Archivo mensual: agosto 2012

Aventura

Algunas veces, se abren puertas que no veíamos. No es que entremos por nuestro propio pie; más bien caemos por ellas. Son trampillas, y son diminutivas porque se nos empuja a ellas por una buena razón.

Caemos, como Alicia hacia el País de las Maravillas. Porque esas cosas existen de verdad.

Siempre estamos necesitados de aventura; pero no ésa que uno busca, no ésa que uno mal llama así, no ésa que se planifica. La aventura de verdad no se planea, no se busca; somos hallados, interceptados por ella. Caemos en ella; nos envuelve y nos abraza.

No tiene nada que ver con lo que nosotros teníamos en mente; porque la aventura, la sorpresa, nunca pasa por la mente. Eso es para los días, las horas. Es el mismo mecanismo; es la misma noria.

De repente, por ese camino intransitado, el camino que está siempre allí y que es imposible de ver desde aquí, se oyen y se sienten los ecos del engranaje de la vida.

Puede que sea un camino que uno nunca imaginó; que su arranque sea oscuro e irregular

y que nos parezca demasiado oscuro, intimidante

Puede que hasta nos dé un poco de miedo

no ver, no pensar…

… no poder pensar, no tener nada conocido a lo que el raciocinio pueda hincarle los dientes.

Y nos sentiremos confundidos, mareados, zarandeados… ¡No lo vemos claro!

Pero, por un momento, vislumbramos algo, o a alguien. Sí; está ahí, no muy lejos, no tan lejos como nos pareció… No estamos solos

¡Sí, ahí está! Es alguien que se está entrenando para una media maratón; o un paseante casual, como nosotros; o alguien que tenía aquella caminata, aquel día y a aquella hora, previstos y apuntados en su agenda, señalados en su despertador. Ellos están ahí, en este mismo momento, junto con nosotros; ellos lo ignoran, pero la cercanía supone más para nosotros que para ellos; porque este momento no lo estamos compartiendo, porque para ellos no significa casi nada, pero para nosotros, es algo nuevo.

O quizá es un casero con su transistor a todo volumen. ¿Qué más da? ¡Aquí cabemos todos! No hace falta que nos peleemos por el espacio, ni que sintamos ninguna ansiedad. ¿Qué importa qué opiniones tengas tú, cuál sea tu programa favorito, a quién hayas votado en las pasadas elecciones? Por cierto, ¿la tele? ¿Elecciones? ¿Qué es todo eso? (Sin duda, algo que existe en este allí de ahora, no en el aquí que, dentro de unos instantes, habremos abandonado ya, a nuestro pesar.) Ahora, ese casero es de Cheshire, y me jugaría lo que fuera a que… sí, nos sonríe.

Así que seguimos caminando. Y en lo que tarda en pasar un segundo en el reloj, nos vemos arrojados a una situación completamente nueva, inaudita…

Un cruce de caminos aparente, puede ser… Luce el sol; él nos guía ahora. El casero de Cheshire ya no está; se ha esfumado. Podemos seguir sin ayuda. ¡Ya lo tenemos!

Una sorpresa más nos aguarda… de repente, lo feo, lo desvencijado, incluso lo triste (sí, sí, lo que de ordinario nos parece triste y alguna vez, dicen, hasta nos ha hecho llorar)

nos revela, generosamente, bondadosamente, su auténtica esencia: su belleza.

Y entonces, al seguir aún un poco más, descubrimos que estamos rodeados de ella (de belleza)

por

todas

partes e innegablemente:

sin concesiones.

¿Qué sería de nosotros sin esos ataques de vida, sin esos momentos en los que todo se paraliza, en los que la mente se congela y no nos estorba más?

Volvemos a ser niños, intensamente vivos, aquí y ahora, solamente aquí y ahora.

De forma tal, que, al ponerlo por escrito, se estropea; no es igual, no es tan bonito como cuando estabas allí. ¿Cómo puede nunca ser igual?

¿Qué otra cosa existe verdaderamente que no sea ese silencio? ¿Que no sea esa paz?

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Change

Isn’t it always the others whom it’s different for?

Yes, it is. Never for us; because we’re too deep inside us, too entrenched with ourselves. Therefore we don’t see what is being carried out in and through us. We don’t notice the river that pushes us further and beyond, to the point where the whole scenery has changed and we no longer remember where we started out, what it used to feel like. We only vaguely remember and retain the scent of the old flowers. Now, both our old self and the old flowers are dead.

