Mirar una calle miserable de casas mal construidas y de aceras sin barrer es igual que estar sentado en un coche cerrado, una noche cualquiera, mirando hacia fuera sin ver, mirando el pretil de un río que baja contaminado, mirando un césped segado sin miramiento, mirando el reflejo de la gente que se afana con bolsas de la compra. Esa noche cualquiera que te recuerda cientos de otras noches pasadas en otro lugar, muy diferente a éste pero, en estos momentos, tan igual que podrías pensar que estás allí. Quizá allí o quizá en otro lugar de los muchos lugares por los que has paseado tus recuerdos, tu equívoca nostalgia, tu añoranza de un tiempo pasado que fue peor pero que recuerdas con el cariño incomprensible, un poco aberrante, de alguien que evoca su primera juerga, su primera borrachera, su primera resaca, su primer desengaño.

Mirar cualquiera de esas cosas (o recordarlas, o proyectarlas, tanto da) es lo mismo porque todas las cosas tristes se parecen tanto que son la misma cosa. No hay multiplicidad de cosas tristes sino, sólo,la tristeza, que nos acecha tan implacablemente que a algunos se les ha llegado a confundir con su piel, con sus recuerdos y sus fantasías.  La tristeza que nos acecha, se cuela por las grietas que tiene este viejo mundo, y ni aun los muy alertas pueden esquivarlas todas, y aunque vigiles cada uno de tus pasos, tarde o temprano acabas atrapado en una de esas grietas. Pueden ser grietas o pueden ser simas, pero tienes suerte, porque las simas son las menos. Cuando eso pase y te quedes atrapado, tu única opción será saltar afuera lo más deprisa que puedas y seguir caminando sin perder de vista tu paso, muy de seguido, muy apretado, sabiendo que en algún momento volverás a caer, y recordando que, al final, nada de eso tiene importancia mientras vuelvas a saltar afuera lo más deprisa que puedas.

 

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