Archivo mensual: enero 2013

Cada día más que paso con Google a mi disposición es un día en el que crece un poco más mi convencimiento de que, a menudo, cuanto menos sepas de las cosas que te gustan, más las disfrutas.

En esto me he vuelto a ratificar hoy mismo, después del disfrute de una película sublime. No he podido evitar meterme en Google y luego en iMDB para leer sobre ella y enterarme de datos, de detalles o de anécdotas que ignoraba. Al cabo de un ratito, tal como había decidido hacer, lo he dejado. Es mejor así.

Prefiero disfrutar y regodearme de cuánto me gustan las cosas que me gustan a correr el riesgo de descubrir que están hechas de polvo, barro y cenizas.

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27 de enero de 2013 · 20:18

Voilá, ecce, mi canción favorita de estos días.

No me gusta mucho airear mis gustos en ningún momento determinado, porque me parecen parte de la privacidad de cada uno y la palabra “gustar” me parece desacertada para ese contexto; a uno no le gustan simplemente algunas canciones, algunas historias o algunos lugares porque le resulten agradables, relajantes, coloridos o estimulantes, por ejemplo; cuando algo nos gusta, normalmente es porque nos hace sentir algo. Nosotros no gustamos de cosas, sino que -en diferentes grados- las amamos. Así como en inglés se usa el verbo like, traducido usualmente como gustar, y el verbo love, ídem como querer o amar, frecuentemente con el mismo signficado con una diferencia de simple grado, creo que agradar y amar se refieren básicamente a la misma realidad sentimental. (No siempre, porque ser humano es algo muy complicado, pero, en términos cotidianos, seguramente sí).

Bueno, no me importa decir que me gusta esa canción de Passenger (artista hasta ahora desconocido para mí). Quiero afirmar que me gusta esta canción, y espero que a mucha gente más, también.

Siento como si gustarnos las cosas bellas y especiales fuera a veces el único refugio que nos queda para intentar salvarlas. ¿Salvarlas de qué? Del olvido, que se abalanza sobre nuestro mundo cada vez más rápido. Es una lluvia torrencial que nos arrastra, o mejor, digan conmigo, una nevada inmisericorde que nos entierra bajo sus sucesivas capas.

Y es por ello, en parte, por lo que, acabo de darme cuenta, odio las nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC). Me pueden gustar y, de hecho, me gusta usarlas (aquí, gustar y amar no son lo mismo, ya te acabo de hacer cómplice, bitácora, de lo complicado de tener que ser humano; no nos dieron a elegir), pero las odio. En parte, por argumentos que tienen mucho que ver con los que se exponen en este artículo; pero no sólo por ellos.

Las Nuevas Tecnologías (propiamente, las de la información y comunicación del siglo XXI) serán llamadas convencionalmente como se quiera; pero muchas de ellas son tecnologías del entretenimiento. Y ahí se adivina ya el peligro, porque el hombre, en cuanto se distrae y se le dice que es libre de entretenerse como quiera, ya es campo sembrado para la malandanza y el abuso. Porque, en general, su forma de diversión es destructiva, no constructiva. Por eso hay tantos casos de mal uso de todo lo que se le da para su entretenimiento y para su exploración de su creatividad y de su espíritu.

Por eso, esas nuevas tecnologías tienen un lado oscuro. No sé exactamente a qué se debe, pero lo tienen. Son la corporeización de los terrores del siglo pasado a los robots. Y de humanoides no tienen nada, pero son como parodias de nuestra mente. De pronto, ellas se las arreglan para reflejar la materia más oscura que habita en nosotros, amplificada. Hay una forma muy fácil de probarlo: uno, eligiendo un momento en el que se sienta deprimido, bajo de moral, se sienta especialmente solo, alienado…  puede sentarse delante de su ordenador conectado a Internet, o ponerse a jugar con su móvil de última generación, o con su tableta… me da igual. Cualquier apéndice de esas nuevas tecnologías. Al poco rato, verá que esos sentimientos de exclusión y de desconexión con su propio yo, el sentimiento de depresión y de desafecto, se han acrecentado. Eso sucede porque los dispositivos aumentan y rebotan cualquier estado de ánimo o disposición psicológica y espiritual que se les lance. Es la parte oscura del ser humano, mirándose a sí misma con lente de aumento. De muchos aumentos.

¿Será que somos miopes y que las TIC han llegado para ayudarnos a vernos tal como somos? Con razón las llaman entonces algunos tecnología de dioses.

Pero esas lentes tienen, además, un efecto distorsionador sobre nuestra propia vida y sobre nuestras necesidades, magnificando las nuestras hasta extremos obscenos, desdibujando los puntos de referencia que durante siglos han guiado la historia.

De repente, uno no puede ir a ningún sitio sin poder ser localizado por teléfono móvil. ¿Por qué, para qué? Ah… no se sabe; pero lo curioso es que, ahora, rara será la persona que lleva teléfono móvil y pasa un día sin recibir al menos una llamada (cálculo muy conservador, como todo el mundo sabe). Luego ¿es necesario el móvil? Seguramente, para la mayoría de las personas, en la mayoría de las situaciones que atraviesan en su día a día normal, la respuesta es no. Pero la gente le llama, con lo cual ya no podría abandonar el hábito de llevar el móvil a cuestas, porque ¡la gente necesita llamarle a menudo! ¡Tiene que estar localizable! Y en su agenda ¡tiene que tener 500 contactos! (otro cálculo conservador, seguramente). ¿Quién sabe a quién puede necesitar llamar en cualquier momento dado? ¡Por si acaso, hay que tener el nombre y el número de contacto de esa persona! ¡Uno nunca sabe!

Y el reproductor de música mp3 que te venden… bueno, tiene cabida para 300 canciones. ¡Pero el otro es mejor; puedes almacenar hasta 1.000 canciones! ¡Cómprate ése! Sólo cuesta un poco más. ¡Ah! ¿Pero no te sobran por lo menos 900 canciones? (cálculo conservador, amigo, una vez más). Si te pasas el día tarareando la misma. Si de la lista de los 40 principales detestas o te la traen floja al menos 30. Bueno, no importa… ¡quieres llevarte todas las canciones que puedas! ¿Qué va a pasar si un día quieres escucharlas? ¿O si no sabes cuál quieres escuchar, y necesitas tener esa misma ahí, en tu reproductor, por si es ésa la que quieres escuchar ahora?

