La cultura es gratis

En un día muy reciente, en estos tiempos de sangre, sudor y lágrimas, hay quien, desde una posición ventajosa sobre la opinión pública, ha afirmado que, debido a la situación económica cada vez peor de la mayoría de los españoles, la cultura se está convirtiendo en un lujo.

Ésas fueron las palabras. Esa persona, alguien que goza de fama y dinero y, por tanto, no pertenece a las clases medias y bajas a las que parecía querer adoctrinar y convencer, no dijo “los productos de la industria cultural”, ni “los libros, los discos, las entradas de cine y los libros electrónicos”, ni nada parecido, no; dijo eso, “la cultura”. ¡Nada menos! ¡Y se quedó tan ancho!

Me pregunto a cuánta gente le chirriaron los oídos y el cerebro cuando oyó tan lapidaria sentencia. Igual nos hemos acostumbrado a hablar de ciertas cosas como si fueran mercancía. A lo mejor, tanto vivir y pensar en términos de compraventa nos ha pasado factura y nos ha dejado encallecido el cerebro. Quizá hemos acabado pensando en la cultura como algo que se puede comprar y vender, y, por tanto, es susceptible de convertirse en lujo. Lo cual implica esto otro: que la cultura puede ser un distintivo de clase, una forma de discriminar a las personas según su poder adquisitivo.

Pero me rebelo, me resisto a creerlo así. Porque todavía hemos de ser, debemos de ser mayoría los que, no disfrutando de un tren de vida como el del señor que afirmó lo antedicho, tenemos un presupuesto limitado para gastar en productos de la industria cultural, y no por eso nos cortamos a la hora de leer todos los libros que queramos, navegar por Internet e informarnos de lo que queramos y adquirir toda la culturilla a la que nuestra curiosidad y nuestra inquietud nos impulsen. Y eso, porque, gracias a Dios, existen las bibliotecas públicas, existen las tarifas planas para conectarse y, en su defecto, muchos lugares preparados para que cualquiera pueda navegar a coste nulo o muy modesto; existen periódicos on-line y también todo tipo de prensa disponible en lugares públicos; existen libros escolares, enciclopedias, material de consulta, todo gratuito o casi; existe, además, una oferta televisiva, no diré que amplísima, pero sí bastante variada, de reportajes, documentales, programas divulgativos y didácticos para todas las edades y sobre todo tipo de temas. Y no sé de nadie que no tenga acceso a la tele, ya sea en su formato habitual de monitor de televisión o en emisión digital.

Nada de eso es un lujo para la inmensa mayoría del pueblo, a día de hoy.

Y, antes de que existiera la televisión en España, antes de todas las trifulcas y contubernios propagandísticos e interesados, de todas las pugnas por el poder y por los arengamientos insinceros al pueblo, antes que todo eso existía, afortunadamente, la letra impresa, vehículo de ideas y, sí, de cultura. Y, aun antes que esa, existía la narración oral, la literatura no escrita; literatura que, como la de hoy, como la de siempre, se nutría de la sabiduría de otros seres humanos que, a su vez, quisieron transmitirla a través de relatos, de crónicas, de narraciones totalmente fieles a los hechos o levemente retocadas, metáforas que, a fin de cuentas, venían a contar la misma verdad. Es eso, el saber humano transmutado en prosa o poesía y transmitido de persona a persona, de padres a hijos, de abuelos a nietos; es eso, señor mío, lo que llamamos cultura, y no lo que usted pretende que sea: productos de una industria concreta, creados con el fin de recaudar beneficios pecuniarios. Los productos llamados culturales no tienen nada que ver con la cultura.

Esa cultura siempre nos ha rodeado y ha estado ahí para quien quisiera cogerla. Ha estado al alcance hasta de los más pobres, de los perdedores de la Guerra Civil española, de los miembros de las familias republicanas, de los niños que nacieron en la posguerra y que no pudieron ir a la escuela o continuar sus estudios más allá de un nivel rudimentario; también de los padres de esos niños, cuya escolarización fue aún más rudimentaria a causa de la guerra y que, a pesar de todo, pudieron seguir y, muchos, siguieron alimentándose a manos llenas de ese caudal de cultura. Porque, incluso para el que no tenga un mal libro que llevarse a las manos y a los ojos, hay algo todavía más importante y más fuerte que el amor a la lectura: la curiosidad, el afán por saber, por entender la vida y el mundo; el pequeño vértigo que nos cosquillea la boca del estómago cuando miramos alrededor y nos maravillamos, o nos asustamos, o nos admiramos de lo que vemos, y queremos saber más, queremos comprender mejor, queremos crecer; y, entonces, preguntamos al que está al lado, porque quizá sepa; y charlamos; y aprendemos.

El día que eso tenga precio y sea un lujo, ese día se habrá acabado el mundo tal y como merece la pena, tal y como, a pesar de todo, sigue siendo hermoso.

P.D.: Por si no hubiera quedado bastante claro, señor Bardem y demás señores a los que se ha (mal) dado en llamar representantes de la cultura: no vamos a pagar precios abusivos y desproporcionados por ver sus películas, por leer sus libros y sus artículos, por asistir a sus obras de teatro y a sus escasos conciertos ni por comprar las canciones que ustedes producen. En suma, no estamos dispuestos a seguir manteniéndolos a ustedes a cambio de precios injustificados más de lo que estamos dispuestos a pagar por el aire que respiramos.

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