Fin del día

El fin del mundo nos sobreviene todos los días. No creáis nunca a quien os urge a prepararos para él. Uno nunca está preparado. ¿O acaso hay día alguno, cualquiera que podáis recordar, en el que os hayáis acostado (o hayáis enlazado con el día siguiente, de todo hay) felicitándoos a vosotros mismos por haber hecho todo lo que queríais hacer ese día, haber liquidado todas las cosas pendientes, y encima haberlo hecho todo bien y según vuestro nivel de exigencia? Yo, no. Y creo que quien afirme que él sí o intenta engañar, o se intenta engañar a sí mismo.

El mundo, dicen, terminará mañana. Y aunque la gente parece habérselo tomado a broma y hay hasta cierto espíritu competitivo por ver quién suelta el chiste más ingenioso, la broma más pretendidamente indiferente y pasotilla, como si morirnos nos diera igual o como si nos diera igual morirnos así, sin haber hecho nada de especial, sin haber llegado a agotar nuestra vida biológica y nuestra salud, sin haber tenido un hijo ni haber plantado un árbol (de publicar un libro no hablo porque eso hace tiempo que no entra en las aspiraciones de nadie) ni haber sido un famosillo de la tele. ¡Ay! ¿Veis cómo yo también caigo en esa pseudoindiferencia esnob? No es porque me dé miedo que el mundo se acabe mañana, ni porque crea que va a ser así, sino por lo que esta evocación mundial del Apocalipsis significa en nuestra mente colectiva.

Pero es angustiarse por nada. Vemos el mundo acabarse todos los días y ni nos inmutamos. Y es bueno que así sea. Todos los días nacemos y morimos. Al día siguiente, se sucede el milagro de que volvemos a nacer. Y no hay dos días iguales. No, perdón; todos los días son iguales, pero la persona que se levanta hoy no es la que se acostó ayer. ¿Recordáis? La que se acostó ayer ha muerto; ésta acaba de nacer.

Por eso, a pesar de que nos parece que pasamos por la misma situación una y otra vez -aunque sólo nos quejamos de ello cuando la situación nos parece adversa (quejándonos de nosotros mismos, claro; el famoso aforismo de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra no se queja de la piedra)-, en realidad sólo es posible pasar una vez por cada situación. A veces, es imposible que así nos lo parezca (a mí hoy, sin ir más lejos), pero debemos recordar que de cada situación salimos, si no renovados, sí nuevos; si no renacidos, sí redivivos, recuperados. Nuestro corazón no olvida nada, nunca. Por eso, al enfrentarnos con nuestras debilidades o con la maldad ajena (que, en el fondo, no es sino otra prueba para nuestras debilidades), siempre estaremos un poco mejor preparados que la vez anterior.

En fin, buenas noches, y no os preocupéis demasiado por que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas; de seguro, no sucederá mañana.

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