También sabe el Cielo, tu madre y tú mismo que no ha habido vacaciones que hayas tenido en las que te hayas leído más de tres libros (cálculo generoso, esta vez). Salvo aquella ocasión en la que fuiste a aprender un idioma a una aburrida pequeña ciudad europea y sí, te aburriste como un hongo, así que leíste seis. De todos modos, te compras ese lector electrónico, porque ¿y si te vas de viaje este año y no encuentras ninguna mala librería ni biblioteca en idiomas que sepas leer? ¡Entonces necesitas poder llevarte contigo todos los libros que puedas necesitar, y alguno más, y no puedes cargarte la maleta con todos! ¿Y si sales a pasear cualquier día, pero resulta que te cansas o te aburres y te apetece leer? ¡No puedes andar con un libro a cuestas todo el día! ¿Cómo no te diste cuenta antes de que un lector electrónico te resultaba absolutamente imprescindible y que tiene tantas ventajas?

Lo peor es ver a la gente alrededor embebecida con sus móviles pero, sobre todo, con sus tabletas. No soporto las tabletas ni tampoco la manera en que sus propietarios las llaman por su nombre en inglés. No soporto ver a sus usuarios, en sitios públicos, enfrascados en su tableta, haciendo ostentación de que la tienen y de que, sobre todo, lo que hay dentro de su tableta es interesante, mientras que lo que tienen delante y alrededor (fuera de la tableta, evidentemente), no. Deslizan el dedo por la pantalla, vigorosamente, de derecha a izquierda y de arriba abajo, buscando, rebuscando… pero ¿qué buscan? ¿Qué quieren?

¿Qué buscamos, qué queremos? Estamos locos; es lo que decía aquel gran jefe indio, ya derrotado por el hombre blanco, al cual declaraba no entender. Aquel hombre blanco y el de hoy son iguales. Aquel buscaba en los territorios que se extendían ante él, sin importar que fueran el hogar de otros hombres como él; exploraba lo que era nuevo para él, destruyendo hombres y violentando tierras y naturaleza, si hacía falta, porque buscaba algo que creía iba a encontrar allí. Hoy que ya lo tenemos todo archiexplorado, agotado y exhausto a nuestros pies y que nos hemos cargado todo lo bello, lo poético y lo virginal de la tierra y de los cielos, todavía queremos vivir presas de la ilusión de que la felicidad viene con lo nuevo, con lo desconocido, cuando tenemos a nuestro alrededor materia preciosa con la que conectar y que explorar.

Nos veo cada vez más acomodaticios, con un tiempo que pasa cada vez más deprisa y en el que la inmediatez ha cobrado un valor casi sagrado. Me resulta muy útil toda la nueva tecnología y, como se ve, la utilizo para mi conveniencia, pero detesto la forma que tiene de exacerbar en nosotros lo superficial, lo ávido y lo irracional; cómo nos hace capaces de oírlo todo sin escuchar realmente nada. Pero la culpa es nuestra, sólo nuestra, porque no queremos.

Al comienzo hablaba de lo mucho que me gustaba aquella canción y de que me gustaría clavarla a este momento determinado para que dure un poco más de lo que duran ahora las cosas. Pero me temo que sólo puedo clavarla a este diario y guardarla para mí todo el tiempo que yo quiera.

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Vas olvidando; aunque parecía imposible, vas olvidando.

El tiempo va echándose encima, como estratos de tierra sobre una concha de molusco, convirtiéndola en tesoro fosilizado.

Y un día, el recuerdo del recuerdo, de cómo era… es ya el único recuerdo que te queda.

Pero, ¿acaso no es ése el modo más leal de recordar, en cuanto que depende solamente de la voluntad del que así recuerda, de querer conservarte un poquito conmigo para siempre, aunque casi del todo ya te haya olvidado?

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Mala prensa

Mucho se habla del “fin del periodismo”. Yo añadiría a esa hecatombe esta otra: la del fin del lenguaje escrito como herramienta de comunicación.

Quiero decir que sí, el lenguaje todavía sirve para comunicar cosas, pero ya no es -y hablo en términos generales- delicada pluma, sino basta brocha con la que se garrapatean los signos gráficos del lenguaje en la tábula rasa que luego se ha de entregar al receptor del mensaje.

Qué otra cosa se puede decir de un lenguaje salpicado de incorrecciones gramaticales, ortográficas y sintácticas, amén de vaguedades léxicas y términos hermosos o rebuscados cuyo significado verdadero ha sido relegado arbitrariamente o quizá, probablemente, desde el principio ignorado por el redactor.

Qué otra cosa se puede exclamar cuando uno oye que los leones viven en la sábana (por parte de una mujer-busto parlante, supuesta periodista cuya obligación y responsabilidad comprende, entre muchas otras, enterarse de qué está diciendo, aunque sólo sea poco más o menos y para salir del paso, además de haber aprendido tiempo atrás los significados de “sábana” y de “sabana”); o cuando se lee “¡Métete en el agua gorda!”, saltándose a la torera la coma que dota de su pleno sentido, racional y lógico, a una frase que debería indignarnos, por lo que sugiere, y no mover a risa o a extrañeza, que es el efecto que debería provocar en casi todos los lectores que la leyeran, eso si tales lectores supieran, en su mayoría, cuál es la función de la coma.

Escribo esos dos ejemplos tal como me han venido a la memoria, pero me sería igual de fácil echar un vistazo a los titulares publicados hoy en Twitter o en la portada de cualquier medio digital de gran tirada y, se supone, grandes cifras de lectura.

De hecho, ahora mismo, mientras redacto esto, sin duda nuestro idioma está muriendo un poco más, por desidia, por pereza mental, por incultura y por incompetencia, todas ellas arduamente practicadas y, sin duda, éstas sí, llevadas a la excelencia.

Cuando yo estaba en la facultad, oí muchas veces a mis compañeros decir que el hecho de que un periodista cometa errores en el desempeño de su misión esencial, que es contar lo que ve o sabe con sinceridad y con imparcialidad, no es muy grave, algo en todo caso nunca jamás comparable con el error de un médico, porque el médico trata con vidas humanas y el periodista sólo con información. (La cursiva debería ser aceptada con todos los honores como un recurso idiomático más). Y estoy de acuerdo… hasta cierto punto. No me parece realista degradar la importancia de la veracidad de la información y de la corrección lingüística. El periodista debe velar por ambas. Son dos valores distintos pero ambos importantes. Cuidar la lengua es esencial, así como lo es velar por su uso lo más preciso y rico posible. Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo. Es cierto que nadie ha muerto por sus múltiples faltas ortográficas o por sus carencias lingüísticas, pero sí es cierto que el buen uso de la lengua puede ser un ariete que te abra las puertas del saber, de la información, de la cultura. Todos ellos son un patrimonio, pero, hoy día, también son un arma. Las personas más libres -en su interior, que es la única libertad verdadera- suelen ser también las que mejor comprenden su mundo, y cuanto más domines el lenguaje humano, más fácil te será esa comprensión (que nunca puede ser completa, pero, por eso mismo, puede expandirse indefinidamente, hasta tu muerte).

