Es fácil de decir, por qué no me fui:
porque, una vez te vas, sabes que te vas a quedar allí para siempre.
Si no puedes comprender eso, eres un desalmado, porque el alma de cada uno es nuestro hogar.
Y a mí las plumas de mi primera cuna me pesaban demasiado, eran mis raíces,
hundidas en la tierra como los dedos del panadero en la dulce masa,
como la mirada del niño en la mirada de su madre.
Esas plumas fueron de acero, pesaban, tiraban hacia abajo,
como el ancla de un barco encallado que ya nunca volverá a puerto.
Hasta una mañana en que tiré yo más en sentido contrario, y con su acero
hice yo mi coraza.
Ahora añoro aún tierras prometidas donde nunca estuve, pero sé ya que son promesas como las palabras dichas en sueños,
hechas de sonidos de murmullos y de leves campanillas que se posan apenas un segundo en el aire.
Ahora sé que son esos sueños quizá los que me sostienen mientras camino
bajo la ilusión de las nubes grises, sintiéndome tal vez aprisionada, pero sólo a veces.
Mientras sorteo meandros y me cubro con tenues velos del color de la plata,
mirando a todos aquellos que me buscan, sin verme,
sonriendo como una anciana que no añora más su juventud.

Desde mi balcón, veo todo el jardín;
hasta los árboles centenarios que me han de sobrevivir, pero que, antes, me han entregado
todos sus secretos, vuestros secretos.
No me hace falta nada más, y ahora lo sé.
Aunque camine a solas, jamás lo estaré.
No me importa ser vieja aun en esta osamenta engañosa;
mi piel, que todavía brilla,
me protege de la tempestad.

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