Pastillitas

Tengo que escribir esto, y el acicate final para hacerlo es haber leído recientemente un titular tal que así: “¿Cómo hago para dejar de sentirme culpable por haberme puesto la epidural?” Durante el parto, se entiende. Leía y no daba crédito. No hice clic, porque una vez leí que, al hacer clic en un contenido (cualquiera) para seguir leyéndolo o mirándolo, lo que uno está haciendo es elevar su nivel de popularidad en términos internáuticamente computables. Y como en Internet de lo que se trata es sólo y a la postre de quién es el más popular, me negué.

Además de que no estaba yo (y cada vez lo estoy menos) para leer tonterías a esas horas. A cualquier hora del resto de mi vida (y cada vez más).

Pero es un asedio que no cesa.

Y, como todos llevamos a rastras un historial con una cantidad equis de tonterías oídas y sufridas, y son casi todas, además, bastante pegajosas en la memoria, ese titular me recordó cierto otro titular, o artículo, o publicación, sobre cómo deben hacer las madres que han dado a luz por cesárea para superar su sentimiento de inferioridad con respecto a las demás madres biológicas (de las madres por adopción no se decía nada) porque éstas sí, éstas habían parido “como es debido”.

Parece ser que Dios le dijo a Eva: “Parirás tus hijos con dolor” antes de expulsarles a ella y a Adán del Paraíso. Los estudios recientes indican que la traducción correcta de la Biblia es “con molestias…”, y esto es muy distinto.

Gro Nylander – “Nueve meses de espera

Esto es real y existe. Pero, claro, no sé de qué me sorprendo, si una de las aportaciones de Internet es darnos un baño de realismo cada día, enfrentándonos a nuestra inabarcable estupidez y necedad como especie.

Somos, como civilización, un producto muy acabado en algunos aspectos, pero que deja mucho que desear en otros. Encuentro que una de las áreas defectuosas (y mucho) viene sintomatizada por esa contradicción que sufrimos entre nuestra idolatría por los avances científicos y tecnológicos, por un lado, y nuestra aversión profunda y supersticiosa a ellos, por el otro.Hablamos como si el progreso técnico-científico fuera el súmmum, la liberación última de las cadenas de la superchería, el oscurantismo, el fanatismo y el miedo a lo desconocido; pero actuamos como si fuera una maldición, como si fuera una vergüenza y un oprobio necesitar esos avances, encontrarlos útiles y deseables, no digamos ya depender de ellos.

Por seguir con el ejemplo de la maternidad biológica, podríamos decir que, si bien todas las técnicas para el bien de la madre y del niño, las cuales ha costado tiempo, Dios y ayuda desarrollar han redundado en una cada vez menor tasa de mortalidad de madres y neonatos y una mayor calidad de vida de ellos y de sus familias, al mismo tiempo nos avergüenza recurrir a ellas. Ahora queremos volver al parirás con dolor, aunque ello implique jugarse el tipo.

Pero ése es sólo un ejemplo de esa contradicción insana e insalubre; y, en no pocos casos, fomentada además por los propios médicos, muchos de los cuales parecen pensar que las medicinas que ellos o sus colegas han recetado son un mal menor que debe eliminarse de la vida del paciente cuanto antes. Y es cierto que, a veces, los remedios terapéuticos son para un tiempo, pero no siempre es así.

Algunas veces, la gente sencillamente necesita ayuda. Es tan simple como eso. No poder encontrar la solución o el remedio que necesitamos por nosotros mismos no es ninguna debilidad; antes bien, la debilidad está en no pedir ayuda cuando vemos que, solos, no podemos.

Por otro lado, paralelamente a esa actitud de constante inculpación a nosotros mismos y a otros, y al subsiguiente sentimiento de culpa y de no estar a la altura que sentimos cuando somos nosotros los pacientes, existe la opuesta: el convencimiento inconsciente y muy propio de este momento histórico (y quizá de otros, qué sé yo) de que todo se puede solucionar desde fuera hacia dentro, y de que si nos sentimos mal, basta con tomarnos una pastillita; y de que es menester acudir al médico a poco que nuestro cuerpo -que es un ser vivo al margen de nuestra mente y nuestra consciencia, no lo olvidemos, tan sujeto como otro ente cualquiera a variaciones nimias de todo tipo en ininterrumpida sucesión- se deje sentir de alguna diminuta e insignificante manera; de que sólo se es buen padre o buena madre si se medica al pequeño hijo desde su más tierna infancia y por cualquier motivo, incluso sin él, como medida de prevención.

Pues ni una cosa, ni la otra. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto hallar el dorado término medio?

Será por algo que la soberbia es el primero de los pecados capitales (¿quizá, en el fondo, sea el único?).

Pienso en la cantidad de gente que convive (y, en gran medida, vive feliz) con una patología, una peculiaridad de su maquinaria. La cantidad de gente que necesita esa ayuda médica, médico-estética, ortopédica, psicológica, etc. para levantarse todos los días y llegar al término de ese día con mayor o menor éxito, pero siempre mayor que si careciera de tales muletas.

Posad la mirada en una persona cualquiera, al azar, conocida para vosotros o no, y lo más probable es que estéis mirando a una persona que tenga al menos una carencia en su salud que precise de un remedio externo. Y pienso que tener sólo una carencia es muy infrecuente. Y además, pienso que ojalá cada persona que detecte esa carencia recurra a todos los medios necesarios para conseguir el remedio. A veces, será una pastilla; otras veces, serán cinco; otras, que le escuchen (aunque el valor terapéutico de la conversación sola está sobrevalorado en esta época de libros de autoayuda mediocres); otras, disponer de un aparato o de varios que ayuden a desempeñar determinadas funciones; otras, algo tan sencillo como una anestesia para sobrellevar un proceso doloroso… La lista es interminable.

Pero muchas veces nos supera la vergüenza, un sentido de vergüenza y del ridículo que no tienen lugar. Por eso, no perdonamos fácilmente a quienes necesitan depender de algo, a veces de por vida. Y mucho menos nos perdonamos cuando esos “dependientes” somos nosotros mismos.

Nos podemos perdonar muchas cosas, pero nunca nuestra propia imperfección.

Nuestra hermosa, divina imperfección.

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