Veo cada día en la tele gente que no tiene ni idea de periodismo, que ni siquiera ha terminado la carrera, quizá; que no sabe entonar, que no sabe hilar dos oraciones con sentido completo, que no sabe ni acentuar fónicamente las palabras donde corresponde.
Y lee uno los titulares que escriben supuestos periodistas y se le cae la cara de vergüenza propia y ajena… qué faltas de ortografía, qué poca idea de nada, no sólo de lengua y gramática elementales, sino -por supuesto- de puntuación… ni una puñetera coma la saben poner bien para darle sentido a la oración, por Dios… ni tampoco tienen una culturilla básica y elemental, eso que es lo que queda después de haber olvidado todo lo que aprendiste en el colegio y memorizaste y luego olvidaste después de aprobar el examen; eso que te sirve para no dar el cantazo, eso que hace que digan de ti, como se decía antes, que “se te puede llevar a cualquier sitio”; lo que puede hacer de ti, como se decía antes, cuando la buena conversación era un concepto aún vigente, “un buen conversador”.
Viendo eso, me resulta muy difícil creer que la gente lea, y tampoco tengo ninguna fe en las instituciones educativas, en la educación como sistema. Aquí, oiga, o se acostumbra usted a leer desde pequeñito o apague y vayámonos. Tengo varias personas muy cercanas que no pudieron estudiar, no tuvieron esa suerte ni esa oportunidad, pero se han preocupado de adquirir una cultura y una formación, y leen, leen mucho… y les dan cien mil vueltas a muchísimos titulados.
Los periodistas tenemos como herramienta principal la lengua. Y somos, además, depositarios y transmisores privilegiados de ella. Pero, en este mundo donde la latría por lo material sí que se expande indefinida y exponencialmente, sólo puedo ser pesimista con respecto al esplendor futuro del lenguaje humano inteligente; su perspectiva futura es ser inteligible, no inteligente.

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Ex nihilo nihil fit

He decidido que no procede, a partir de ahora y en lo que me quede de vida, disculparme ni sentirme verdaderamente mal (que es diferente a darse uno cuenta de que ha metido la pata o de que ha tenido un día avieso y se ha portado con alguien o en alguna situación como no debiera; humanos somos y en el camino nos encontraremos… o algo así; no, quiero decir mal en el propio cuerpo, mal en la propia piel, indigno, incrédulo de sí mismo), tan mal como para imponerme penitencia y purga de mis pecados y pequeñas maldades. No procede, ni es tampoco menester ni hace falta alguna culparme como sólo yo a veces sé hacerlo, ni cargar con el planeta Tierra a mis espaldas y ponerme a escalar sisíficamente las metafóricas montañas que se me pongan por delante.

Visto lo que hay por ahí, no. Quiero decir, hay faltas y faltas. Y yo, inocente, creía, o quería creer que todo el mundo tiene una brújula moral interior, que todos tenemos un sentido de la responsabilidad (aunque fuera mínimo como un renacuajo perdido en la inmensidad de un bajo vientre instintual dominante en el individuo), y que todos sabemos disculparnos cuando nos hemos portado deliberadamente mal, aposta, encima riéndonos mientras cometíamos el hecho incorrecto o directamente atroz en cuestión y confundiendo euforia con dicha y culo con témporas.

Y no es así, resulta que no es así; ya he dicho que a veces peco de inocentona, que es la hermana tonta de la inocencia. Pues sí, ésa soy yo.

No sé cómo puedo andar así por la vida, a mi edad, precisamente en esta vida contemporánea, en la quela gente confunde diversión con borrachera y olvido, y luego, con dormida de melopea y más olvido, y más tarde, con destrozos o con peleas y extensión del olvido; o en el que a las chicas jovencitas aún les preguntas de qué se van a disfrazar y te responden que de ramera barata (no usan la palabra “ramera”, como todos sabemos) y lo ratifican comportándose como tales en cuanto tienen oportunidad y están ante una audiencia masculina.

Y no me escandalizo porque piense que las rameras son malas o que carecen de moral; de eso nada. (Todos, hasta los ateos o los antibíblicos o simplemente los que carecen del más ligero barniz de culturilla, saben acerca de Jesucristo y las prostitutas y la gente de mal vivir, en general, ¿no? Pues eso). Me escandalizo porque mujeres con oportunidades, con cierto nivel económico, con posibilidad de adquirir una formación y de explotar cuantos talentos tengan al máximo, consideran lo más apetecible en un momento dado creerse y soñar con ser prostitutas baratas; o sea, que creen que vender el propio cuerpo, o tratarlo como mercancía, despojado de alma, de emociones, despojado en ese momento del respeto que se merece, que eso es o puede ser deseable y que puede llegar a ser -porque sospecho que, en el fondo, es lo que quieren decir con la expresión de ese deseo- un atajo para llegar al corazón de alguien, de un hombre, en este caso; que dar su cuerpo de forma indiscriminada o como transacción comercial puede ser sexy, puede granjearles amor; o, si nos vamos a lo más prosaico, que puede reportarles (cosa que es cierta, por desgracia) una buena suma de dinero y, en algunos casos, de cierto poder o estatus social, que de todo hay, aparte de proveerlas de cierta apariencia (falsa) que las disfrace y las aleje de sí mismas.

¿Por qué, Dios mío, por qué? ¿Tan poco te quieres que necesitas saber cuánto estaría dispuesto a pagar alguien por tener tu presencia durante un tiempo limitado? ¿Tan poco te apruebas y te aceptas que precisas ver la traducción de ese amor en cifras, en cierto tipo de lenguaje, en cierto tipo de gestos y de comportamiento?

¿En tan poco te tienes, y tienes en general a las mujeres, que en el fondo no te importa actuar, ser alguien que realmente no eres durante unas horas, para granjearte la admiración (en el sentido más crudo y animalístico del término) de cuantos más individuos, mejor, porque piensas que no mereces nada más?

