Juicios, prejuicios y viceversa

Pues parece que sí, que al final se canceló el segundo show o bolo que iban a protagonizar en Mondragón dos ex protagonistas de cierto conocido programa de hombres, mujeres y tal. No sé cuál es el motivo real -he oído varias hipótesis-, pero, al menos en parte, me lo puedo imaginar.

Tampoco estuve la semana pasada, cuando la estrella invitada era otro conocido del programa, pero me contaban que se reunieron allí unas 20 personas mayores de edad y, aparte, un grupo de chavalitas de 12 ó 13 años. Ignoro el desenlace de la espera y si finalmente los fans o curiosos recibieron el premio a su paciencia, pues, si hubo tal bolo, empezó con al menos 45 minutos de retraso.

Con esos mimbres, como digo, ya me puedo imaginar cuál puede haber sido un trocito de la razón que llevó a cancelar el segundo espectáculo.

No será por falta de interés, desde luego. Quien juzgue, primero, lo conocido que sea el programa aquí y, segundo, su grado de aceptación por el número de asistentes aquel día -supongamos que fueran unos 30- y en Mondragón, precisamente, se equivocará de medio a medio. Pues hasta la gente que se posiciona total y frontalmente en contra de ese programa y de todos sus frutos corolarios -esgrimiendo, no pocos de ellos, razones de índole moral, nada menos- lo conoce, y, quien más, quien menos, todos ellos saben de qué va, en qué cadena se emite y qué tipo de contenidos ofrece.

Cuando los protagonistas y ex protagonistas de dicho espacio se han prodigado por otros lares, han atraído a multitudes (estoy hablando de miles de personas). Y, dado que en Mondragón y localidades semejantes y próximas también se ve, y mucho, ¿por qué aquí no?

Pues tengo para mí que tiene mucho que ver con los prejuicios, la vergüenza y sabernos o sentirnos constantemente observados, juzgados y presionados por el saint mary mead vasco que nos rodea y en el que vivimos. Se invocan incluso principios morales (¡toma ya!) para juzgar el programa en sí y, por extensión y por contacto, a la masa anónima y amorfa de sus televidentes. La masa no es nadie en concreto, así que es muy fácil generalizar y atribuirle rasgos positivos o negativos a lo que no es nada ni nadie, a algo sin nombre ni rostro. Así es como juzgamos tan fácilmente y tan a la ligera.

Sabiendo todo eso, deduzco que debió de haber mucha gente que quiso ir, o habría querido ir, o le habría gustado, o se lo habría planteado, pero renunció, o directamente le pareció un atentado a su propio buen nombre y su honra (curiosamente, hoy día están muy vigentes conceptos tan típicamente españoles, tan castizos, tan muchas veces laureados y cantados por magníficos escritores y poetas: ¡la honra, ni más ni menos!).

Pues yo también veo ese dichoso programa de vez en cuando. No mucho, porque mi día a día, mis horarios habituales no me lo permiten; pero sí, lo veo algunas veces, y me divierte, me entretiene y me hace pasar un rato sin cargarme la cabeza con el pesimismo al que me inducen diariamente las noticias cotidianas de 99 de cada 100 medios de comunicación, por ejemplo; eso sin contar con los sinsabores propios de la vida cotidiana, que, afortunadamente, no suelen ser cañonazos directos a la línea de defensa, pero sí perdigonazos que duelen lo suyo, gracias.

Que sí, que lo que hacen, dicen y transmiten en ese programa es de lo peorcito; que no fomentan ni la educación, ni la humildad, ni el trabajo, ni la responsabilidad, ni el amor por la lectura, ni la equidad, ni la igualdad de sexos, ni otras muchas cosas positivas y edificantes. Que, probablemente, fomentan todo lo contrario. Que sí, que es un programa lleno de comportamientos machistas totalmente asquerosos y reprobables (aunque éstos no son sino un reflejo de la sociedad en la que vivimos, machista como otra cualquiera; el machismo que sufre una mujer participante en ese show no es peor que el de una trabajadora que percibe un salario menor que un compañero varón sin otro motivo que su sexo, por ejemplo; así que, ¿de qué nos escandalizamos?). Y que, por eso, me parece fatal que lo programen en horario infantil, y que debería ir derechito a la franja nocturna sólo para adultos. Porque, precisamente, a los adultos se les presupone madurez y capacidad crítica suficientes para inmunizarse contra toda esa carga perniciosa. Se les presupone un bagaje educativo y cultural (y me refiero a cultura antropológica y social, no sólo literaria o humanística) y, por tanto, una conciencia crítica fuerte, capaz de filtrar lo malo y quedarse con lo positivo.

Igual todo eso es mucho presuponer. Pero eso ya no es problema mío.

Tampoco es problema de quienes sí disfrutamos esos contenidos y tenemos derecho a que no se nos juzgue por ello. Nadie tiene que demostrar nada. Quien se arrogue el derecho de juzgar moralmente a un semejante por un hábito o un pequeño modelo de comportamiento está cometiendo un grave error. Así es como se cae en las generalizaciones, las cuales crean prejuicios, tópicos y malentendidos, y éstos, aversiones y separaciones entre personas.

Todo esto nos recuerda la lección importante: que no hay nada como ser auténtico, porque la autenticidad (que es lo mismo que decir la individualidad) es lo contrario al tópico, al prejuicio, a la generalización, a la creación artificial e interesada de grupos, bandos, comunidades, sectas, equipos y demás. Quienes gustan de maniqueísmos y generalizaciones temen lo individualizado, lo característico, porque no pueden ponerle su etiqueta y meterlo en su carpetita para archivarlo y tenerlo bajo control.

Otra cosa es que lo que vemos en la tele nos parezca reprobable, que puede serlo, y mucho. Pero el arte imita la vida; en este caso, la televisión es el reflejo -intensificado y condensado, pero reflejo- de la sociedad en la que existe.

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