Final

La familia de la Luz ya ha llegado a la cima.
Es un día incierto, pero va a salir el sol.
El aire está en calma, todo es silencio
y ni en la lejanía ni aquí mismo hay ya nada que temer.
Todos se fueron a dormir hace tiempo, nadie los espía, nadie los espera.
Al principio fue la palabra, y al final, se revela como lo que fue:
una queda vibración que los asegura al aquí y al ahora,
para que no tengan nada que temer.
La fuerza desciende desde los cielos, los abraza
en una campana protectora de energía límpida.
Mientras miran, ahora conocedores de todo, hacia el horizonte, a la tierra bajo sus pies,
y contemplan el paraíso que ahora es su casa, sólo suya
pero que ellos no desean poseer,
lentamente ascienden de ellos sus nombres antiguos, meras molestias extrañas en sus labios y bocas,
y se evaporan luego en el aire como vapor que va a convertirse otra vez en nube, y luego en lluvia.
Lloverán las palabras, ahora vacías, liberadas de su pesada y larga misión en la tierra;
su creador les ha concedido el descanso, ha deshecho el encantamiento.
La pequeña familia ha seguido la luz hasta aquí, sin apartar la mirada;
son los únicos que han vencido su miedo.
Se miran, reconociéndose por fin plenamente,
como niños, como niñas,
descartado ya a sus pies, inútil, el último de sus miedos:
a su apertura, a su desnudez.
Se contemplan, mudos, absortos,
viendo toda la vida condensada en los ojos del otro, que son los suyos,
viéndolo todo, ya sí, por primera vez,
viendo por primera vez ya todo lo que siempre tuvieron delante
durante su sueño casi eterno.
Se agota el último segundo del tiempo de los hombres, un tiempo ya cansado, exhausto;
arroja su lamento moribundo, o un suspiro de alivio.
La tierra se agita como ramas de abetos jóvenes
acariciadas y besadas por lluvia, aire y sol nuevos.
La tierra se desnuda también, exenta,
recuperada y reverdecida por la mano de su amo.
Todo se oscurece en la noche más clara, la última noche de ese tiempo caducado,
salen las estrellas para decir ya su adiós, recuperando su resplandor emisario de eones, para que vean los justos
lo que cientos de generaciones sólo imaginaron, y aun entonces, sólo a medias,
cegados por números y fórmulas,
pueriles armazones de alambre de espino y arcilla.
Emerge el árbol de la vida por fin de la hermana tierra, el hogar provisional.
La familia de la Luz, abrazada, navega por los cielos de los cielos, traspasando
la última ilusoria frontera
y vuelven otra vez, finalmente, a casa.

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