¿Tan poco crees valer, que lo más valioso (quizá lo único) que encuentras que hay en ti es lo que menos vale -tu apariencia, tu figura, tu atuendo mínimo, chabacano y poco favorecedor, la máscara con la que te cubres? ¿De verdad, no has hallado en ti nada más que valga la pena? ¿Nada que valga la pena el esfuerzo de explotarlo, de cultivarlo, de ofrecerlo a quien sepa verlo? ¿Nada que valga más que eso?

¿Tan poco te quieres y tan poco crees que vales?

Tampoco me escandalizo necesariamente porque seamos humanos y necesitemos de ciertas dosis de evasión. Hombre, no. La evasión es sana y necesaria y, si me apuran, diré que vida = evasión y que quien mejor se evade no es otro que el que más feliz ha sabido ser. En ese sentido, ¡la evasión es la ciencia de la vida, amigos!

Pero, según yo lo veo, la evasión debe ser como un sutil telón de fondo, no como una apisonadora que lo va machacando, destrozando y aplastando todo a su paso y no deja oír ninguna suave música, ni ningún canto de pájaro, ni ningún soplo de la brisa, ni oleaje distante… nada, sólo se oye la apisonadora aplastando todo a su paso.

Pero quizá ellos tengan razón y nosotros sólo seamos sardinas en la basura.

Quizá el hecho de que haya una cantidad significativa de gente que piensa en esos términos de fecha de caducidad inmediata de todo, luego en términos tan puramente hedonistas y, en el fondo, tan nihilistas, no quiera decir otra cosa que está llegando el fin de los tiempos y que ellos tienen razón y todos los demás (que tampoco somos pocos, oiga) nos equivocamos, porque en realidad no hay Dios ni valores ni moral, ni tampoco más cera que la que arde, etc.Yo pienso que tenemos razón nosotros y que quienes así actúan representan la nada, el nihilo, el lado hueco de la vida. Como en el caso del yin y el yang, lo claro y lo oscuro… así lo pleno y lo hueco deben ambos existir. En virtud de la ley del karma y del equilibrio universal, o algo así.Claro que de la nada, nada puede nacer; eso también es verdad. Sólo, más nada. Y eso ya me da más miedo.

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Allí

Si has tenido una infancia más o menos como la de todo el mundo, Barrio Sésamo te habrá enseñado la diferencia entre aquí y allí. Yo también la aprendí. Pero puede que no hayas comprendido la verdadera diferencia hasta mucho más tarde, o quizá, todavía no te haya llegado esa lección. Para mí, se produjo hace no tanto tiempo, y aún no la he asimilado del todo.

La realidad de la vida tiene poco que ver con Barrio Sésamo, en verdad.

Y eso que, al principio (o no al principio, no para todo el mundo y no en mi caso, pero digamos que llega un momento en el que:) todo parecía muy fácil: la vida era cuestión de vivir y de seguir viviéndola un momento tras otro. En esa fase (que para mucha gente sucede al principio de su vida, pero no para todos, ya lo he dicho), uno vive un cuento de hadas.

Yo también tuve mi momento así. El mío (mi cuento) bien podía ser Alicia en el País de las Maravillas. Cuando más lo necesitaba, apareció mi país de las maravillas, y resultó estar (y ahora viene la trabazón con el párrafo inicial) allí.*

Allí (vamos a llamarlo así, por comodidad) es un lugar magnífico, un país donde te pueden pasar cosas maravillosas. Te puedes convertir en enana, en giganta, puedes encontrarte con gatos que hablan o puede que termines hecha prisionera y que alguien ordene que te corten la cabeza. Es así. A mí nadie me advirtió de todo esto antes de que me teletransportara de aquí allí, pero seguramente lo mismo habría ido con advertencia y todo. Porque a determinadas cortas edades, uno cree quererlo todo y cree estar preparado para ello.

Mi primera exploración fue extremadamente afortunada. Y ahí empezó mi verdadera lección: allí era ¡tan diferente de aquí! ¿Por qué nadie me había hablado de eso? ¡Era lo más importante que podían haberme contado! ¿Por qué nadie me había animado antes a beber del frasquito del brebaje verde (o rosa, o del color que fuera)? Así que, cuando mi incursión acabó, yo aún no había acabado, así que tuve que volver allí. Bebí muchas veces más de aquel frasquito.

Hace algún tiempo que no he vuelto, sin embargo. ¿Alguien recuerda cualquier novela o película donde un personaje haya tratado de reproducir la experiencia primigenia de algo maravilloso y se hayan cumplido sus expectativas? Yo, tampoco. Y es que nada hay que se pueda comparar a la primera vez de nada; no se puede resucitar la sorpresa, el asombro, la maravilla. Sólo se puede estar atento a cuando venga ella a nosotros, a resucitarnos.

Pero -y he aquí la paradoja- allí es un lugar absolutamente terrible. La tierra es más dura, la naturaleza es más abrupta. El clima es más riguroso y los pulmones deben esforzarse un poco más para abarcar la misma cantidad de aire que puedes inhalar aquí. Los colores son más afilados, y los ojos se inyectan de sangre y lloran con más facilidad. Y todo es más vasto, de dimensiones enloquecedoras, inabarcables con la vista, ni con toda una vida. Allí se convertía, por momentos y en rápida sucesión, en un lugar de maravilla y en uno de pesadilla. Había más lugares, pero todos estaban en éste. La realidad allí me pesaba más, pesaba más en mi conciencia, de tal modo que hoy, cuando pasajera de mi memoria vuelvo allí, me invade inmediatamente una sensación de angustia, y, a la vez, siamesa de aquélla, una de nostalgia. Una angustiosa nostalgia, o una angustia nostálgica (sí, creo que lo segundo es más preciso).

Allí es un lugar en el que es imposible no sentirse solo; depende de la naturaleza de cada cual sentirse solo más o menos tiempo. Solo ante la imposibilidad de comprender; solo ante la incapacidad absoluta de sentir cualquier nexo con nada ni con nadie, cualquier lazo significativo; imposible amarrarse a nada, pues todo es tan resplandeciente pero tan… resbaladizo. Te aferras y ya se te está escapando; cuanto más, más. Y allí es hermoso, abierto, inmenso y libre, por eso lo quieres para ti y te quieres tú para ello, pero es también como cuando miras una figura a cierta distancia en un anochecer lluvioso, que no sabes si se mueve hacia delante o hacia atrás, o, si lo miras muy fijamente y durante cierto tiempo, que no sabes si eres tú la que se mueve hacia atrás, o quizá resbala hacia delante. Personas que te acompañan durante un par de metros, y luego toman el otro caminito, el de la izquierda, y tú sabes que debes ir por el de la derecha; lugares que, por un momento, son, no un hogar, eso nunca, pero sí un refugio cálido y agradable al que te une la gratitud… y luego, te expulsan de sí, o llega sin más el momento de seguir, y sabes que no volverás a pisar su suelo. Calles que se extienden durante kilómetros, tal vez; donde nada se mueve nunca ni hay ruido alguno de calidad humana; calles magníficas y terribles, limpísimas, invitadoras y pesadillescas.

