Archivo mensual: diciembre 2012

Fin de Año

En estos últimos momentos del año que hoy termina,
heme aquí, Señor, en el silencio y en recogimiento
para decirte GRACIAS,
para solicitarte AYUDA,
para implorarte PERDÓN.

GRACIAS,

Señor por la paz, por la alegría, por la unión que los hombres, por esos ojos que con ternura y comprensión me miraron.

Por esa mano oportuna que me levantó, por esos labios cuyas palabras y sonrisa me alentaron, por esos oídos que me escucharon, por ese corazón que amistad, cariño y amor me dieron.

Gracias, Señor por el éxito que me estimuló, por la salud que me sostuvo, por la comodidad y diversión que me descansaron.

Gracias, señor… me cuesta decírtelo… por la enfermedad, por el fracaso, por la desilusión, por el insulto, por el engaño, por la injusticia, por la soledad, por el fallecimiento del ser querido.

Tu lo sabes, Señor, cuán difícil fue aceptarlo; quizás estuve al punto de la desesperación, pero ahora me doy cuenta que todo esto me acercó más a Ti.

Gracias, Señor, sobre todo por la fe que me has dado en Ti y en los hombres. Por esa fe que se tambaleó pero que Tú nunca dejaste de fortalecer cuando tantas veces encorvado bajo el peso del desánimo me hizo caminar en el sendero de la verdad a pesar de la obscuridad.

AYUDA,

Te he venido también a implorar para el año que muy pronto va a comenzar.

Lo que el futuro me deparará, lo desconozco Señor. Vivir en la incertidumbre, en la duda, no me gusta, me molesta, me hace sufrir. Pero sé que Tú siempre me ayudarás.

Yo te puedo dar la espalda. Soy libre. Tú nunca me la darás. Eres fiel. Yo sé que me tenderás la mano. Tú sabes que yo no siempre la tomaré.

Por eso, hoy te pido que me ayudes a ayudarte, que llenes mi vida de esperanza y generosidad. No abandones la obra de tus manos. Señor.

PERDÓN,

Perdón, Señor, por mis negligencias, descuidos y olvidos, por mi orgullo y vanidad, por mi necedad y capricho, por mi silencio y mi excesiva locuacidad.

Perdón, Señor, por prejuzgar a mis hermanos, por mi falta de alegría y entusiasmo, por mi falta de fe y confianza en Ti, por mi cobardía y mi temor en mi compromiso.

Perdón, porque me han perdonado y no he sabido perdonar.

Perdón por mi hipocresía y mi doblez, por esa apariencia que con tanto esmero cuido pero que en el fondo no es más que engaño a mi mismo.

Perdón por esos labios que no sonrieron, por esa palabra que callé, por esa mano que no tendí, por esa mirada que desvié, por esos oídos que no presté, por esa verdad que omití, por ese corazón que no amó… por ese Yo que se prefirió.

Señor, no te he dicho todo. Llena con tu amor mi silencio y cobardía.

GRACIAS por todos los que no te dan gracias.

AYUDA a todos los que imploran tu ayuda.

PERDÓN por todos los que no imploran perdón.

Me has escuchado…ahora, Señor, te escucho…

* * *

Espero que os guste esta oración tan bella que he encontrado hoy en Internet.

El cambio de año no es más que un cambio de número, pasar de una categoría a otra. Esto nos afecta en nuestro día a día y en los aspectos prácticos de la vida, pero no debe afectarnos en nuestra vida auténtica.

Aun así, parece un día especialmente apropiado para gestos simbólicos, de esos que, según Paulo Coelho, “gustan mucho al universo”. (Igual tiene razón).

Y cualquier momento es bueno para dar gracias; especialmente, gracias por la adversidad.

Supongo que todos podremos decir que 2012 ha estado lleno de duras pruebas para cada uno de nosotros. No conozco ninguna excepción a esta afirmación general. Pero es cierto que, si nos lo proponemos, y si somos perseverantes en nuestro acercamiento a la comprensión intuitiva de las cosas, de nuestra vida, entonces siempre podemos encontrar (mejor: intuir) un sentido en todo ello.

