirada y, se supone, grandes cifras de lectura.

De hecho, ahora mismo, mientras redacto esto, sin duda nuestro idioma está muriendo un poco más, por desidia, por pereza mental, por incultura y por incompetencia, todas ellas arduamente practicadas y, sin duda, éstas sí, llevadas a la excelencia.

Cuando yo estaba en la facultad, oí muchas veces a mis compañeros decir que el hecho de que un periodista cometa errores en el desempeño de su misión esencial, que es contar lo que ve o sabe con sinceridad y con imparcialidad, no es muy grave, algo en todo caso nunca jamás comparable con el error de un médico, porque el médico trata con vidas humanas y el periodista sólo con información. (La cursiva debería ser aceptada con todos los honores como un recurso idiomático más). Y estoy de acuerdo… hasta cierto punto. No me parece realista degradar la importancia de la veracidad de la información y de la corrección lingüística. El periodista debe velar por ambas. Son dos valores distintos pero ambos importantes. Cuidar la lengua es esencial, así como lo es velar por su uso lo más preciso y rico posible. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Es cierto que nadie ha muerto por sus múltiples faltas ortográficas o por sus carencias lingüísticas, pero sí es cierto que el buen uso de la lengua puede ser un ariete que te abra las puertas del saber, de la información, de la cultura. Todos ellos son un patrimonio, pero, hoy día, también son un arma. Las personas más libres -en su interior, que es la única libertad verdadera- suelen ser también las que mejor comprenden su mundo, y cuanto más domines el lenguaje humano, más fácil te será esa comprensión (que nunca puede ser completa, pero, por eso mismo, puede expandirse indefinidamente, hasta tu muerte).

Veo cada día en la tele gente que no tiene ni idea de periodismo, que ni siquiera ha terminado la carrera, quizá; que no sabe entonar, que no sabe hilar dos oraciones con sentido completo, que no sabe ni acentuar fónicamente las palabras donde corresponde.
Y lee uno los titulares que escriben supuestos periodistas y se le cae la cara de vergüenza propia y ajena… qué faltas de ortografía, qué poca idea de nada, no sólo de lengua y gramática elementales, sino -por supuesto- de puntuación… ni una puñetera coma la saben poner bien para darle sentido a la oración, por Dios… ni tampoco tienen una culturilla básica y elemental, eso que es lo que queda después de haber olvidado todo lo que aprendiste en el colegio y memorizaste y luego olvidaste después de aprobar el examen; eso que te sirve para no dar el cantazo, eso que hace que digan de ti, como se decía antes, que “se te puede llevar a cualquier sitio”; lo que puede hacer de ti, como se decía antes, cuando la buena conversación era un concepto aún vigente, “un buen conversador”.
Viendo eso, me resulta muy difícil creer que la gente lea, y tampoco tengo ninguna fe en las instituciones educativas, en la educación como sistema. Aquí, oiga, o se acostumbra usted a leer desde pequeñito o apague y vayámonos. Tengo varias personas muy cercanas que no pudieron estudiar, no tuvieron esa suerte ni esa oportunidad, pero se han preocupado de adquirir una cultura y una formación, y leen, leen mucho… y les dan cien mil vueltas a muchísimos titulados.
Los periodistas tenemos como herramienta principal la lengua. Y somos, además, depositarios y transmisores privilegiados de ella. Pero, en este mundo donde la latría por lo material sí que se expande indefinida y exponencialmente, sólo puedo ser pesimista con respecto al esplendor futuro del lenguaje humano inteligente; su perspectiva futura es ser inteligible, no inteligente.
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