Allí

Si has tenido una infancia más o menos como la de todo el mundo, Barrio Sésamo te habrá enseñado la diferencia entre aquí y allí. Yo también la aprendí. Pero puede que no hayas comprendido la verdadera diferencia hasta mucho más tarde, o quizá, todavía no te haya llegado esa lección. Para mí, se produjo hace no tanto tiempo, y aún no la he asimilado del todo.

La realidad de la vida tiene poco que ver con Barrio Sésamo, en verdad.

Y eso que, al principio (o no al principio, no para todo el mundo y no en mi caso, pero digamos que llega un momento en el que:) todo parecía muy fácil: la vida era cuestión de vivir y de seguir viviéndola un momento tras otro. En esa fase (que para mucha gente sucede al principio de su vida, pero no para todos, ya lo he dicho), uno vive un cuento de hadas.

Yo también tuve mi momento así. El mío (mi cuento) bien podía ser Alicia en el País de las Maravillas. Cuando más lo necesitaba, apareció mi país de las maravillas, y resultó estar (y ahora viene la trabazón con el párrafo inicial) allí.*

Allí (vamos a llamarlo así, por comodidad) es un lugar magnífico, un país donde te pueden pasar cosas maravillosas. Te puedes convertir en enana, en giganta, puedes encontrarte con gatos que hablan o puede que termines hecha prisionera y que alguien ordene que te corten la cabeza. Es así. A mí nadie me advirtió de todo esto antes de que me teletransportara de aquí allí, pero seguramente lo mismo habría ido con advertencia y todo. Porque a determinadas cortas edades, uno cree quererlo todo y cree estar preparado para ello.

Mi primera exploración fue extremadamente afortunada. Y ahí empezó mi verdadera lección: allí era ¡tan diferente de aquí! ¿Por qué nadie me había hablado de eso? ¡Era lo más importante que podían haberme contado! ¿Por qué nadie me había animado antes a beber del frasquito del brebaje verde (o rosa, o del color que fuera)? Así que, cuando mi incursión acabó, yo aún no había acabado, así que tuve que volver allí. Bebí muchas veces más de aquel frasquito.

Hace algún tiempo que no he vuelto, sin embargo. ¿Alguien recuerda cualquier novela o película donde un personaje haya tratado de reproducir la experiencia primigenia de algo maravilloso y se hayan cumplido sus expectativas? Yo, tampoco. Y es que nada hay que se pueda comparar a la primera vez de nada; no se puede resucitar la sorpresa, el asombro, la maravilla. Sólo se puede estar atento a cuando venga ella a nosotros, a resucitarnos.

Pero -y he aquí la paradoja- allí es un lugar absolutamente terrible. La tierra es más dura, la naturaleza es más abrupta. El clima es más riguroso y los pulmones deben esforzarse un poco más para abarcar la misma cantidad de aire que puedes inhalar aquí. Los colores son más afilados, y los ojos se inyectan de sangre y lloran con más facilidad. Y todo es más vasto, de dimensiones enloquecedoras, inabarcables con la vista, ni con toda una vida. Allí se convertía, por momentos y en rápida sucesión, en un lugar de maravilla y en uno de pesadilla. Había más lugares, pero todos estaban en éste. La realidad allí me pesaba más, pesaba más en mi conciencia, de tal modo que hoy, cuando pasajera de mi memoria vuelvo allí, me invade inmediatamente una sensación de angustia, y, a la vez, siamesa de aquélla, una de nostalgia. Una angustiosa nostalgia, o una angustia nostálgica (sí, creo que lo segundo es más preciso).

Allí es un lugar en el que es imposible no sentirse solo; depende de la naturaleza de cada cual sentirse solo más o menos tiempo. Solo ante la imposibilidad de comprender; solo ante la incapacidad absoluta de sentir cualquier nexo con nada ni con nadie, cualquier lazo significativo; imposible amarrarse a nada, pues todo es tan resplandeciente pero tan… resbaladizo. Te aferras y ya se te está escapando; cuanto más, más. Y allí es hermoso, abierto, inmenso y libre, por eso lo quieres para ti y te quieres tú para ello, pero es también como cuando miras una figura a cierta distancia en un anochecer lluvioso, que no sabes si se mueve hacia delante o hacia atrás, o, si lo miras muy fijamente y durante cierto tiempo, que no sabes si eres tú la que se mueve hacia atrás, o quizá resbala hacia delante. Personas que te acompañan durante un par de metros, y luego toman el otro caminito, el de la izquierda, y tú sabes que debes ir por el de la derecha; lugares que, por un momento, son, no un hogar, eso nunca, pero sí un refugio cálido y agradable al que te une la gratitud… y luego, te expulsan de sí, o llega sin más el momento de seguir, y sabes que no volverás a pisar su suelo. Calles que se extienden durante kilómetros, tal vez; donde nada se mueve nunca ni hay ruido alguno de calidad humana; calles magníficas y terribles, limpísimas, invitadoras y pesadillescas.

Y la soledad, que forma parte del aire, que es parte de vivir allí; la alienación, el desarraigo, tan grandes que puedes vivir como si toda aquella tierra fuera hielo, brillante y hermosa pero fría e incapaz de albergar ninguna raíz; deslizándote con facilidad pero sin dejar ningún rastro de tu presencia, de que alguna vez hubieras estado allí. Moverte de un sitio a otro sabiendo que nada ni nadie te recordará. Imposible dejar huella excepto con tu nombre y con alguna gran obra a tu paso; obras por las que te admiren, quizá.

La soledad, digo, de quien vive alejado de todo y de todos, por costumbre, por cultura, porque allí siempre se ha hecho así y es su modus vivendi. A los nativos les gusta, o ellos así lo afirman. No tener a nadie, vivir sin tener a nadie. Una persona, dos, o tres quizá, arracimadas, en su acogedora casita alejada de todo lo demás. ¿Qué pasará cuando necesites a alguien? Quizá a tu pesar, quizá por elección propia, no lo tendrás. Así es la vida allí. Estás solo con toda tu libertad, para sufrirla, pero también para disfrutarla.

Como ven, es duro vivir allí, aunque sólo estés de paso. Es áspero nido, grandiosa suite de hotel al mismo tiempo; no hay mejor lugar en el mundo, si a eso vamos; en ningún lugar verás el horizonte ni ponerse el sol como lo podrías ver allí. Pero, ¡ay!, estás siempre solo.

Paisajes y días de lluvia, o de solitario y triste sol, que nunca podrás olvidar, que vives con melancolía y recuerdas con equívoca (pero angustiosa, recordémoslo) nostalgia.Es la contradicción (la lección) que todavía no puedo desentrañar. Un país de maravillas que amo y que temo. Quizá siga siendo todo una fantasía de mi mente; quizá sueño o quizá pesadilla, seguramente ambos.

*(He contemplado la posibilidad de intercalar fotos, aunque, como ven, finalmente la he desechado. No soy una persona visual, y además, si no he logrado que vieran lo que yo quería que vieran, no quiero la ayuda fácil de una imagen. Ustedes comprenden.)

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s