El sentido último de la vida siempre será un enigma, no importa lo que se descubra o deje de descubrir; siempre habrá algún recoveco al que sólo nos podamos aproximar mediante una hipótesis, no mediante categorías, reglas, fórmulas, instrumentos ni, en suma, con cualquier herramienta del intelecto. Por eso, sólo nuestra intuición nos puede servir para orientarnos, y saber que nada es en vano; que esas pruebas que nos desafiaron y nos obligaron a sacar lo mejor de nosotros no fueron en vano.

El camino hacia la compleción de nuestro destino está lleno de lágrimas; las lágrimas recientes riegan las flores de Su vergel, nos amenizan el recorrido y nos proporcionan la visión de algo hermoso a cada momento; las lágrimas nocturnas son las estrellas que iluminan nuestro próximo paso.

¡Feliz 2013 a todo el mundo!

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Boanerges

Y a Jacobo, hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo; y les apellidó Boanerges, que es Hijos del trueno.

Marcos 3:17

En verdad que hay muchas cosas que se me cruzan y me encienden la mecha. Todavía (¡y lo que me queda!) soy en exceso permeable a lo que el mundo nos va arrojando a cada paso.

Podría decir que no lo puedo evitar.

En gran medida, estaría diciendo la verdad: No lo puedo evitar.

Y es más: creo que, ante determinadas situaciones e injusticias que se han hecho estructurales (o que ya lo son, debido nada más a que existe el ser humano), uno no lo debe evitar. Uno tiene que enfadarse. Uno tiene que responder con rabia. Es el único reducto del ser humano civilizado, y es, además, la única actitud que yo entiendo en consonancia con la ética: es necesario enfadarse. Lo difícil es discernir ante qué es legítimo y necesario enfadarse y ante qué no. Para hacer la distinción, seguramente hace falta sólo algo de práctica y experiencia de la vida.

Dios no nos creó para que fuéramos sus marionetas. Y Dios nos bendijo con la imperfección. Si nos hubiera querido perfectos, ¿acaso no nos habría creado perfectos? Si somos falibles y no somos, cada uno, un compendio de todas las virtudes, es porque tal fue el designio divino. Somos así porque debemos ser así. Podemos superarnos y mejorar hasta cierto punto.

Dios nos creó iracundos. La iracundia puede ser como la espada de un samurái, un arma noble. O puede ser una guillotina de la cual nosotros somos las primeras víctimas. Si se usa bien, yo creo que sirve para señalarnos aquello que está mal y para querer corregirlo. Puede ser el paso previo a la acción, aunque esa acción no alcance la extensión de esa injusticia que nos ha sublevado; pero siempre nos moverá en la dirección correcta. Si uno no se indigna ante las injusticias, ¿qué otra postura le cabe adoptar? ¿Qué otra postura moral lo azuzará lo suficiente para querer hacer algo al respecto, o para apoyar cualquier movimiento, palabra, o acción que vea proveniente de otros, encaminado a remediar esa injusticia?

Al fin y al cabo, aun en las situaciones -que son muchas- en las que nada podemos hacer, en las que estamos condenados a acabar aceptando que no podemos cambiar nada, al menos podremos ofrecernos el consuelo de la llama de nuestra rebeldía interior, que nos permitirá ser y sentirnos libres, como siempre lo somos en nuestra última soledad.

Se nos ha hecho creer que es propio de virtuosos decir a todo que sí, asistir a todo con aparente complacencia o aceptación callada. No decir, no hablar, no dar un paso al frente, no hacernos sentir. Pero, si no fuimos creados para ser marionetas en un espectáculo cósmico de guiñol, tampoco lo fuimos para ser meapilas ni santurrones, para pasar por la vida comulgando con ruedas de molino.

Aun en los casos en que no tengamos nada que ofrecer, ¿debemos dejarnos llevar al matadero con la cabeza gacha?

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Lo pobre

Anoche vi una película australiana titulada “El túnel” (sí, estaba en inglés, “The tunnel”). Para los que gustan del terror cinematográfico, sin ser algo extraordinario, es del todo recomendable. Podéis informaros sobre ella aquí.

De todos modos, mi interés por traer aquí hoy a colación “El túnel” es otro. La película me dio algo en que pensar y, de paso, me ayudó a responder a una autopregunta: ¿a qué tenemos miedo, aquí, hoy, en este joven siglo en el que estamos siempre como 5 minutos antes de que se acabe el mundo, sin saber si queremos que acabe de una vez y ya o mejor nos desdecimos de todos nuestros reniegos y preferimos seguir tirando?