Y la soledad, que forma parte del aire, que es parte de vivir allí; la alienación, el desarraigo, tan grandes que puedes vivir como si toda aquella tierra fuera hielo, brillante y hermosa pero fría e incapaz de albergar ninguna raíz; deslizándote con facilidad pero sin dejar ningún rastro de tu presencia, de que alguna vez hubieras estado allí. Moverte de un sitio a otro sabiendo que nada ni nadie te recordará. Imposible dejar huella excepto con tu nombre y con alguna gran obra a tu paso; obras por las que te admiren, quizá.

La soledad, digo, de quien vive alejado de todo y de todos, por costumbre, por cultura, porque allí siempre se ha hecho así y es su modus vivendi. A los nativos les gusta, o ellos así lo afirman. No tener a nadie, vivir sin tener a nadie. Una persona, dos, o tres quizá, arracimadas, en su acogedora casita alejada de todo lo demás. ¿Qué pasará cuando necesites a alguien? Quizá a tu pesar, quizá por elección propia, no lo tendrás. Así es la vida allí. Estás solo con toda tu libertad, para sufrirla, pero también para disfrutarla.

Como ven, es duro vivir allí, aunque sólo estés de paso. Es áspero nido, grandiosa suite de hotel al mismo tiempo; no hay mejor lugar en el mundo, si a eso vamos; en ningún lugar verás el horizonte ni ponerse el sol como lo podrías ver allí. Pero, ¡ay!, estás siempre solo.

Paisajes y días de lluvia, o de solitario y triste sol, que nunca podrás olvidar, que vives con melancolía y recuerdas con equívoca (pero angustiosa, recordémoslo) nostalgia.Es la contradicción (la lección) que todavía no puedo desentrañar. Un país de maravillas que amo y que temo. Quizá siga siendo todo una fantasía de mi mente; quizá sueño o quizá pesadilla, seguramente ambos.

*(He contemplado la posibilidad de intercalar fotos, aunque, como ven, finalmente la he desechado. No soy una persona visual, y además, si no he logrado que vieran lo que yo quería que vieran, no quiero la ayuda fácil de una imagen. Ustedes comprenden.)

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Pastillitas

Tengo que escribir esto, y el acicate final para hacerlo es haber leído recientemente un titular tal que así: “¿Cómo hago para dejar de sentirme culpable por haberme puesto la epidural?” Durante el parto, se entiende. Leía y no daba crédito. No hice clic, porque una vez leí que, al hacer clic en un contenido (cualquiera) para seguir leyéndolo o mirándolo, lo que uno está haciendo es elevar su nivel de popularidad en términos internáuticamente computables. Y como en Internet de lo que se trata es sólo y a la postre de quién es el más popular, me negué.

Además de que no estaba yo (y cada vez lo estoy menos) para leer tonterías a esas horas. A cualquier hora del resto de mi vida (y cada vez más).

Pero es un asedio que no cesa.

Y, como todos llevamos a rastras un historial con una cantidad equis de tonterías oídas y sufridas, y son casi todas, además, bastante pegajosas en la memoria, ese titular me recordó cierto otro titular, o artículo, o publicación, sobre cómo deben hacer las madres que han dado a luz por cesárea para superar su sentimiento de inferioridad con respecto a las demás madres biológicas (de las madres por adopción no se decía nada) porque éstas sí, éstas habían parido “como es debido”.

Parece ser que Dios le dijo a Eva: “Parirás tus hijos con dolor” antes de expulsarles a ella y a Adán del Paraíso. Los estudios recientes indican que la traducción correcta de la Biblia es “con molestias…”, y esto es muy distinto.

Gro Nylander – “Nueve meses de espera

Esto es real y existe. Pero, claro, no sé de qué me sorprendo, si una de las aportaciones de Internet es darnos un baño de realismo cada día, enfrentándonos a nuestra inabarcable estupidez y necedad como especie.

Somos, como civilización, un producto muy acabado en algunos aspectos, pero que deja mucho que desear en otros. Encuentro que una de las áreas defectuosas (y mucho) viene sintomatizada por esa contradicción que sufrimos entre nuestra idolatría por los avances científicos y tecnológicos, por un lado, y nuestra aversión profunda y supersticiosa a ellos, por el otro.Hablamos como si el progreso técnico-científico fuera el súmmum, la liberación última de las cadenas de la superchería, el oscurantismo, el fanatismo y el miedo a lo desconocido; pero actuamos como si fuera una maldición, como si fuera una vergüenza y un oprobio necesitar esos avances, encontrarlos útiles y deseables, no digamos ya depender de ellos.

Por seguir con el ejemplo de la maternidad biológica, podríamos decir que, si bien todas las técnicas para el bien de la madre y del niño, las cuales ha costado tiempo, Dios y ayuda desarrollar han redundado en una cada vez menor tasa de mortalidad de madres y neonatos y una mayor calidad de vida de ellos y de sus familias, al mismo tiempo nos avergüenza recurrir a ellas. Ahora queremos volver al parirás con dolor, aunque ello implique jugarse el tipo.

Pero ése es sólo un ejemplo de esa contradicción insana e insalubre; y, en no pocos casos, fomentada además por los propios médicos, muchos de los cuales parecen pensar que las medicinas que ellos o sus colegas han recetado son un mal menor que debe eliminarse de la vida del paciente cuanto antes. Y es cierto que, a veces, los remedios terapéuticos son para un tiempo, pero no siempre es así.

Algunas veces, la gente sencillamente necesita ayuda. Es tan simple como eso. No poder encontrar la solución o el remedio que necesitamos por nosotros mismos no es ninguna debilidad; antes bien, la debilidad está en no pedir ayuda cuando vemos que, solos, no podemos.

