Ni

¡Quién pudiera! Quién pudiera ser sinestésica para ver, oler, sentir de todas las formas posibles los sonidos de las palabras más hermosas. ¡Quién pudiera! Quién supiera de qué color son mar, pastel, helicriso, ostensible, sucumbir, quincalla, incardinar, somorgujo; si son suaves o ásperas, si evocan el sonido de un timbal o de un órgano.

¡Quién tuviera esos benditos cortocircuitos -dicen que son; yo no lo sé, porque no sé casi nada- cerebrales para poder navegar, bucear, ser transida por la realidad en todas esas combinaciones de formas!

Me gustaría saber qué cuerpo y textura tiene, en el maravilloso mundo de la sinestesia, la palabra “ni”. Es una palabra de la lengua vasca: sencillamente, el pronombre personal “yo”. Pero, de alguna forma y por alguna razón (que, seguramente, tiene su raíz, como todo lo demás, en la infancia), para mí, connota algo más que el mero denominarse a uno mismo.

Pensé en eso al ver la portada del libro para niños de hasta 6 años “Mamá y yo” (“Amatxo eta ni”) de Yasushi Muraki:

Amatxo eta ni

Seguramente es muy raro decir esto, pero creo que la combinación entre la ilustración, el concepto de madre protectora en el que (presumo) está basado el cuento, y el título no me habría producido el mismo efecto si lo hubiera leído en cualquier otra lengua.

Fíjense en lo pequeño que es el elefantito que representa al niño lector, y que habla a este último de su madre (que es un trasunto de la madre de todo niño). Y fíjense en la presentación del libro:

“¡Qué grande es mamá! Pero no sólo porque [el elefantito] es mucho más pequeño que ella. ¡Mamá es maravillosa! Es muy valiente, y lo protege de todo peligro, juega con él y le da los frutos más ricos. ¡Mamá siempre está ahí, dispuesta a ayudar!”

Y a eso hay que sumarle la ilustración de portada, con la madre grande y solícita y el pequeño elefante hijo; más que pequeño, diminuto, casi parece (irónicamente) un ratoncito; en el mundo ficticio de los animales humanizados, se le ve indefenso, necesitado de tutela y cuidados, de protección; estira la trompa, buscando a su madre. Pero no sólo lo hace en petición de amparo, sino también en señal de complicidad; el niño no es tonto, nada tonto; aunque no sepa llamarlo por su nombre, sabe ya qué es el amor incondicional. Y, por simplificarlo mucho, para sugerir todo eso viene de molde la palabra “ni”. Será por su vocál débil, por lo esmirriado de esas dos letras juntas, por la nasalidad de la “n”, que deja el sonido como a medio hacer, sin rotundidades, sin contornos rígidos que no dejan ya espacio a la flexibilidad -y también a la incertidumbre- propia de quien aún está creciendo.

Pido disculpas por sobreanalizar una sencilla ilustración hecha para niños de 6 años y menos. Pero ha pulsado en mí algún interruptor un poco enmohecido. Un interruptor un poco sinestésico; que, repito, es una facultad que me gustaría tener. Así sabría, no sólo si la palabra “ni” es de color rosa suave, como las mejillas de un bebé; también sabría qué se siente por los cinco sentidos al oír hablar de niños, al oírles a ellos balbucear o pronunciar sus primeras palabras, al oírles llamarnos por nuestro nombre, al oírles reír. En realidad, qué cosas, parece como si nunca hasta ahora me hubiera dado cuenta de lo diminutos que llegamos a ser, y somos, todos nosotros, cualquiera que sea la clase de persona en la que nos convirtamos después.

De pequeños, somos muy, muy pequeños y estamos absolutamente a merced del mundo, de las personas que nos rodean; y, sin embargo, casi todos los niños que tienen sus necesidades materiales cubiertas logran sobrevivir al peligroso mundo. La diferencia principal con quienes somos después, de mayores, es que entonces sólo esperábamos lo mejor; siempre, sólo, todo lo mejor. Y, muchas veces, es precisamente lo que obteníamos.

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