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Pues aquí, hoy, la mayoría de la gente que conozco tiene miedo de ser pobre.

Ahí está. Pensadlo, y, si vivís en el mismo contexto que yo, seguramente os podréis sentir identificados con esa afirmación, con ese miedo, ya sea como sujetos de ese miedo o como testigos de que, en efecto, existe y se va expandiendo como un virus.

A medida que nos hemos acostumbrado a vivir mejor con cada vez menos esfuerzo, a recibir siempre mucho más de lo que hemos dado y a cosechar casi de regalo, nuestro umbral de lo que significa ser pobres ha ido subiendo en la misma o en una mayor proporción. Además, en España, en Europa y en lo que se llama el “mundo occidental”, la pobreza siempre ha sido algo muy distante, algo que no sólo les pasaba a otros, como sucede con todas las desgracias, sino que ni siquiera compartía espacio ni tiempo con nosotros; simplemente, no pertenecía a nuestra realidad. Era algo que les pasaba a los negritos y a los chinitos de lejanos continentes y para los cuales muchos, de niños, aprendimos a depositar una humilde limosna en la hucha colectiva del parvulario.

Esto no iba con nosotros, ¿verdad?

Esto no iba con nosotros, ¿verdad?

Ahora, casi finalizado el 2012, ya llevamos unos cuantos años sabiendo que eso no es así. Ahora la pobreza ha llegado aquí y se ha convertido en una enfermedad infecciosa que se propaga a grandísima velocidad. Así que el día menos pensado, ¡te puede tocar a ti! Todo lo que has construido y te has ganado (o has recibido), mucho o poco, lo puedes perder a causa de esta nueva pandemia. Puedes verte en la calle, sin casa, sin nada que comer, sin poder alimentar o educar a tus hijos… pero, sin llegar a extremos tan dramáticos, también puede que te quedes sin vacaciones este año, o que te recorten el sueldo, que tengas que pagar dos veces (impuestos y bolsillo) por algunos derechos que, de repente, de derechos sólo tienen el estatus oficial… cosas así.

Me ha dado por pensar en eso a raíz de esa película, “El túnel”.Ahora, los que quieran verla sin que se la destripe, pueden saltarse este párrafo. En “El túnel”, un equipo de cuatro periodistas y técnicos se cuelan en la red de túneles de Sydney, de la cual se publicó que iba a utilizarse para un plan de reciclado de agua para la ciudad, proyecto que de repente quedó descartado sin que ningún representante del gobierno quiera hablar de él. Y resulta que los periodistas tienen razón al sospechar que hay algo escabroso detrás de ese silencio, como comprobarán en sus propias carnes: hay una criatura, un humanoide (lo que es no se revela terminantemente), que mata a los humanos visitantes del submundo.

En esta película, no es ya una criatura sobrenatural o extraterrestre, ni monstruo ni zombi alguno lo que amenaza al hombre, sino -a mi modo de ver- una personificación de “lo pobre”: una forma pseudohumana, degradada, animalizada y brutal, que existe de algún modo en ese entramado de oscuras galerías conectadas entre sí y en las cuales no penetra el menor rayo de luz del exterior. La película no da ninguna respuesta, pero sí aporta información que el espectador puede utilizar como quiera: por ejemplo, se afirma al principio que muchos indigentes sin techo se habían instalado en los túneles, e incluso los periodistas descubren rastros, pruebas de vida humana allá abajo: camastros miserables, utensilios de uso común. Ya no es sólo la criatura hostil (aunque quizá tan sólo está defendiendo su territorio de intrusiones de extraños) la amenaza; todo ese entorno de miseria, oscuridad, mugre, desarraigo y degradación de lo humano forma parte de esa amenaza que envuelve a los incautos periodistas y, por extensión, a cualquier persona que entre allí.

Sí, a ti también te puede pasar.

Sí, a ti también te puede pasar.

¿De qué tenemos miedo? De lo pobre.

