Ex nihilo nihil fit

He decidido que no procede, a partir de ahora y en lo que me quede de vida, disculparme ni sentirme verdaderamente mal (que es diferente a darse uno cuenta de que ha metido la pata o de que ha tenido un día avieso y se ha portado con alguien o en alguna situación como no debiera; humanos somos y en el camino nos encontraremos… o algo así; no, quiero decir mal en el propio cuerpo, mal en la propia piel, indigno, incrédulo de sí mismo), tan mal como para imponerme penitencia y purga de mis pecados y pequeñas maldades. No procede, ni es tampoco menester ni hace falta alguna culparme como sólo yo a veces sé hacerlo, ni cargar con el planeta Tierra a mis espaldas y ponerme a escalar sisíficamente las metafóricas montañas que se me pongan por delante.

Visto lo que hay por ahí, no. Quiero decir, hay faltas y faltas. Y yo, inocente, creía, o quería creer que todo el mundo tiene una brújula moral interior, que todos tenemos un sentido de la responsabilidad (aunque fuera mínimo como un renacuajo perdido en la inmensidad de un bajo vientre instintual dominante en el individuo), y que todos sabemos disculparnos cuando nos hemos portado deliberadamente mal, aposta, encima riéndonos mientras cometíamos el hecho incorrecto o directamente atroz en cuestión y confundiendo euforia con dicha y culo con témporas.

Y no es así, resulta que no es así; ya he dicho que a veces peco de inocentona, que es la hermana tonta de la inocencia. Pues sí, ésa soy yo.

No sé cómo puedo andar así por la vida, a mi edad, precisamente en esta vida contemporánea, en la quela gente confunde diversión con borrachera y olvido, y luego, con dormida de melopea y más olvido, y más tarde, con destrozos o con peleas y extensión del olvido; o en el que a las chicas jovencitas aún les preguntas de qué se van a disfrazar y te responden que de ramera barata (no usan la palabra “ramera”, como todos sabemos) y lo ratifican comportándose como tales en cuanto tienen oportunidad y están ante una audiencia masculina.

Y no me escandalizo porque piense que las rameras son malas o que carecen de moral; de eso nada. (Todos, hasta los ateos o los antibíblicos o simplemente los que carecen del más ligero barniz de culturilla, saben acerca de Jesucristo y las prostitutas y la gente de mal vivir, en general, ¿no? Pues eso). Me escandalizo porque mujeres con oportunidades, con cierto nivel económico, con posibilidad de adquirir una formación y de explotar cuantos talentos tengan al máximo, consideran lo más apetecible en un momento dado creerse y soñar con ser prostitutas baratas; o sea, que creen que vender el propio cuerpo, o tratarlo como mercancía, despojado de alma, de emociones, despojado en ese momento del respeto que se merece, que eso es o puede ser deseable y que puede llegar a ser -porque sospecho que, en el fondo, es lo que quieren decir con la expresión de ese deseo- un atajo para llegar al corazón de alguien, de un hombre, en este caso; que dar su cuerpo de forma indiscriminada o como transacción comercial puede ser sexy, puede granjearles amor; o, si nos vamos a lo más prosaico, que puede reportarles (cosa que es cierta, por desgracia) una buena suma de dinero y, en algunos casos, de cierto poder o estatus social, que de todo hay, aparte de proveerlas de cierta apariencia (falsa) que las disfrace y las aleje de sí mismas.

¿Por qué, Dios mío, por qué? ¿Tan poco te quieres que necesitas saber cuánto estaría dispuesto a pagar alguien por tener tu presencia durante un tiempo limitado? ¿Tan poco te apruebas y te aceptas que precisas ver la traducción de ese amor en cifras, en cierto tipo de lenguaje, en cierto tipo de gestos y de comportamiento?

¿En tan poco te tienes, y tienes en general a las mujeres, que en el fondo no te importa actuar, ser alguien que realmente no eres durante unas horas, para granjearte la admiración (en el sentido más crudo y animalístico del término) de cuantos más individuos, mejor, porque piensas que no mereces nada más?

¿Tan poco crees valer, que lo más valioso (quizá lo único) que encuentras que hay en ti es lo que menos vale -tu apariencia, tu figura, tu atuendo mínimo, chabacano y poco favorecedor, la máscara con la que te cubres? ¿De verdad, no has hallado en ti nada más que valga la pena? ¿Nada que valga la pena el esfuerzo de explotarlo, de cultivarlo, de ofrecerlo a quien sepa verlo? ¿Nada que valga más que eso?

¿Tan poco te quieres y tan poco crees que vales?

Tampoco me escandalizo necesariamente porque seamos humanos y necesitemos de ciertas dosis de evasión. Hombre, no. La evasión es sana y necesaria y, si me apuran, diré que vida = evasión y que quien mejor se evade no es otro que el que más feliz ha sabido ser. En ese sentido, ¡la evasión es la ciencia de la vida, amigos!

Pero, según yo lo veo, la evasión debe ser como un sutil telón de fondo, no como una apisonadora que lo va machacando, destrozando y aplastando todo a su paso y no deja oír ninguna suave música, ni ningún canto de pájaro, ni ningún soplo de la brisa, ni oleaje distante… nada, sólo se oye la apisonadora aplastando todo a su paso.

Pero quizá ellos tengan razón y nosotros sólo seamos sardinas en la basura.

Quizá el hecho de que haya una cantidad significativa de gente que piensa en esos términos de fecha de caducidad inmediata de todo, luego en términos tan puramente hedonistas y, en el fondo, tan nihilistas, no quiera decir otra cosa que está llegando el fin de los tiempos y que ellos tienen razón y todos los demás (que tampoco somos pocos, oiga) nos equivocamos, porque en realidad no hay Dios ni valores ni moral, ni tampoco más cera que la que arde, etc.Yo pienso que tenemos razón nosotros y que quienes así actúan representan la nada, el nihilo, el lado hueco de la vida. Como en el caso del yin y el yang, lo claro y lo oscuro… así lo pleno y lo hueco deben ambos existir. En virtud de la ley del karma y del equilibrio universal, o algo así.Claro que de la nada, nada puede nacer; eso también es verdad. Sólo, más nada. Y eso ya me da más miedo.

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