Archivo mensual: octubre 2012

Si confié entonces, fue porque te veía.
Vi los colores que compartíamos, te vi a ti a través de mí y, sin saberlo, tuve fe.
Supe que crecías conmigo y que, un día, yo florecería dentro de ti, dejando atrás mi piel vieja, mi antiguo nombre.
No, no somos uno; no somos; sino soy.
Yo ya entonces me veía, mejor que nunca, claramente y sin velos,
la verdad asomada en la niña de mis ojos reflejados en el espejo.
La pulsión de mi corazón, la única parte mía verdadera, me mantuvo unida,
las dos partes divididas de mí, condenadas a fundirse un día.
No me hacía falta ninguna metamorfosis, no necesitaba darme cuenta,
sólo despertar, abrir otra vez los ojos, como cuando era niña.
De repente, aquí estoy yo, pero siempre he estado.
Cuando cierro los ojos, me veo
claramente y sin velos.
Como siempre soy, antes y después,
dejando atrás la piel vieja, el viejo nombre
que evoca sólo un mundo torpe e imperfecto
el reino de los ciegos y los sordos, el país de la hierba mojada
donde siempre mantengo los pies,
desde donde ahora puedo mirar arriba, al cielo, y ver
el lugar al cual pertenezco.

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Rubí

Una flor de sangre,
rubí de emociones,
la perla de la vida,
la gota de sangre de Dios.

Lo único que tenemos para siempre que es más que algo que va a morir.
Cuando yo era un puntito, tú ya me acompañabas,
me empujabas con gentileza, hacia adelante.
Cuando yo era una brizna, un hálito dubitativo
que no se decidía a vivir, tú irrumpiste,
decidiste por mí, bailaste la danza de la vida en mi lugar,
y ganaste para mí la gracia divina.

Mi animalito danzante, mi travieso diamante.
Estás siempre en mi corazón, aunque casi no piense en ti,
aunque seas el amigo que nunca me ha fallado,
aunque seas la parte de dentro de mí.
Si me dieran la vuelta como a un calcetín, por dentro sería como eres tú,
valiente, siempre adelante,
surtidor de vida eterna, alquimista que hace del desecho, tesoro,
el puñito del ángel niño que me asignaron, marcando el ritmo,
mi último testigo en vida, para dar fe de que he llorado, he reído,
he pensado y sentido, y en todo momento, aunque yo jamás te prestara atención,
tú me sostenías, en un vis-a-vis místico y delicado, tan sencillo
como una gota que cae de la nube a la mano.

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Es fácil de decir, por qué no me fui:
porque, una vez te vas, sabes que te vas a quedar allí para siempre.
Si no puedes comprender eso, eres un desalmado, porque el alma de cada uno es nuestro hogar.
Y a mí las plumas de mi primera cuna me pesaban demasiado, eran mis raíces,
hundidas en la tierra como los dedos del panadero en la dulce masa,
como la mirada del niño en la mirada de su madre.
Esas plumas fueron de acero, pesaban, tiraban hacia abajo,
como el ancla de un barco encallado que ya nunca volverá a puerto.
Hasta una mañana en que tiré yo más en sentido contrario, y con su acero
hice yo mi coraza.
Ahora añoro aún tierras prometidas donde nunca estuve, pero sé ya que son promesas como las palabras dichas en sueños,
hechas de sonidos de murmullos y de leves campanillas que se posan apenas un segundo en el aire.
Ahora sé que son esos sueños quizá los que me sostienen mientras camino
bajo la ilusión de las nubes grises, sintiéndome tal vez aprisionada, pero sólo a veces.
Mientras sorteo meandros y me cubro con tenues velos del color de la plata,
mirando a todos aquellos que me buscan, sin verme,
sonriendo como una anciana que no añora más su juventud.

Desde mi balcón, veo todo el jardín;
hasta los árboles centenarios que me han de sobrevivir, pero que, antes, me han entregado
todos sus secretos, vuestros secretos.
No me hace falta nada más, y ahora lo sé.
Aunque camine a solas, jamás lo estaré.
No me importa ser vieja aun en esta osamenta engañosa;
mi piel, que todavía brilla,
me protege de la tempestad.

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