Lo que el hombre quería es vivir…

A pesar de todo y por encima de todo.

Renunciando a sus ojos, renunciando a las caricias, a la luz del sol.

Renunciando a la claridad de mente, a la memoria, a la razón.

Renunciando a todo; pero vivir.

Renegando de las glorias pasadas, del aplauso, del amor del mundo.

Renegando hasta del propio nombre.

Sin reclamar siquiera el consuelo póstumo de un lugar en el recuerdo de otros; de la fama, de las historias.

Sólo vivir; sólo vivir.

Nada más que vivir podría calmar su sed.

En sus células, en el primer aliento que exhaló su alma, ya existía ese anhelo. Y ahora, al final, vuelve a existír sólo él.

Nada más importa; sólo atarse a ese delgado cordel y saltar, si hiciera falta; gritando y conteniendo la respiración; sujetando el vértigo en la boca del estómago; lo que sea, lo que haga falta, con tal de sentirse aún atado a lo conocido, a lo que transcurre; y, con ello, también él.

Enfermo, derrotado, puede ser; pero, todavía, vivo.

Despeñado, olvidado, acabado, quizá; pero, tal vez, puede que más vivo en ese segundo que en todas sus largas edades juntas.

Sólo vivir; nada más importa.

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