No temas, ¡oh, frágil carne del hombre!, a lo que pasa y no permanece.

Atravesarán tu dulce resistencia miles de días, minutos inexpugnables,

experiencias sin límite, cascadas de emociones,

todas pugnando por la deliciosa presa de tu alma.

Te harán preguntarte, te harán despeñarte por las simas de deseos incontenibles,

que despertarán en ti la impaciencia, la ensoñación, la fantasía; quizá, algunas veces, el suspiro que exhala el deseo colmado, que impregna tu memoria de su aroma, dulce el primer segundo, amarga para toda la eternidad;

y, finalmente, la frustración y la reanudación de la búsqueda.

Pero no temas, ¡ay, delicado ser humano! a las asechanzas que te aguardan,

pues, al igual que las que pasaron, no son sino espejismos,

con un dolor que se desvanece al contacto con tu mirada,

el arma perfecta, si está cargada con la pólvora de la atención.

No importa que el tiempo corroa lo que te viste y te rodea,

pues, al hacerlo, también corroe tu lastre,

dejándote, al final, desnudo y solo, libre,

como un torrente que fluye y corre, imparable,

¿y adónde ha de ir, sino gozoso a reunirse con su destino?

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