Una vez, me enojé mucho con unos chicos que publicaron en su muro de Facebook no sé qué cita de cierto personaje, muerto en la juventud, que se asocia siempre con valores revolucionarios, haciendo ver que ellos eran, aparentemente, seguidores y adeptos de ese personaje y de la ideología que comúnmente se le atribuye. Me enojé, no sólo por la antipatía que me inspira ese personaje sino, sobre todo, por la comodidad con la que estos chicos en particular, y muchos otros parecidos a ellos en general, sustituían con un símbolo lo que debería ser la actitud y la obra de toda una vida.

Entiendo que, cuando usamos símbolos y mostramos nuestra identificación con ellos, hay en nuestra acción algo más que una moda. Pero quizá no es así.

Hoy día, como todos tenemos tan poco tiempo para dedicárselo a los demás, para expresarnos cabalmente y para manifestarnos tal como somos y, además, estamos todos medio atontados con el dominio de la imagen, de la sensación y del millón y pico de amigos que podemos tener, parece que esa doble asociación se ha quedado a la mitad. Nos quedamos en el símbolo. En pulsar la tecla, en hacer clic con el ratón. Nunca la expresión “no mover ni un dedo” estuvo más vacía de significado. Hoy en día, mover un dedo y creer haber hecho algo sustancial es un hecho cotidiano.

Casi todo lo que vemos no significa nada, realmente. Significa algo sólo en cuanto signo. Significa sólo lo que una vez significó. Me pregunto si todo aquel que esgrime esa imagen, efigie, bandera, himno, color, tótem, retrato o lema es consciente de que está afirmando algo y, si es así, de todo lo que esa afirmación implica: implica la afirmación de ser coherente. Decir algo y actuar en consecuencia.

Pero hoy, sucede que esos símbolos han perdido gran parte de su carga semiológica. Nos ha pasado como con los antibióticos que se toman en exceso, o como las palabras malsonantes que constituyen las dos terceras partes del discurso de alguien: ya no nos hacen efecto.

Todos queremos ser algo más de lo que somos. Y parece que queramos sustituirnos por lo que llevamos puesto o lo que enarbolamos ante nosotros.

También, aquí, me pregunto por cuáles son los símbolos verdaderamente revolucionarios, hoy. No son los de antes. Y si los de antes no han perdurado, eso quiere decir que nunca significaron nada.

No significan nada que merezca la pena aquellas cosas que fácilmente se olvidan o son sustituidas por otras, o acaban -peor aún- convertidas en objetos de moda.

Pero que tantas cosas sean efímeras y las olvidemos fácilmente es bueno, porque eso nos da la medida justa de su valor. ¿Acaso olvidamos alguna vez lo verdadero, lo que realmente nos importa, lo que nos cambia la vida o lo que nos mantiene aferrados a ella? ¿Acaso perderíamos de vista de un día para otro aquello que nos da sustento, que nos mantiene en pie? ¿Desterramos con ligereza lo que de verdad significa algo para nosotros?

A día de hoy, lo revolucionario, lo único que merece la pena, es lo que siempre significa algo, lo perdurable. Los valores morales más altos son la auténtica revolución, porque el mundo de hoy (y seguramente el de siempre) pretende vivir de espaldas a ellos.

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