Cuerpo

“Vuélcate en tu interior y escucha a tu cuerpo, porque tu cuerpo jamás te mentirá. Tu mente te engañará, pero lo que sientes en el corazón, en las entrañas, es la verdad”.

Miguel Ruiz

“Disfruta de tu cuerpo, úsalo de todas las maneras posibles. No le tengas miedo, ni temas lo que otros puedan pensar de él. Es el instrumento más grandioso que jamás tendrás”.

Atribuido a Kurt Vonnegut

La semana pasada vi The amazing Spider-man, título en el que se ha no-traducido el original en inglés, en lugar de retitularlo El asombroso Spider-man o algo así (ya nadie lo llama “hombre araña”). En fin, ya ni siquiera me duelo por esas muestras de falta de ambición y de ganas de hacer un esfuerzo mental. A lo que iba. Hay dos cosas que me gustaron especialmente de esta peli. Una fue descubrir que, en efecto y tal como, presa de nostálgica emoción, informé puntualmente en mi twitter, C. Thomas Howell, alias Ponyboy, está, en efecto, vivo y en buena forma, y sigue trabajando como actor; al menos, esta vez así lo ha hecho. Además, su papel era el de mero ser humano decente y con nobleza corriéndole por las venas y por el corazón, lo cual ya es mucho.

La otra cosa que me gustó, y fue lo que más, es la secuencia (en realidad, varias, pero especialmente una) en la que el protagonista, Peter Parker, descubre que ha sido dotado de fuerza, velocidad, resistencia, reflejos y agilidad supernaturales por obra y gracia de la picadura de una araña transgénica (o algo así). En suma, está redescubriendo su propio cuerpo y las posibilidades que éste le brinda.

En esta secuencia tan de mi gusto, vemos cómo el joven Peter, ya dominando mejor todas esas facultades, aprendiendo a manejarlas él, en lugar de quedar desbordado por ellas (algo muy parecido al proceso, éste sí, muy real, por el que pasa el bebé y el niño pequeño a medida que descubre y aprende a controlar y dominar su capacidad para andar, para hablar, para correr, para asir objetos, para invocar, para jugar), da rienda suelta a su puro entusiasmo vital y, a salvo de miradas extrañas, en una apartada nave reconvertida en pista de patinaje, salta, bota, se cuelga de cadenas y vigas, vuela de un lado a otro, da volteretas, hace piruetas y, en suma, estalla de pura alegría, de dicha absoluta, simplemente porque está vivo y porque tiene un cuerpo, que es el que le permite gozar de esa vida y de todos sus inacabables placeres: la respiración de aire limpio, gratuito, conmovedoramente liviano, alimento de nuestro cuerpo; burlar por unos segundos la ley de la gravedad y las demás leyes de la naturaleza; jugar con esas leyes, dejándose voltear, acunar, alzar y recoger por ellas; pisar y patear la tierra, sabiendo sin lugar a dudas que ésta, incondicionalmente, siempre responderá, siempre estará ahí, quieta, para darle puerto seguro; oír sus propios jadeos fruto del esfuerzo, su risa espontánea; ver la luz del sol, en rápida sucesión de momentos que lo encadenan con la noche, y el limpio frescor y descanso que con ella vienen…

La tradición de la iglesia católica -que no de las enseñanzas de Jesucristo- nos inculcó no sólo la indiferencia hacia el cuerpo, sino, aún peor, el odio al cuerpo, la condena del cuerpo, que, según esa tradición, es nuestro enemigo, nos tienta y es hogar y patio de juegos del diablo. Otras escuelas de pensamiento espiritual afirman que el cuerpo es bueno, pero que no es quien somos nosotros. Yo, personalmente y tan a ciegas como el que más, me niego tanto a condenar mi cuerpo como a mantenerme alejada de él. Mi camino, mi destino, sólo puede ir de la mano de mi cuerpo. Si no fuera por mi cuerpo, ¿cómo podría vivir? ¿Cómo podría experimentar la vida? ¿Cómo podría recorrer mi camino espiritual, cómo podría hacer este viaje?

Resulta extraño que la maduración (que no la madurez, porque no he llegado aún hasta ella) de mi persona me haya traído a respetar, a amar mi cuerpo, mi yo físico, pero no sólo a eso, sino a sentir, cada vez con más fuerza y convicción, que cuerpo, mente y espíritu son una sola cosa, que no son siquiera expresiones diferentes, sino sólo nuestra forma imperfecta de percibirnos a nosotros mismos como divididos en compartimentos. Es como si, al explorar una naranja, dijéramos que su tacto, su olor y su color son expresiones distintas de la misma cosa. ¡No, la cosa es una sola! Son nuestros distintos sentidos físicos los que nos dan una percepción incompleta.

Y, como dice don Miguel Ruiz, la mente engaña, pero el cuerpo, no. Cuando queremos saber qué sentimos acerca de algo, si queremos hacer algo o no, sólo tenemos que escuchar a nuestro cuerpo. El lenguaje corporal, las expresiones faciales, los gestos, los movimientos inconscientes, dicen la verdad. Y, sobre todo, las tripas, el estómago, nuestra maquinaria interior, las células de todo nuestro cuerpo, que se contraen o tiemblan cuando tienen miedo o sienten repulsión o nerviosismo, cuando se sienten amenazadas, y se relajan, se abren como flores, nos hablan, cantan con la vida, igual que diminutos hombres-araña, pero mucho más maravillosos y más poderosos aún que Peter Parker.

“Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo”

(Lucas 24, 39)

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s