Lo pobre como escalón ínfimo de la pérdida de dignidad y de todo lo que nos hace humanos. Lo pobre como valor sin valor, la no-naturaleza, pues nos niega cualquier caracterísica individual, nos despoja de nuestra identidad y de nuestra propia estima, de un modo irreparable, irredimible. La criatura de ese túnel es nada, es nadie; ni siquiera recibe un nombre, e incluso después de las consecuencias que sufren los periodistas en el túnel, ni siquiera entonces la atención se centra en saber qué o quién acecha allá abajo; simplemente, se acallan las voces, se cierran todas las entradas al túnel y aquí no ha pasado nada; todo el mundo puede seguir viviendo de espaldas a ese submundo; lo que pase allí abajo en nada concierne a los de aquí arriba. A esos efectos, nada importa, además, que ese submundo exista como consecuencia de un supramundo; que sea obra exclusivamente humana es algo que o hemos olvidado, o no interesa hacer recordar.

Los monstruos de otros mundos o de naturaleza artificial ya no nos dan miedo; sabemos demasiado, tenemos demasiada información, hemos destripado demasiado todas las cosas con el machete del intelecto; no hemos dejado misterio alguno, ni siquiera en la naturaleza, que creemos conocer tan bien; ya no dejamos que nada desconocido nos asuste. O, al menos, no todavía. Y hace mucho que dejamos de mirar a las estrellas en busca de ovnis, cuando sentimos que lo que tenemos bajo nuestros pies -y, mucho más importante… en nuestra vida, en nuestro entorno inmediato, en nuestra casa, en nuestra empresa…- está a punto de estallar.

Lo pobre es nuestro nuevo enemigo, el monstruo que nos aterra. Esa nueva pandemia se cobra rápidamente una víctima tras otra; pero la víctima somos nosotros, los que quedamos, los no afectados: somos nosotros los que vamos perdiendo nuestra humanidad, nuestra capacidad de empatizar, nuestras ganas de actuar, nuestra generosidad. Al igual que las personas de esa estación civilizada, ya al final de “El túnel”, que se paran a mirar impasibles lo que está pasando; al igual que la humanidad protagonista de “La tierra de los muertos”, que erige vallas y abre canales para protegerse de los zombis, pero también para vivir de espaldas al mundo retorcido y aberrante que ella misma ha construido…

Abrid zanjas, de nada os ha de servir...

Abrid zanjas, de nada os ha de servir…

O al igual que esos señores del primer mundo que acuden a África para sofocar una erupción zombi, en otra película en la que tal cosa sucedía.

Aunque, claro, ¿hace falta un apocalipsis zombi para que de una vez hagamos algo?

¿Ha hecho falta que me convirtiera en zombi para que me hicieras caso?

¿Ha hecho falta que me convirtiera en zombi para que me hicieras caso?

La pobreza es el modernísimo Prometeo, la criatura que los hombres hemos creado, pero más indigna, porque no nació como consecuencia de ningún afán de superación, sino como excremento moral y social del afán de consumo, de la indiferencia hacia los demás, de la avaricia.

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No temas, ¡oh, frágil carne del hombre!, a lo que pasa y no permanece.

Atravesarán tu dulce resistencia miles de días, minutos inexpugnables,

experiencias sin límite, cascadas de emociones,

todas pugnando por la deliciosa presa de tu alma.

Te harán preguntarte, te harán despeñarte por las simas de deseos incontenibles,

que despertarán en ti la impaciencia, la ensoñación, la fantasía; quizá, algunas veces, el suspiro que exhala el deseo colmado, que impregna tu memoria de su aroma, dulce el primer segundo, amarga para toda la eternidad;

y, finalmente, la frustración y la reanudación de la búsqueda.

Pero no temas, ¡ay, delicado ser humano! a las asechanzas que te aguardan,

pues, al igual que las que pasaron, no son sino espejismos,

con un dolor que se desvanece al contacto con tu mirada,

el arma perfecta, si está cargada con la pólvora de la atención.

No importa que el tiempo corroa lo que te viste y te rodea,

pues, al hacerlo, también corroe tu lastre,

dejándote, al final, desnudo y solo, libre,

como un torrente que fluye y corre, imparable,

¿y adónde ha de ir, sino gozoso a reunirse con su destino?

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A vosotros que estáis leyendo esto (y a todos los que no) quiero desearos una feliz Navidad y contaros lo que me ha pasado hoy.

