Salvavidas

Yo ahora lo adivino, y tú entonces aún no lo sabías,

pero cuando me leías, en aquellas tardes que para mí eran sólo tiempo

y para ti un recorrido cada vez más laborioso, estabas creando

en mí, con tantas palabras que yo aún no descifraba,

galerías y salas y balcones y despachos con fuego bajo,

jardines con templetes y rosas que nunca se podrían marchitar,

bibliotecas con estanterías desde la tierra hasta el cielo, cargadas de libros,

hermosas como árboles que sostienen el dulce peso del fruto maduro;

músicas más sutiles que las de todas las orquestas filarmónicas,

canciones cantadas desde el origen de los tiempos, con letras que conectan

con aun todos los mundos futuros que mis ojos no llegarían a ver;

versos y oraciones en miles de idiomas, entonaciones y códigos;

sinónimos y metáforas, retruécanos y calambures, pausas y silencios

en los que bailaban mariposas místicas en una lluvia de gotas de diamantes.

El cerebro pequeñito, todavía creciendo,

quedó sembrado de cadencias, intuiciones, encantamientos, mensajes secretos

que iban a germinar con el tiempo, con paciencia, con amor,

el amor que ya tenía un campo abierto, territorio libre para vivir y correr.

Tú entonces no lo sabías todavía, y para mí todo era aún como en los sueños,

pero con aquellas pacientes lecturas me enseñaste lo que necesitaría saber,

me enseñaste a nadar entre las olas que luego me habrían de embestir,

me diste lo necesario para salvarme la vida.

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