Aventura

Algunas veces, se abren puertas que no veíamos. No es que entremos por nuestro propio pie; más bien caemos por ellas. Son trampillas, y son diminutivas porque se nos empuja a ellas por una buena razón.

Caemos, como Alicia hacia el País de las Maravillas. Porque esas cosas existen de verdad.

Siempre estamos necesitados de aventura; pero no ésa que uno busca, no ésa que uno mal llama así, no ésa que se planifica. La aventura de verdad no se planea, no se busca; somos hallados, interceptados por ella. Caemos en ella; nos envuelve y nos abraza.

No tiene nada que ver con lo que nosotros teníamos en mente; porque la aventura, la sorpresa, nunca pasa por la mente. Eso es para los días, las horas. Es el mismo mecanismo; es la misma noria.

De repente, por ese camino intransitado, el camino que está siempre allí y que es imposible de ver desde aquí, se oyen y se sienten los ecos del engranaje de la vida.

Puede que sea un camino que uno nunca imaginó; que su arranque sea oscuro e irregular

y que nos parezca demasiado oscuro, intimidante

Puede que hasta nos dé un poco de miedo

no ver, no pensar…

… no poder pensar, no tener nada conocido a lo que el raciocinio pueda hincarle los dientes.

Y nos sentiremos confundidos, mareados, zarandeados… ¡No lo vemos claro!

Pero, por un momento, vislumbramos algo, o a alguien. Sí; está ahí, no muy lejos, no tan lejos como nos pareció… No estamos solos

¡Sí, ahí está! Es alguien que se está entrenando para una media maratón; o un paseante casual, como nosotros; o alguien que tenía aquella caminata, aquel día y a aquella hora, previstos y apuntados en su agenda, señalados en su despertador. Ellos están ahí, en este mismo momento, junto con nosotros; ellos lo ignoran, pero la cercanía supone más para nosotros que para ellos; porque este momento no lo estamos compartiendo, porque para ellos no significa casi nada, pero para nosotros, es algo nuevo.

O quizá es un casero con su transistor a todo volumen. ¿Qué más da? ¡Aquí cabemos todos! No hace falta que nos peleemos por el espacio, ni que sintamos ninguna ansiedad. ¿Qué importa qué opiniones tengas tú, cuál sea tu programa favorito, a quién hayas votado en las pasadas elecciones? Por cierto, ¿la tele? ¿Elecciones? ¿Qué es todo eso? (Sin duda, algo que existe en este allí de ahora, no en el aquí que, dentro de unos instantes, habremos abandonado ya, a nuestro pesar.) Ahora, ese casero es de Cheshire, y me jugaría lo que fuera a que… sí, nos sonríe.

Así que seguimos caminando. Y en lo que tarda en pasar un segundo en el reloj, nos vemos arrojados a una situación completamente nueva, inaudita…

Un cruce de caminos aparente, puede ser… Luce el sol; él nos guía ahora. El casero de Cheshire ya no está; se ha esfumado. Podemos seguir sin ayuda. ¡Ya lo tenemos!

Una sorpresa más nos aguarda… de repente, lo feo, lo desvencijado, incluso lo triste (sí, sí, lo que de ordinario nos parece triste y alguna vez, dicen, hasta nos ha hecho llorar)

nos revela, generosamente, bondadosamente, su auténtica esencia: su belleza.

Y entonces, al seguir aún un poco más, descubrimos que estamos rodeados de ella (de belleza)

por

todas

partes e innegablemente:

sin concesiones.

¿Qué sería de nosotros sin esos ataques de vida, sin esos momentos en los que todo se paraliza, en los que la mente se congela y no nos estorba más?

Volvemos a ser niños, intensamente vivos, aquí y ahora, solamente aquí y ahora.

De forma tal, que, al ponerlo por escrito, se estropea; no es igual, no es tan bonito como cuando estabas allí. ¿Cómo puede nunca ser igual?

¿Qué otra cosa existe verdaderamente que no sea ese silencio? ¿Que no sea esa paz?

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