Por otro lado, paralelamente a esa actitud de constante inculpación a nosotros mismos y a otros, y al subsiguiente sentimiento de culpa y de no estar a la altura que sentimos cuando somos nosotros los pacientes, existe la opuesta: el convencimiento inconsciente y muy propio de este momento histórico (y quizá de otros, qué sé yo) de que todo se puede solucionar desde fuera hacia dentro, y de que si nos sentimos mal, basta con tomarnos una pastillita; y de que es menester acudir al médico a poco que nuestro cuerpo -que es un ser vivo al margen de nuestra mente y nuestra consciencia, no lo olvidemos, tan sujeto como otro ente cualquiera a variaciones nimias de todo tipo en ininterrumpida sucesión- se deje sentir de alguna diminuta e insignificante manera; de que sólo se es buen padre o buena madre si se medica al pequeño hijo desde su más tierna infancia y por cualquier motivo, incluso sin él, como medida de prevención.

Pues ni una cosa, ni la otra. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto hallar el dorado término medio?

Será por algo que la soberbia es el primero de los pecados capitales (¿quizá, en el fondo, sea el único?).

Pienso en la cantidad de gente que convive (y, en gran medida, vive feliz) con una patología, una peculiaridad de su maquinaria. La cantidad de gente que necesita esa ayuda médica, médico-estética, ortopédica, psicológica, etc. para levantarse todos los días y llegar al término de ese día con mayor o menor éxito, pero siempre mayor que si careciera de tales muletas.

Posad la mirada en una persona cualquiera, al azar, conocida para vosotros o no, y lo más probable es que estéis mirando a una persona que tenga al menos una carencia en su salud que precise de un remedio externo. Y pienso que tener sólo una carencia es muy infrecuente. Y además, pienso que ojalá cada persona que detecte esa carencia recurra a todos los medios necesarios para conseguir el remedio. A veces, será una pastilla; otras veces, serán cinco; otras, que le escuchen (aunque el valor terapéutico de la conversación sola está sobrevalorado en esta época de libros de autoayuda mediocres); otras, disponer de un aparato o de varios que ayuden a desempeñar determinadas funciones; otras, algo tan sencillo como una anestesia para sobrellevar un proceso doloroso… La lista es interminable.

Pero muchas veces nos supera la vergüenza, un sentido de vergüenza y del ridículo que no tienen lugar. Por eso, no perdonamos fácilmente a quienes necesitan depender de algo, a veces de por vida. Y mucho menos nos perdonamos cuando esos “dependientes” somos nosotros mismos.

Nos podemos perdonar muchas cosas, pero nunca nuestra propia imperfección.

Nuestra hermosa, divina imperfección.

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Versos paralelos

Quienes rutinariamente hablan de los renglones torcidos de Dios siempre olvidan hablar de Sus renglones paralelos; o, más probablemente, ni siquiera son conscientes de su existencia. Cuando a mí me los descubrieron, me abrieron un mundo y cambiaron mi percepción de mi propia vida, si bien hoy prefiero llamarlos los versos libres de Dios.

Y si Dios escribe derecho con renglones torcidos, tan verdad es que hace poesía con esos versos libres. No sé si a los propios versos les gusta descubrirse de esa manera, sueltos, sin correlación, rima ni unión con sus compañeros; pienso que no y que necesitan mucho tiempo para aceptarse a sí mismos como libres, y aun para descubrir lo que son; pero Él es así.

Yo me acostumbré, ya digo, a verlo menos poéticamente como una historia de líneas paralelas. Una línea, bien gruesa y claramente dominante en el papel, representa a casi todo el mundo, y la raquítica y solitaria línea paralela representa a quien o quienes se queda(n) fuera de ese grupo. Va tomando cuerpo la metáfora, ¿verdad?

También se puede representar así (es que la soledad y la exclusión son campo fértil para la imaginería): “todo el mundo” es eso mismo, un planeta, y “el que no es del grupo” es el satélite (palabra que no por casualidad, y de forma además harto despectiva, ha adoptado el habla coloquial para designar cierto tipo de relación social no deseada): siempre girando alrededor del planeta o sol dominante, como queriendo cruzar su órbita con la de aquél, pero condenado a no conseguirlo jamás.

El satélite (voy a reivindicar y a resemantizar esa palabra, ¡pardiez!) gira alrededor del planeta, y en ocasiones lo ve tan cerca, que cree, iluso de él, que lo va a poder rozar, que finalmente se va a poder integrar en él y dejar de orbitar a solas en ese espacio tan oscuro y que, estando solo, resulta mortalmente frío.

Four moons over Saturn, de ridingwithrobots

Copyright de Ridingwithrobots en Flickr

Pero todos sabemos lo suficiente de astronomía, o, en su defecto, todos sabemos que nunca hasta ahora la Luna ha entrado en contacto directo con la Tierra.

Y, siguiendo con esta metáfora, siempre es el “verso libre”, el “suelto”, el “satélite”, el que mira a su referente, el poema aparentemente completo, cabal, poblado y autosuficiente; al planeta redondo, orondo y autosuficiente. Es la Luna la que nos parece tan sola y apartada, y la que creemos ver mirando fijamente y con anhelo a la Tierra. Nunca al revés.

Pues todos sabemos también que así en la Tierra como en el cielo, y que la vida de los hombres imita la Naturaleza…

Pero quiero subrayar una cosa: ser un verso suelto (o libre, aunque ese último estatus llega más tarde, muuuucho más tarde, una eternidad más tarde, según nos dice la percepción subjetiva de las cosas, y del tiempo que nos escatima acontecimientos propicios y el consabido viento en popa) no significa sólo estar solo, sino vivir una realidad paralela (y aquí si que me parece de molde e inmejorable el sistema explicativo de las líneas paralelas).

En el caso de una “línea paralela” humana, o sea, de una persona a la que se le ha vedado la entrada y la integración en el grupo social, amical, temporal y de referencia al que estaba destinado por naturaleza y al cual habría pertenecido en circunstancias o con congéneres normales, esa línea se ve obligada a vivir las etapas de la vida, y los sucesos correspondientes a ellas, a su manera y sin los referentes de las personas de su edad que la rodean y que deberían haber sido un sostén y un círculo de seguridad y de identificación para ella. La línea suelta, aún no verso, aún nada lírica ni armónica y, desde luego, nada libre, sino quizá tan sólo, y esto traído por los pelos, bastante original, se ve obligada a trazar ella misma su contexto, y a multiplicarse y ser ella misma su oración, su párrafo, sus signos de puntuación y acentuación, sus vírgulas y sus diéresis, sus sinónimos y sus antónimos, sus hallazgos y, a menudo, sus propios borrones y tachones, y a hacer ella misma sus rectificaciones, sin tener otras líneas en las que inspirarse, mirarse o con las que hacerse fuerte. No tiene nada de eso.

