Gripe

Friedrich enfermó.

Estaba solo en su cuarto, arropado en la suave embriaguez de la fiebre y, por vez primera, acariciado por la soledad. Hasta entonces sólo había conocido su cruel fidelidad y su duro mutismo. Pero ahora pudo conocer su tierna amistad y escuchar la plácida melodía de su voz (…). Por primera vez en su vida supo lo que era la enfermedad, la benéfica presión de sus delicadas manos, la sensación maravillosa y falaz de poder ponese en pie y no querer levantarse del lecho, la capacidad de estar echado y de flotar al mismo tiempo, la fuerza que emerge del abandono -como la gracia de la desventura- y ese diálogo mudo con el cielo que, gris y vasto, llenaba la ventana del cuarto superior: el cielo, único visitante del mundo exterior.

Joseph Roth -“El profeta mudo”

En su día, después de convalecer de una pequeña gripe, escribí (hace años) sobre esa misma sensación, incomprensible para nuestra mente racional, que consiste en amar la propia convalecencia; en amar, sí, la enfermedad.

Hay algo sumamente reconfortante en el hecho de estar enfermos y habernos caído del ritmo endiablado de la vida cotidiana. Pero, más allá aún de ese sentido puramente superficial y fácilmente entendible de la convalecencia (ruptura con un ritmo de vida actual que puede llegar a agobiarnos), hay algo más profundo, un sentido más global en esa querencia que podemos sentir, sin racionalizar, hacia la postración, la pérdida de nuestras fuerzas, de nuestra energía.

Quizá así podemos ponernos por un momento en la piel de esa delicada hoja que es desprendida por el árbol; o, mejor aún, en la de la rama del árbol que, sin ser desprendida por él, debe, en cambio, resignarse a desprenderse de sus hojas.

Realmente, es insólito verlo así, pero, en cierto sentido, las ramas se abandonan al cuidado del árbol. Deben confiar en él; no tienen más remedio. Deben confiar en que, aun así, desnudas, expuestas, sin nada que alimentar, recibirán sin embargo su propio alimento, y seguirán vivas; se recuperarán.

Cuando tenemos a alguien que nos cuide, padecer una enfermedad leve puede ser una lección; nos recogemos, nos aovillamos, yacemos y sencillamente dejamos que esa persona nos cuide. Hace falta, para ello, ser humilde. Pero, al mismo tiempo, si se tiene la fortuna de tener a alguien que se preocupe por nosotros, sentimos su amor con más intensidad; sentimos cómo podemos depender totalmente de ellos, y sencillamente volver al estadio en el que llegamos al mundo en primer lugar: al desvalimiento.

Se pueden hacer muchas cosas cuando no se puede hacer absolutamente nada. Uno puede aprender a estar, o puede recordarlo, porque es una de las pocas cosas que nacemos sabiendo. Muchas veces, cuando tenemos la gripe, realmente no podemos hacer nada más que estar tumbados. Cuando estamos despiertos y conscientes, la verdad, no nos apetece hacer ninguna otra cosa. Uno puede aprender, recordar cómo se siente el cuerpo, lo suficiente que es estar tumbado sintiéndose dentro de su cuerpo; cómo basta eso para colmarnos, y cómo no hay ninguna dicha comparable al alivio del descanso para un cuerpo enervado.

El tiempo se expande, se dilata; los segundos se malean, se licúan y, también ellos, regresan a su estado original, a su auténtico estado: no son tiempo que pasa, sino una quietud, un estatismo, un sencillo acompañamiento. No pensamos en términos de horas, mañanas, tardes, noches; no nos preocupamos del segmento del día que sea, ni, mucho menos, de cómo lo llamamos convencionalmente. Todo se vuelve lánguido, suave, indivisible. Todo vuelve a su estado natural. Vemos el sol desplazarse, recorrer diferentes puntos en el firmamento; la luz adquiere crecientes o menguantes intensidades, pero nada de eso tiene ningún significado especial, más allá de lo que es, puramente lo que vemos: la luz es luz, el sol es sol, no significa nada más; la hora es ahora, nunca es tarde ni temprano, nunca es hora de hacer eso ni esto otro, nunca hora de comer, de levantarse, del café de la mañana o del de la tarde, de salir del trabajo, de reunirnos con no sé quién, de acudir a tal o cual compromiso, de cenar. El cuerpo es el que dicta el tiempo; es el tiempo de la naturaleza, de la vida.

Y el cuerpo, al final, después de este proceso, sana. Entonces, todo vuelve a su lugar, adquiere otra vez su vieja y familiar consistencia, cosa que, todo sea dicho, nos alivia un tanto; ese estado a medio camino entre la vigilia y el sueño, de contornos tan equívocos, puede llegar a confundir, porque es un poco como la infancia, y ya se sabe que en la infancia ningún límite está perfectamente delimitado.

El mundo de la salud es maravilloso, pero es el mundo de los adultos; es un mundo concreto, lleno de palabras, nombres, quehaceres, momentos parcelados, cada uno con su función.

El mundo de la convalecencia, por el contrario, es un mundo pausado, fuera del mundo de la civilización; un mundo donde, aunque postrados, podemos ser extrañamente dichosos.

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