Pues había una persona de cierta proyección pública a la que, hasta hoy, seguía en su perfil público de Facebook y de Twitter. Como tantos otros hacemos, esta persona ha querido hoy lanzar un mensaje a sus seguidores y hacer propaganda, de paso, y se ha declarado agnóstico y, además, ha parafraseado a un personaje (para mí, desconocido; pero eso poco quiere decir) que venía a decir que las personas religiosas están presas de un delirio colectivo.

Viendo esto -y siendo verdad, por otra parte, que yo no soy religiosa, sino una simple creyente libre; pero aun así, no se me escapaba el trasfondo del asunto y que, en realidad, el personaje citado no se refería propiamente a las personas religiosas sino al conjunto, muy variado y heterogéneo, de creyentes-, tenía varias opciones que se resumían en estas dos básicas: dejarle un comentario en el que, con amabilidad pero con claridad y sabiendo que, probablemente, poco alteraría no ya las creencias de esta persona, sino su actitud, le hacía saber mi molestia; y, dos, hacer caso omiso del conjunto de persona, personaje citado, cita, entrada y perfil, y limitarme a darme de baja de sus perfiles públicos. Opción por la que me he decantado.

Y es que, si algo no te gusta, lo mejor es hacer caso omiso de ello; es lo que he aprendido. También a mí se me dispensa el mismo trato en las redes sociales que frecuento y en la vida, grosso modo.

Pero, por otro lado, comprendo a esta persona que hacía uso de su libertad de expresión y de propaganda, porque también yo lo hago, y lo hacemos todos, estemos en las redes sociales o no, seamos quien seamos y tengamos la proyección social que tengamos.

No es cierto que, cuando exponemos nuestras creencias, no estemos intentando o queriendo íntimamente convencer al otro. ¡Pues claro que es eso lo que queremos, en lo más profundo! Y lo intentamos, aunque sepamos que es una batalla perdida.

Y claro que yo también hago proselitismo, si puedo. Me encanta conocer a gente que comparte mis mismas creencias (aproximadas, porque jamás son idénticas las creencias de dos personas; siempre hay algún matiz) y me encantaría que alguien mudara de fe y empezara a creer en lo transcendente. Significaría que hay una persona más con la que puedo hablar sabiendo que va a haber un nivel más en el cual, más o menos, nos vamos a entender bien y fluidamente, y que no me expongo a irrisión ni a incomprensión o a indiferencia cuando me muevo en ese nivel de cara a esa persona.

Y también porque siempre atrae más el espíritu humano la armonía que la discordia.

Por todo eso, ojalá estas Navidades haya más gente que celebre la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo. O, simplemente, que haya descubierto la llamada de algo, de su voz interior, que la invita a sentarse en silencio y meditar; de disfrutar de lo superficial y disfrutable, pero a saber que eso no está hecho para durar ni para proporcionar dicha.

Ojalá haya más personas esta Navidad que hayan decidido emprender el camino hacia el interior, la búsqueda de lo inefable… o, dicho llanamente, de eso que sólo cada uno puede sentir que está ahí, eternamente duradero, inalterable e inmaleable.

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Mirar una calle miserable de casas mal construidas y de aceras sin barrer es igual que estar sentado en un coche cerrado, una noche cualquiera, mirando hacia fuera sin ver, mirando el pretil de un río que baja contaminado, mirando un césped segado sin miramiento, mirando el reflejo de la gente que se afana con bolsas de la compra. Esa noche cualquiera que te recuerda cientos de otras noches pasadas en otro lugar, muy diferente a éste pero, en estos momentos, tan igual que podrías pensar que estás allí. Quizá allí o quizá en otro lugar de los muchos lugares por los que has paseado tus recuerdos, tu equívoca nostalgia, tu añoranza de un tiempo pasado que fue peor pero que recuerdas con el cariño incomprensible, un poco aberrante, de alguien que evoca su primera juerga, su primera borrachera, su primera resaca, su primer desengaño.