Unos se buscan otros grupos de referencia; muchos no pueden hacerlo, o corren la misma mala suerte de antes, porque ya se sabe que los entornos reducidos pueden generar corrientes de opinión altamente contagiosas (infecciosas, si se me permite), y ahí el solitario forzoso, o el ostracizado, sí que está perdido.

O se hace fuerte en su solitaria soledad, o está rematado.

Si consigue hacerse fuerte, construyendo su castillo a base de sacar todo lo que lleva dentro y de multiplicar los talentos que Dios tuvo a bien darle, y si consigue ingeniárselas para resistir mientras fuera se suceden inviernos y primaveras, y para aprender a hacer crecer su jardín en el patio interior (que nunca será tan grande como las praderas de fuera, ni el sol le dará tan plenamente ni sin recovecos ni aristas ni zonas que siempre quedarán a la sombra) cada año un poco más y mejor, ya tiene hecho lo más difícil.

Cuando mire atrás, se dará cuenta de lo paralela y alternativa que fue su historia: su adolescencia habrá sido adolescencia, pero nunca igual que la de los demás; habrá vivido todas las experiencias propias de cada edad, pero nunca habrán sido experiencias típicas, ni siquiera parecidas o comparables a las de los demás; siempre encontrará que ha habido en ellas una nota de excentricidad, de originalidad, incluso algo sorprendente o asombroso.

Habrá tenido amistades, incluso amigos, incluso algún amigo cercano al que habrá confiado secretos y habrá hecho cómplice de su paralelismo, no por no deseado menos importante en su vida; y todos esos amigos habrán sido forjados con gran esfuerzo, buscados y deseados, incluso anhelados, con el mismo empeño y casi con la obsesión con la que se anhelan las cosas que se tienen por inalcanzables. Eso no significa que tales logros hayan sido mejores que los de los demás, pero sí seguramente más sentidos, más intensos, más memorables, porque han costado más que los de los demás.

Por eso, al cabo de mucho, mucho tiempo, cuando todas las líneas hayan llegado a converger en un punto, o quizá cuando todas se hayan transformado en algo más y cada trazo haya encontrado su razón de ser (o no), cuando se haya revelado la naturaleza “libre” de aquel pequeño y extraño verso que, por alguna razón que ni él mismo sabe, quedó aparte y alejado de los demás, podrán comunicarse entre ellas, y cada una contará una historia que será quizá parecida a la de la otra, pero jamás se podrán superponer, ni podrán conformar un mismo cuadro. Ahora no; ya no. Quizá antes. Pero ya no; nunca.

Y al cabo de todo ese tiempo, seguramente el verso libre ya haya reivindicado su condición y tal vez haya superado los límites de la página en la que habitó durante tanto tiempo, o los del castillo en cuyos pasillos y salones solitarios tuvo que hacerse fuerte y aprender a ser feliz a su manera. Entonces habrá visto que hay un espacio infinito a su alrededor, y que estar solo es la forma primera y primordial para aprender a ser libre.

Sola y bien, gracias

Seguramente, su historia, su condición, no hayan sido perfectas, y sí preñadas de dolor; y resultará inútil e inverosímil fingir que, si hubiera podido elegir, habría elegido lo que no tuvo más remedio que aceptar, porque es lo que fue. No; seguramente habría elegido ser como los demás, ser un verso de rima consonante y métrica regular, quieto y armonioso en su fila, simétrico y casi idéntico a sus compañeros. Pero ahora ya no concibe la vida como otra cosa distinta a lo que es.

lamb

No temas, pues yo te he redimido; te he llamado por tu nombre; eres mío.

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“Y conoceréis la verdad…”

If only night was day, if only prayers were answered.
Then we would hear God say.
No matter what they tell you, no matter what they do.
No matter what they teach you, what you believe is true.
And I will keep you safe and strong, and sheltered from the
storm.
–Jim Steinman

Si la noche fuera día, si las oraciones tuvieran respuesta,
oiríamos a Dios decir:
Da igual lo que te digan, da igual lo que hagan,
Da igual lo que te enseñen, aquello en lo que tú crees es verdad.
Y yo te mantendré fuerte y a salvo de la tormenta.

En verdad os digo que una de las citas bíblicas incorrectas que más me solivianta oír es ésa que atribuye a Jesucristo la afirmación siguiente: “La verdad os hará libres”.

Poner en Su boca esa frase, con ese final y, sobre todo, con ese principio, es tan veraz como decir que “Pilatos fue crucificado, muerto y sepultado, y al tercer día, resucitó”. En ambos casos, se parafrasea sólo parte de la verdad, pero el resultado es peor que si se hubiera mentido.

Lo cierto es que, según nos dicen las sagradas escrituras, lo que Jesucristo dijo fue más bien esto:

—Si vosotros permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.

-Juan 8:31-32

Claro, pero cogemos lo que nos interesa de cada casa, y lo que nos dificulta o matiza un tantito el mensaje lo dejamos fuera, ¿no?

Y, sin embargo, debería ser claro al primer vistazo que la versión más popular está truncada, porque, de no ser así, seríamos libres siempre, incluso a pesar nuestro y de forma independiente a nuestros actos. Nuestra vida de esclavitud espiritual, moral, social y de cualquier otra especie es el testimonio y recordatorio constante de lo contrario.

Es cierto que, si debemos hacer caso de la Biblia, Jesucristo fue glorioso profeta (además de muchas otras cosas), pero no un gran exégeta, sin duda porque prefería predicar con el ejemplo que con el verbo (a pesar de ser ése su origen). Al margen de chistes malos, lo bueno de esa oscuridad en la que nos quedamos quienes tenemos en la Biblia un faro de nuestra fe es que nos da libertad para imaginar, para ver y verter nuestros propios significados en el Evangelio -una vez más, libertad… ¿no será ése el mayor regalo que Dios nos hizo, más aún que la vida biológica? Porque, ¿qué es la existencia si no hay libertad? Nada que merezca la pena. Sin duda, Dios tuvo muy presente, al enviarnos Su mensaje, que nadie escarmienta en cabeza ajena y que cada hombre iba a necesitar, más que verse retratado, sentirse reflejado y contenido en esas palabras.

