A distancia

Dicen que hay gente que cree en la generosidad ejercida sin sacrificio y a distancia, casi como si fuera un videojuego, pulsando un botón. Como quien llama por teléfono (celular, eso siempre) o cuelga la llamada.

Parece que hay aún muchos que creen ciega y sinceramente, seguro que con toda su buena voluntad, pero con una falta de realismo sorprendente, que basta teclear cuatro palabras desde su casa para dar de comer a un niño para todo el mes.

Hay gente que hace muchísimas cosas: comprar pulseras o camisetas, meter limosnas en cuentas corrientes, pintarse lemas o símbolos en los brazos y sacar fotos para publicarlas luego en Internet, hacer clic aquí, firmar allá, reenviar un mensaje a 100 personas o a 20 ó a 5, corear proclamas, rellenar solicitudes, escribir cartas o correos electrónicos pidiendo que se haga justicia o que no se cometa tal o cual injusticia y otras muchas acciones. Pero, en el 99% de los casos, esas acciones morirán antes que las (buenas) intenciones que les dieron vida. Y morirán porque no servirán para nada bueno ni útil. Quizá, marginalmente, para reforzar la autoestima de sus autores, y su confianza en la línea de acción que deben seguir para cambiar el mundo.

Hay gente que escribe cosas, que dice cosas. Hay gente que arenga a otra gente, de forma más o menos estentórea o visible, con más o menos medios. Hay gente que trata de convencer a otros; los hay -muchos- que hacen tal cosa con intereses espurios en su ánimo, no otros que utilizar a los demás como trampolín o como plataforma sobre la cual ponerse de pie y descollar sobre todo el resto del humilde mundo. Y los hay también que no; que, movidos por la alarmante falta de realismo que comentábamos antes, sencillamente creen que el mundo se puede cambiar con comodidad, con mayor o menor facilidad y sin meterse en él de hoz y coz.

Hay gente que escribe cosas: libros, manifiestos, cartas, mensajes de texto, poemas de espíritu más o menos abiertamente y ostensiblemente revolucionario, blogs. Ninguna de esas cosas, ninguna palabra de todas las antedichas servirá para mucho, a menos que vaya acompañada de acciones.

Todos querríamos ser así o de aquella otra manera, ser héroes, ser líderes; todos querríamos salvar a esa mujer, a ese hombre, proporcionar padres a ese niño, borrar su dolor, el de todos ellos. Todos querríamos hacer algo; y, en descargo de nuestra conciencia, lo hacemos… sin movernos.

Apagar la tele o el ordenador, quedar con los amigos, leer algo entretenido, comprarnos alguna chuchería que nos distraiga o nos ponga contentos un rato… todo eso es fácil, cómodo y divertido, y hace que esa mujer condenada a muerte, ese hombre mendicante, ese niño enfermo desaparezcan de nuestra vista.

¿Qué hace por los demás?
He colaborado 21 años con Unicef, he recorrido campamentos de refugiados por medio mundo, en un coche, con aire acondicionado, viendo niños desnutridos, y he querido parar pero no ha podido ser. Luego, al cabo de cuatro días, empiezas a despreocuparte.

Me sorprende su sinceridad.
Si tuviéramos todos mayor conciencia, no nos gastaríamos el dinero en porquerías, sino en alimentar al que se muere de hambre.

-Julio Iglesias, La Vanguardia, 2-7-2012

Mi teoría, en la cual creo firmemente y de la cual veo muy difícil ser apeada, es que no hacemos realmente nada por cambiar esas cosas porque no nos importan lo suficiente y, en el fondo de nuestro corazón, lo sabemos. No hay más que ver quiénes son la mayoría de quienes pasan a la acción ante un hecho cualquiera: normalmente, los afectados directos. Es cuando nos toca a cada uno de nosotros, con todas nuestras circunstancias, nuestra subjetividad y, con frecuencia, nuestro bolsillo cuando de verdad enarbolamos la bandera de la justicia y exigimos que se haga cumplir aquélla sobre nosotros, ofendidos.

Mientras eso no pase, el activismo a distancia ya nos va bien para acallar la voz de nuestra conciencia que, a pesar de todo, habla.

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