Mirar cualquiera de esas cosas (o recordarlas, o proyectarlas, tanto da) es lo mismo porque todas las cosas tristes se parecen tanto que son la misma cosa. No hay multiplicidad de cosas tristes sino, sólo,la tristeza, que nos acecha tan implacablemente que a algunos se les ha llegado a confundir con su piel, con sus recuerdos y sus fantasías.  La tristeza que nos acecha, se cuela por las grietas que tiene este viejo mundo, y ni aun los muy alertas pueden esquivarlas todas, y aunque vigiles cada uno de tus pasos, tarde o temprano acabas atrapado en una de esas grietas. Pueden ser grietas o pueden ser simas, pero tienes suerte, porque las simas son las menos. Cuando eso pase y te quedes atrapado, tu única opción será saltar afuera lo más deprisa que puedas y seguir caminando sin perder de vista tu paso, muy de seguido, muy apretado, sabiendo que en algún momento volverás a caer, y recordando que, al final, nada de eso tiene importancia mientras vuelvas a saltar afuera lo más deprisa que puedas.

 

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CADFDM

Ahí van tres microrrelatos para el evento Un cuento antes del fin del mundo.

I.

Y cuando despertó, el mundo seguía allí. Cerró los ojos y el mundo volvió a acabarse.

II.

Se sentó ante su escritorio, con el ordenador encendido, y extendió ante sí las dos cuartillas, cubiertas con su letra diminuta y prieta, que había tardado casi todo un día en rellenar. Cada frase desechada había obligado a su temperamento perfeccionista a descartar esa hoja y volver a empezar desde el principio en otra. No quería que nada le hiciera vacilar ni perjudicara la claridad de su mensaje.

Se aseguró de que la cámara del ordenador estaba también encendida y de que la imagen de sí mismo se veía nítidamente en pantalla. Pulsó el botón de grabar y empezó a leer:

-Éste es mi último mensaje, que confío a los supervivientes del fin del mun… ¡MIERDA!

III.

Era verano. Él estaba en cama.

“Coño, pues los mayas estaban equivocados. El mundo se termina el 26 de junio”, pensó justo antes de morirse.

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Fin del día

El fin del mundo nos sobreviene todos los días. No creáis nunca a quien os urge a prepararos para él. Uno nunca está preparado. ¿O acaso hay día alguno, cualquiera que podáis recordar, en el que os hayáis acostado (o hayáis enlazado con el día siguiente, de todo hay) felicitándoos a vosotros mismos por haber hecho todo lo que queríais hacer ese día, haber liquidado todas las cosas pendientes, y encima haberlo hecho todo bien y según vuestro nivel de exigencia? Yo, no. Y creo que quien afirme que él sí o intenta engañar, o se intenta engañar a sí mismo.

El mundo, dicen, terminará mañana. Y aunque la gente parece habérselo tomado a broma y hay hasta cierto espíritu competitivo por ver quién suelta el chiste más ingenioso, la broma más pretendidamente indiferente y pasotilla, como si morirnos nos diera igual o como si nos diera igual morirnos así, sin haber hecho nada de especial, sin haber llegado a agotar nuestra vida biológica y nuestra salud, sin haber tenido un hijo ni haber plantado un árbol (de publicar un libro no hablo porque eso hace tiempo que no entra en las aspiraciones de nadie) ni haber sido un famosillo de la tele. ¡Ay! ¿Veis cómo yo también caigo en esa pseudoindiferencia esnob? No es porque me dé miedo que el mundo se acabe mañana, ni porque crea que va a ser así, sino por lo que esta evocación mundial del Apocalipsis significa en nuestra mente colectiva.

Pero es angustiarse por nada. Vemos el mundo acabarse todos los días y ni nos inmutamos. Y es bueno que así sea. Todos los días nacemos y morimos. Al día siguiente, se sucede el milagro de que volvemos a nacer. Y no hay dos días iguales. No, perdón; todos los días son iguales, pero la persona que se levanta hoy no es la que se acostó ayer. ¿Recordáis? La que se acostó ayer ha muerto; ésta acaba de nacer.

Por eso, a pesar de que nos parece que pasamos por la misma situación una y otra vez -aunque sólo nos quejamos de ello cuando la situación nos parece adversa (quejándonos de nosotros mismos, claro; el famoso aforismo de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra no se queja de la piedra)-, en realidad sólo es posible pasar una vez por cada situación. A veces, es imposible que así nos lo parezca (a mí hoy, sin ir más lejos), pero debemos recordar que de cada situación salimos, si no renovados, sí nuevos; si no renacidos, sí redivivos, recuperados. Nuestro corazón no olvida nada, nunca. Por eso, al enfrentarnos con nuestras debilidades o con la maldad ajena (que, en el fondo, no es sino otra prueba para nuestras debilidades), siempre estaremos un poco mejor preparados que la vez anterior.