La lengua española diferencia entre saber y conocer, y muy acertadamente se nos dice que conoceremos la verdad, no que la sabremos… porque saber una cosa es tenerla en la mente, pero conocerla es hacerla formar parte de ti… así que, según parece, para liberarnos debemos ser uno con la verdad, ser verdaderos, vivir una vida auténtica.

No sé si los doctores de las diversas Iglesias sabrán realmente a qué se refería Jesús cuando habló así, pero alguien me dijo que alguien más le había dicho, o que había leído en alguna parte, que cuando San Juan (el del Apocalipsis) era muy viejo y estaba a punto de morirse, en Grecia, y estaba tan débil y tan decrépito que sus discípulos tenían que llevarlo y traerlo en brazos entre varios de acá para allá; y él, que tenía las capacidades físicas y sensoriales mermadas, parece que les decía constantemente: “Amaos, amaos, amaos…”

O, dicho de otra manera: Conoced la verdad por vosotros mismos.

Amaos los unos a los otros, pero empezad por amaros a vosotros mismos.

No tengo ni idea de cuál es el verdadero mensaje que se nos quiso dejar; pero, para mí, ése es el mensaje. Es el que yo veo.

Conocer la verdad es conocer el amor, y conocer el amor es experimentarlo, y experimentar el amor verdadero tiene como condición indispensable amarse a uno mismo.

Amarse como Él nos ama, es decir, de forma incondicional y por encima de todas las cosas.

Mucha gente malinterpreta este principio (este mandamiento, en realidad). Creen que tiene que ver con la egolatría y la soberbia. En verdad, es su opuesto más opuesto. Yo no conozco a ninguna persona arrogante ni prepotente en la que vea signos de amarse y aceptarse a sí mismo de forma incondicional, sin exigencias, sin reproches, sin odiarse a sí mismo ni intentar forzarse a ser distinto de como es. En mi experiencia, es arrogante quien necesita de la admiración ajena para compensar el poco amor que se tiene a sí mismo.

Nada más duro que aprender a amarse a uno mismo; pero nada más necesario. Es mi lección más difícil y la más importante. Y los frutos se hacen de rogar, pero son los más hermosos; compensan de la dureza de la espera.

En el amor a uno mismo se contienen todas las promesas, todos los parabienes. Y la liberación, el mayor regalo: de la esclavitud de la imagen pública, de las exigencias sin límites, de las comparaciones desventajosas, de la mezquindad con uno mismo, de la envidia, de la inseguridad. También del sentido del ridículo, de la seriedad acartonada y envejecedora, de la rutina y del aburrimiento. De las expectativas con las que lastramos a nuestra propia persona y a otras. De perdernos en ensoñaciones de un futuro que no es futuro, sino inexistencia, irrealidad, fantasía engañadora.

Y muchas más cosas que no se pueden nombrar ni describir cabalmente en ningún idioma.

Todo eso está contenido en el primer mandamiento:

—Maestro, ¿cuál es el mandamiento más importante de todos?

Jesús le respondió: —El primer mandamiento, y el más importante, es el que dice así: “Ama a tu Dios con todo lo que piensas y con todo lo que eres.” Y el segundo mandamiento en importancia es parecido a ese, y dice así: “Cada uno debe amar a su prójimo como se ama a sí mismo.” Toda la enseñanza de la Biblia se basa en estos dos mandamientos.

-Mateo 22, 36-40

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Una vez, me enojé mucho con unos chicos que publicaron en su muro de Facebook no sé qué cita de cierto personaje, muerto en la juventud, que se asocia siempre con valores revolucionarios, haciendo ver que ellos eran, aparentemente, seguidores y adeptos de ese personaje y de la ideología que comúnmente se le atribuye. Me enojé, no sólo por la antipatía que me inspira ese personaje sino, sobre todo, por la comodidad con la que estos chicos en particular, y muchos otros parecidos a ellos en general, sustituían con un símbolo lo que debería ser la actitud y la obra de toda una vida.

Entiendo que, cuando usamos símbolos y mostramos nuestra identificación con ellos, hay en nuestra acción algo más que una moda. Pero quizá no es así.

Hoy día, como todos tenemos tan poco tiempo para dedicárselo a los demás, para expresarnos cabalmente y para manifestarnos tal como somos y, además, estamos todos medio atontados con el dominio de la imagen, de la sensación y del millón y pico de amigos que podemos tener, parece que esa doble asociación se ha quedado a la mitad. Nos quedamos en el símbolo. En pulsar la tecla, en hacer clic con el ratón. Nunca la expresión “no mover ni un dedo” estuvo más vacía de significado. Hoy en día, mover un dedo y creer haber hecho algo sustancial es un hecho cotidiano.

Casi todo lo que vemos no significa nada, realmente. Significa algo sólo en cuanto signo. Significa sólo lo que una vez significó. Me pregunto si todo aquel que esgrime esa imagen, efigie, bandera, himno, color, tótem, retrato o lema es consciente de que está afirmando algo y, si es así, de todo lo que esa afirmación implica: implica la afirmación de ser coherente. Decir algo y actuar en consecuencia.

Pero hoy, sucede que esos símbolos han perdido gran parte de su carga semiológica. Nos ha pasado como con los antibióticos que se toman en exceso, o como las palabras malsonantes que constituyen las dos terceras partes del discurso de alguien: ya no nos hacen efecto.

Todos queremos ser algo más de lo que somos. Y parece que queramos sustituirnos por lo que llevamos puesto o lo que enarbolamos ante nosotros.

También, aquí, me pregunto por cuáles son los símbolos verdaderamente revolucionarios, hoy. No son los de antes. Y si los de antes no han perdurado, eso quiere decir que nunca significaron nada.

No significan nada que merezca la pena aquellas cosas que fácilmente se olvidan o son sustituidas por otras, o acaban -peor aún- convertidas en objetos de moda.

Pero que tantas cosas sean efímeras y las olvidemos fácilmente es bueno, porque eso nos da la medida justa de su valor. ¿Acaso olvidamos alguna vez lo verdadero, lo que realmente nos importa, lo que nos cambia la vida o lo que nos mantiene aferrados a ella? ¿Acaso perderíamos de vista de un día para otro aquello que nos da sustento, que nos mantiene en pie? ¿Desterramos con ligereza lo que de verdad significa algo para nosotros?

A día de hoy, lo revolucionario, lo único que merece la pena, es lo que siempre significa algo, lo perdurable. Los valores morales más altos son la auténtica revolución, porque el mundo de hoy (y seguramente el de siempre) pretende vivir de espaldas a ellos.

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