I got it, though: it is change that really scares us, not death. Death only scares us as the ultimate form of change. It is not the sure fact of our disappearance that bothers us; not being here is nothing new; we experience that every night and, more and more, every day. It is just not being sure we will be ourselves until the end, and not being able to assure, never really being able to assure the permanence of anything or anyone that makes up our world. It becomes apparent that, one day, all that makes sense will have vanished, including our own sense of memory, our own vague recollections of the scent of the old flowers. That is the most important thing of our whole life; it is, perhaps, the only meaning we will ever find to life. And what will be the joy of being alive in a life we are no longer able to begin to grasp, even as minimally as we ever get to do?

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Inteligentes

En realidad, los teléfonos inteligentes lo son más de lo que quisiéramos: despilfarran energía en funciones que no necesitamos para nada y hay que mantenerlos continuamente, recargarlos, vigilarlos y mimarlos como si fueran mascotas egoístas y absorbentes.

Los no inteligentes somos nosotros, que los compramos alegremente (pensando, encima, ilusos de nosotros, que nos los regalan, ¡ja!, ¡como si no pagáramos luego en incómodos y abusivos plazos mensuales el telefonito de marras y una plusvalía porque sí!), encaprichados del último grito, y es el mismo grito de siempre, el que dice “¡inocente, inocente!” o “¡tengo unas estampitas…!”

Pero que cada uno se compre (o pique con) lo que quiera. Yo, hasta aquí. Los aparatos para mejor conectarnos e interactuar entre nosotros -todos juntos y revueltos- son buenos hasta cierto límite; a partir de ahí, en el fondo, sólo aportan una complejidad complicada a la vida de una persona más o menos funcional y normal. Y la vida útil de los teléfonos móviles es, de fábrica, más corta y programada para durar menos cuanto menos tiene el aparato en cuestión de teléfono, lo tengo comprobado. Un modelo viejo, de unos cinco años de antigüedad, aguanta sin recargar varias veces más que uno nuevo. Luego está esa nueva esclavitud -que, como toda modalidad de esclavitud capitalista, es totalmente voluntaria- vertebrada por los contratos a perpetuidad y los compromisos de permanencia. De aquí a la eternidad. Es lo mismo que vender tu alma al diablo. O casi, porque, a diferencia de los contratos con el maligno, aquí sí hay lugar para el arrepentimiento, compensación pecuniaria de por medio (como si no te hubieran chupado bastante sangre ya…). O sea, que, como yo, puede uno decir basta, hacer las maletas y pedir la separación de los bienes que queden.

Sin embargo, vuelvo a decir… nadie nos obliga. Somos nosotros, con nuestra propia estupidez, ceguera consumista, ansia de poseer y afán por no quedarnos atrás (¿en el camino adónde?), quienes buscamos las trampas en las que al final nos dejamos caer. Que nadie diga que nos empujaron.

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Gripe

Friedrich enfermó.

Estaba solo en su cuarto, arropado en la suave embriaguez de la fiebre y, por vez primera, acariciado por la soledad. Hasta entonces sólo había conocido su cruel fidelidad y su duro mutismo. Pero ahora pudo conocer su tierna amistad y escuchar la plácida melodía de su voz (…). Por primera vez en su vida supo lo que era la enfermedad, la benéfica presión de sus delicadas manos, la sensación maravillosa y falaz de poder ponese en pie y no querer levantarse del lecho, la capacidad de estar echado y de flotar al mismo tiempo, la fuerza que emerge del abandono -como la gracia de la desventura- y ese diálogo mudo con el cielo que, gris y vasto, llenaba la ventana del cuarto superior: el cielo, único visitante del mundo exterior.

Joseph Roth -“El profeta mudo”

En su día, después de convalecer de una pequeña gripe, escribí (hace años) sobre esa misma sensación, incomprensible para nuestra mente racional, que consiste en amar la propia convalecencia; en amar, sí, la enfermedad.

Hay algo sumamente reconfortante en el hecho de estar enfermos y habernos caído del ritmo endiablado de la vida cotidiana. Pero, más allá aún de ese sentido puramente superficial y fácilmente entendible de la convalecencia (ruptura con un ritmo de vida actual que puede llegar a agobiarnos), hay algo más profundo, un sentido más global en esa querencia que podemos sentir, sin racionalizar, hacia la postración, la pérdida de nuestras fuerzas, de nuestra energía.

