Boanerges

Y a Jacobo, hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo; y les apellidó Boanerges, que es Hijos del trueno.

Marcos 3:17

En verdad que hay muchas cosas que se me cruzan y me encienden la mecha. Todavía (¡y lo que me queda!) soy en exceso permeable a lo que el mundo nos va arrojando a cada paso.

Podría decir que no lo puedo evitar.

En gran medida, estaría diciendo la verdad: No lo puedo evitar.

Y es más: creo que, ante determinadas situaciones e injusticias que se han hecho estructurales (o que ya lo son, debido nada más a que existe el ser humano), uno no lo debe evitar. Uno tiene que enfadarse. Uno tiene que responder con rabia. Es el único reducto del ser humano civilizado, y es, además, la única actitud que yo entiendo en consonancia con la ética: es necesario enfadarse. Lo difícil es discernir ante qué es legítimo y necesario enfadarse y ante qué no. Para hacer la distinción, seguramente hace falta sólo algo de práctica y experiencia de la vida.

Dios no nos creó para que fuéramos sus marionetas. Y Dios nos bendijo con la imperfección. Si nos hubiera querido perfectos, ¿acaso no nos habría creado perfectos? Si somos falibles y no somos, cada uno, un compendio de todas las virtudes, es porque tal fue el designio divino. Somos así porque debemos ser así. Podemos superarnos y mejorar hasta cierto punto.

Dios nos creó iracundos. La iracundia puede ser como la espada de un samurái, un arma noble. O puede ser una guillotina de la cual nosotros somos las primeras víctimas. Si se usa bien, yo creo que sirve para señalarnos aquello que está mal y para querer corregirlo. Puede ser el paso previo a la acción, aunque esa acción no alcance la extensión de esa injusticia que nos ha sublevado; pero siempre nos moverá en la dirección correcta. Si uno no se indigna ante las injusticias, ¿qué otra postura le cabe adoptar? ¿Qué otra postura moral lo azuzará lo suficiente para querer hacer algo al respecto, o para apoyar cualquier movimiento, palabra, o acción que vea proveniente de otros, encaminado a remediar esa injusticia?

Al fin y al cabo, aun en las situaciones -que son muchas- en las que nada podemos hacer, en las que estamos condenados a acabar aceptando que no podemos cambiar nada, al menos podremos ofrecernos el consuelo de la llama de nuestra rebeldía interior, que nos permitirá ser y sentirnos libres, como siempre lo somos en nuestra última soledad.

Se nos ha hecho creer que es propio de virtuosos decir a todo que sí, asistir a todo con aparente complacencia o aceptación callada. No decir, no hablar, no dar un paso al frente, no hacernos sentir. Pero, si no fuimos creados para ser marionetas en un espectáculo cósmico de guiñol, tampoco lo fuimos para ser meapilas ni santurrones, para pasar por la vida comulgando con ruedas de molino.

Aun en los casos en que no tengamos nada que ofrecer, ¿debemos dejarnos llevar al matadero con la cabeza gacha?

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