En fin, buenas noches, y no os preocupéis demasiado por que el cielo se caiga sobre nuestras cabezas; de seguro, no sucederá mañana.

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Final

La familia de la Luz ya ha llegado a la cima.
Es un día incierto, pero va a salir el sol.
El aire está en calma, todo es silencio
y ni en la lejanía ni aquí mismo hay ya nada que temer.
Todos se fueron a dormir hace tiempo, nadie los espía, nadie los espera.
Al principio fue la palabra, y al final, se revela como lo que fue:
una queda vibración que los asegura al aquí y al ahora,
para que no tengan nada que temer.
La fuerza desciende desde los cielos, los abraza
en una campana protectora de energía límpida.
Mientras miran, ahora conocedores de todo, hacia el horizonte, a la tierra bajo sus pies,
y contemplan el paraíso que ahora es su casa, sólo suya
pero que ellos no desean poseer,
lentamente ascienden de ellos sus nombres antiguos, meras molestias extrañas en sus labios y bocas,
y se evaporan luego en el aire como vapor que va a convertirse otra vez en nube, y luego en lluvia.
Lloverán las palabras, ahora vacías, liberadas de su pesada y larga misión en la tierra;
su creador les ha concedido el descanso, ha deshecho el encantamiento.
La pequeña familia ha seguido la luz hasta aquí, sin apartar la mirada;
son los únicos que han vencido su miedo.
Se miran, reconociéndose por fin plenamente,
como niños, como niñas,
descartado ya a sus pies, inútil, el último de sus miedos:
a su apertura, a su desnudez.
Se contemplan, mudos, absortos,
viendo toda la vida condensada en los ojos del otro, que son los suyos,
viéndolo todo, ya sí, por primera vez,
viendo por primera vez ya todo lo que siempre tuvieron delante
durante su sueño casi eterno.
Se agota el último segundo del tiempo de los hombres, un tiempo ya cansado, exhausto;
arroja su lamento moribundo, o un suspiro de alivio.
La tierra se agita como ramas de abetos jóvenes
acariciadas y besadas por lluvia, aire y sol nuevos.
La tierra se desnuda también, exenta,
recuperada y reverdecida por la mano de su amo.
Todo se oscurece en la noche más clara, la última noche de ese tiempo caducado,
salen las estrellas para decir ya su adiós, recuperando su resplandor emisario de eones, para que vean los justos
lo que cientos de generaciones sólo imaginaron, y aun entonces, sólo a medias,
cegados por números y fórmulas,
pueriles armazones de alambre de espino y arcilla.
Emerge el árbol de la vida por fin de la hermana tierra, el hogar provisional.
La familia de la Luz, abrazada, navega por los cielos de los cielos, traspasando
la última ilusoria frontera
y vuelven otra vez, finalmente, a casa.

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Frontera

Y al fin, voló.
En un segundo, era intensamente cuerpo, un yo intenso, agresivo en su reconcentrada fiereza.
Al segundo posterior, volaba libre, y ya no existía nombre alguno, no había gotas de luz que chocaban contra su piel
ni había oleadas de pensamientos hirientes, semejantes a clavos,
agujeros en la superficie de la vida, cascadas del espíritu.
No tiraban de ella miles de deseos puntiagudos con colas punzantes,
extremos de extremidades renegridas, candentes… urgiendo con la mentira de la finitud.
Sólo el tierno rayo azul, luminoso, pudo dar calor a la rosa dormida, ponerla a resguardo de la intemperie
donde había olvidado su fulgor.
Allí donde el frío había congelado el fluir de su delicada savia de vida,
allí donde el espíritu se adensó hasta creer que era materia en bruto,
sin otro destino ni otra existencia más que el discurso, segundo a segundo.
La escapatoria imposible a través de miles de puertas,
el recorrido inane hasta dar con el muro circular de espinas;
siempre el mismo, más pronto o más tarde.
Así que sólo cuando recordó que había olvidado su nombre,
e incluso la suavidad de su propia finita piel, transgrediéndola,
sólo entonces, como un rescoldo de su antigua ligereza,
pudo oler de verdad las flores, y sólo por primera vez.

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