Quizá así podemos ponernos por un momento en la piel de esa delicada hoja que es desprendida por el árbol; o, mejor aún, en la de la rama del árbol que, sin ser desprendida por él, debe, en cambio, resignarse a desprenderse de sus hojas.

Realmente, es insólito verlo así, pero, en cierto sentido, las ramas se abandonan al cuidado del árbol. Deben confiar en él; no tienen más remedio. Deben confiar en que, aun así, desnudas, expuestas, sin nada que alimentar, recibirán sin embargo su propio alimento, y seguirán vivas; se recuperarán.

Cuando tenemos a alguien que nos cuide, padecer una enfermedad leve puede ser una lección; nos recogemos, nos aovillamos, yacemos y sencillamente dejamos que esa persona nos cuide. Hace falta, para ello, ser humilde. Pero, al mismo tiempo, si se tiene la fortuna de tener a alguien que se preocupe por nosotros, sentimos su amor con más intensidad; sentimos cómo podemos depender totalmente de ellos, y sencillamente volver al estadio en el que llegamos al mundo en primer lugar: al desvalimiento.

Se pueden hacer muchas cosas cuando no se puede hacer absolutamente nada. Uno puede aprender a estar, o puede recordarlo, porque es una de las pocas cosas que nacemos sabiendo. Muchas veces, cuando tenemos la gripe, realmente no podemos hacer nada más que estar tumbados. Cuando estamos despiertos y conscientes, la verdad, no nos apetece hacer ninguna otra cosa. Uno puede aprender, recordar cómo se siente el cuerpo, lo suficiente que es estar tumbado sintiéndose dentro de su cuerpo; cómo basta eso para colmarnos, y cómo no hay ninguna dicha comparable al alivio del descanso para un cuerpo enervado.

El tiempo se expande, se dilata; los segundos se malean, se licúan y, también ellos, regresan a su estado original, a su auténtico estado: no son tiempo que pasa, sino una quietud, un estatismo, un sencillo acompañamiento. No pensamos en términos de horas, mañanas, tardes, noches; no nos preocupamos del segmento del día que sea, ni, mucho menos, de cómo lo llamamos convencionalmente. Todo se vuelve lánguido, suave, indivisible. Todo vuelve a su estado natural. Vemos el sol desplazarse, recorrer diferentes puntos en el firmamento; la luz adquiere crecientes o menguantes intensidades, pero nada de eso tiene ningún significado especial, más allá de lo que es, puramente lo que vemos: la luz es luz, el sol es sol, no significa nada más; la hora es ahora, nunca es tarde ni temprano, nunca es hora de hacer eso ni esto otro, nunca hora de comer, de levantarse, del café de la mañana o del de la tarde, de salir del trabajo, de reunirnos con no sé quién, de acudir a tal o cual compromiso, de cenar. El cuerpo es el que dicta el tiempo; es el tiempo de la naturaleza, de la vida.

Y el cuerpo, al final, después de este proceso, sana. Entonces, todo vuelve a su lugar, adquiere otra vez su vieja y familiar consistencia, cosa que, todo sea dicho, nos alivia un tanto; ese estado a medio camino entre la vigilia y el sueño, de contornos tan equívocos, puede llegar a confundir, porque es un poco como la infancia, y ya se sabe que en la infancia ningún límite está perfectamente delimitado.

El mundo de la salud es maravilloso, pero es el mundo de los adultos; es un mundo concreto, lleno de palabras, nombres, quehaceres, momentos parcelados, cada uno con su función.

El mundo de la convalecencia, por el contrario, es un mundo pausado, fuera del mundo de la civilización; un mundo donde, aunque postrados, podemos ser extrañamente dichosos.

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Life goes on, it does go on.

And yes, God bless the little boys sitting on the edge of the field,

their feet still dangling, their mouths still smiling

openly, with nothing to hide back.

They make me forget the years, the tears.

They make me remember me, when I was I.

They don’t know that they will one day be who I am now, when I am again far from here, from this other self.

They, too, will forget,

they, too, will smile less, when their feet touch the ground,

they, too, will overlook the little children of the wide smiles, with only a day to live but as long as a millennium.

Where will they be then? Where will we all be?

Where are we doomed to be, us, the people of no tears, the people with too little time for sadness,

the indecent ones who would rather have a frown than a tear?

Who will forgive us? Who will claim us as His creatures?

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