Si confié entonces, fue porque te veía.
Vi los colores que compartíamos, te vi a ti a través de mí y, sin saberlo, tuve fe.
Supe que crecías conmigo y que, un día, yo florecería dentro de ti, dejando atrás mi piel vieja, mi antiguo nombre.
No, no somos uno; no somos; sino soy.
Yo ya entonces me veía, mejor que nunca, claramente y sin velos,
la verdad asomada en la niña de mis ojos reflejados en el espejo.
La pulsión de mi corazón, la única parte mía verdadera, me mantuvo unida,
las dos partes divididas de mí, condenadas a fundirse un día.
No me hacía falta ninguna metamorfosis, no necesitaba darme cuenta,
sólo despertar, abrir otra vez los ojos, como cuando era niña.
De repente, aquí estoy yo, pero siempre he estado.
Cuando cierro los ojos, me veo
claramente y sin velos.
Como siempre soy, antes y después,
dejando atrás la piel vieja, el viejo nombre
que evoca sólo un mundo torpe e imperfecto
el reino de los ciegos y los sordos, el país de la hierba mojada
donde siempre mantengo los pies,
desde donde ahora puedo mirar arriba, al cielo, y ver
el lugar al cual pertenezco.

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