Inteligentes

En realidad, los teléfonos inteligentes lo son más de lo que quisiéramos: despilfarran energía en funciones que no necesitamos para nada y hay que mantenerlos continuamente, recargarlos, vigilarlos y mimarlos como si fueran mascotas egoístas y absorbentes.

Los no inteligentes somos nosotros, que los compramos alegremente (pensando, encima, ilusos de nosotros, que nos los regalan, ¡ja!, ¡como si no pagáramos luego en incómodos y abusivos plazos mensuales el telefonito de marras y una plusvalía porque sí!), encaprichados del último grito, y es el mismo grito de siempre, el que dice “¡inocente, inocente!” o “¡tengo unas estampitas…!”

Pero que cada uno se compre (o pique con) lo que quiera. Yo, hasta aquí. Los aparatos para mejor conectarnos e interactuar entre nosotros -todos juntos y revueltos- son buenos hasta cierto límite; a partir de ahí, en el fondo, sólo aportan una complejidad complicada a la vida de una persona más o menos funcional y normal. Y la vida útil de los teléfonos móviles es, de fábrica, más corta y programada para durar menos cuanto menos tiene el aparato en cuestión de teléfono, lo tengo comprobado. Un modelo viejo, de unos cinco años de antigüedad, aguanta sin recargar varias veces más que uno nuevo. Luego está esa nueva esclavitud -que, como toda modalidad de esclavitud capitalista, es totalmente voluntaria- vertebrada por los contratos a perpetuidad y los compromisos de permanencia. De aquí a la eternidad. Es lo mismo que vender tu alma al diablo. O casi, porque, a diferencia de los contratos con el maligno, aquí sí hay lugar para el arrepentimiento, compensación pecuniaria de por medio (como si no te hubieran chupado bastante sangre ya…). O sea, que, como yo, puede uno decir basta, hacer las maletas y pedir la separación de los bienes que queden.

Sin embargo, vuelvo a decir… nadie nos obliga. Somos nosotros, con nuestra propia estupidez, ceguera consumista, ansia de poseer y afán por no quedarnos atrás (¿en el camino adónde?), quienes buscamos las trampas en las que al final nos dejamos caer. Que nadie diga que nos empujaron.

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