A vosotros que estáis leyendo esto (y a todos los que no) quiero desearos una feliz Navidad y contaros lo que me ha pasado hoy.

Pues había una persona de cierta proyección pública a la que, hasta hoy, seguía en su perfil público de Facebook y de Twitter. Como tantos otros hacemos, esta persona ha querido hoy lanzar un mensaje a sus seguidores y hacer propaganda, de paso, y se ha declarado agnóstico y, además, ha parafraseado a un personaje (para mí, desconocido; pero eso poco quiere decir) que venía a decir que las personas religiosas están presas de un delirio colectivo.

Viendo esto -y siendo verdad, por otra parte, que yo no soy religiosa, sino una simple creyente libre; pero aun así, no se me escapaba el trasfondo del asunto y que, en realidad, el personaje citado no se refería propiamente a las personas religiosas sino al conjunto, muy variado y heterogéneo, de creyentes-, tenía varias opciones que se resumían en estas dos básicas: dejarle un comentario en el que, con amabilidad pero con claridad y sabiendo que, probablemente, poco alteraría no ya las creencias de esta persona, sino su actitud, le hacía saber mi molestia; y, dos, hacer caso omiso del conjunto de persona, personaje citado, cita, entrada y perfil, y limitarme a darme de baja de sus perfiles públicos. Opción por la que me he decantado.

Y es que, si algo no te gusta, lo mejor es hacer caso omiso de ello; es lo que he aprendido. También a mí se me dispensa el mismo trato en las redes sociales que frecuento y en la vida, grosso modo.

Pero, por otro lado, comprendo a esta persona que hacía uso de su libertad de expresión y de propaganda, porque también yo lo hago, y lo hacemos todos, estemos en las redes sociales o no, seamos quien seamos y tengamos la proyección social que tengamos.

No es cierto que, cuando exponemos nuestras creencias, no estemos intentando o queriendo íntimamente convencer al otro. ¡Pues claro que es eso lo que queremos, en lo más profundo! Y lo intentamos, aunque sepamos que es una batalla perdida.

Y claro que yo también hago proselitismo, si puedo. Me encanta conocer a gente que comparte mis mismas creencias (aproximadas, porque jamás son idénticas las creencias de dos personas; siempre hay algún matiz) y me encantaría que alguien mudara de fe y empezara a creer en lo transcendente. Significaría que hay una persona más con la que puedo hablar sabiendo que va a haber un nivel más en el cual, más o menos, nos vamos a entender bien y fluidamente, y que no me expongo a irrisión ni a incomprensión o a indiferencia cuando me muevo en ese nivel de cara a esa persona.

Y también porque siempre atrae más el espíritu humano la armonía que la discordia.

Por todo eso, ojalá estas Navidades haya más gente que celebre la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. O, simplemente, que haya descubierto la llamada de algo, de su voz interior, que la invita a sentarse en silencio y meditar; de disfrutar de lo superficial y disfrutable, pero a saber que eso no está hecho para durar ni para proporcionar dicha.

Ojalá haya más personas esta Navidad que hayan decidido emprender el camino hacia el interior, la búsqueda de lo inefable… o, dicho llanamente, de eso que sólo cada uno puede sentir que está ahí, eternamente duradero, inalterable e inmaleable.

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