Frontera

Y al fin, voló.
En un segundo, era intensamente cuerpo, un yo intenso, agresivo en su reconcentrada fiereza.
Al segundo posterior, volaba libre, y ya no existía nombre alguno, no había gotas de luz que chocaban contra su piel
ni había oleadas de pensamientos hirientes, semejantes a clavos,
agujeros en la superficie de la vida, cascadas del espíritu.
No tiraban de ella miles de deseos puntiagudos con colas punzantes,
extremos de extremidades renegridas, candentes… urgiendo con la mentira de la finitud.
Sólo el tierno rayo azul, luminoso, pudo dar calor a la rosa dormida, ponerla a resguardo de la intemperie
donde había olvidado su fulgor.
Allí donde el frío había congelado el fluir de su delicada savia de vida,
allí donde el espíritu se adensó hasta creer que era materia en bruto,
sin otro destino ni otra existencia más que el discurso, segundo a segundo.
La escapatoria imposible a través de miles de puertas,
el recorrido inane hasta dar con el muro circular de espinas;
siempre el mismo, más pronto o más tarde.
Así que sólo cuando recordó que había olvidado su nombre,
e incluso la suavidad de su propia finita piel, transgrediéndola,
sólo entonces, como un rescoldo de su antigua ligereza,
pudo oler de verdad las flores, y sólo por primera vez.

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