Archivo mensual: julio 2012

Juicios, prejuicios y viceversa

Pues parece que sí, que al final se canceló el segundo show o bolo que iban a protagonizar en Mondragón dos ex protagonistas de cierto conocido programa de hombres, mujeres y tal. No sé cuál es el motivo real -he oído varias hipótesis-, pero, al menos en parte, me lo puedo imaginar.

Tampoco estuve la semana pasada, cuando la estrella invitada era otro conocido del programa, pero me contaban que se reunieron allí unas 20 personas mayores de edad y, aparte, un grupo de chavalitas de 12 ó 13 años. Ignoro el desenlace de la espera y si finalmente los fans o curiosos recibieron el premio a su paciencia, pues, si hubo tal bolo, empezó con al menos 45 minutos de retraso.

Con esos mimbres, como digo, ya me puedo imaginar cuál puede haber sido un trocito de la razón que llevó a cancelar el segundo espectáculo.

No será por falta de interés, desde luego. Quien juzgue, primero, lo conocido que sea el programa aquí y, segundo, su grado de aceptación por el número de asistentes aquel día -supongamos que fueran unos 30- y en Mondragón, precisamente, se equivocará de medio a medio. Pues hasta la gente que se posiciona total y frontalmente en contra de ese programa y de todos sus frutos corolarios -esgrimiendo, no pocos de ellos, razones de índole moral, nada menos- lo conoce, y, quien más, quien menos, todos ellos saben de qué va, en qué cadena se emite y qué tipo de contenidos ofrece.

Cuando los protagonistas y ex protagonistas de dicho espacio se han prodigado por otros lares, han atraído a multitudes (estoy hablando de miles de personas). Y, dado que en Mondragón y localidades semejantes y próximas también se ve, y mucho, ¿por qué aquí no?

Pues tengo para mí que tiene mucho que ver con los prejuicios, la vergüenza y sabernos o sentirnos constantemente observados, juzgados y presionados por el saint mary mead vasco que nos rodea y en el que vivimos. Se invocan incluso principios morales (¡toma ya!) para juzgar el programa en sí y, por extensión y por contacto, a la masa anónima y amorfa de sus televidentes. La masa no es nadie en concreto, así que es muy fácil generalizar y atribuirle rasgos positivos o negativos a lo que no es nada ni nadie, a algo sin nombre ni rostro. Así es como juzgamos tan fácilmente y tan a la ligera.

Sabiendo todo eso, deduzco que debió de haber mucha gente que quiso ir, o habría querido ir, o le habría gustado, o se lo habría planteado, pero renunció, o directamente le pareció un atentado a su propio buen nombre y su honra (curiosamente, hoy día están muy vigentes conceptos tan típicamente españoles, tan castizos, tan muchas veces laureados y cantados por magníficos escritores y poetas: ¡la honra, ni más ni menos!).

Pues yo también veo ese dichoso programa de vez en cuando. No mucho, porque mi día a día, mis horarios habituales no me lo permiten; pero sí, lo veo algunas veces, y me divierte, me entretiene y me hace pasar un rato sin cargarme la cabeza con el pesimismo al que me inducen diariamente las noticias cotidianas de 99 de cada 100 medios de comunicación, por ejemplo; eso sin contar con los sinsabores propios de la vida cotidiana, que, afortunadamente, no suelen ser cañonazos directos a la línea de defensa, pero sí perdigonazos que duelen lo suyo, gracias.

Que sí, que lo que hacen, dicen y transmiten en ese programa es de lo peorcito; que no fomentan ni la educación, ni la humildad, ni el trabajo, ni la responsabilidad, ni el amor por la lectura, ni la equidad, ni la igualdad de sexos, ni otras muchas cosas positivas y edificantes. Que, probablemente, fomentan todo lo contrario. Que sí, que es un programa lleno de comportamientos machistas totalmente asquerosos y reprobables (aunque éstos no son sino un reflejo de la sociedad en la que vivimos, machista como otra cualquiera; el machismo que sufre una mujer participante en ese show no es peor que el de una trabajadora que percibe un salario menor que un compañero varón sin otro motivo que su sexo, por ejemplo; así que, ¿de qué nos escandalizamos?). Y que, por eso, me parece fatal que lo programen en horario infantil, y que debería ir derechito a la franja nocturna sólo para adultos. Porque, precisamente, a los adultos se les presupone madurez y capacidad crítica suficientes para inmunizarse contra toda esa carga perniciosa. Se les presupone un bagaje educativo y cultural (y me refiero a cultura antropológica y social, no sólo literaria o humanística) y, por tanto, una conciencia crítica fuerte, capaz de filtrar lo malo y quedarse con lo positivo.

Igual todo eso es mucho presuponer. Pero eso ya no es problema mío.

Tampoco es problema de quienes sí disfrutamos esos contenidos y tenemos derecho a que no se nos juzgue por ello. Nadie tiene que demostrar nada. Quien se arrogue el derecho de juzgar moralmente a un semejante por un hábito o un pequeño modelo de comportamiento está cometiendo un grave error. Así es como se cae en las generalizaciones, las cuales crean prejuicios, tópicos y malentendidos, y éstos, aversiones y separaciones entre personas.

Todo esto nos recuerda la lección importante: que no hay nada como ser auténtico, porque la autenticidad (que es lo mismo que decir la individualidad) es lo contrario al tópico, al prejuicio, a la generalización, a la creación artificial e interesada de grupos, bandos, comunidades, sectas, equipos y demás. Quienes gustan de maniqueísmos y generalizaciones temen lo individualizado, lo característico, porque no pueden ponerle su etiqueta y meterlo en su carpetita para archivarlo y tenerlo bajo control.

Otra cosa es que lo que vemos en la tele nos parezca reprobable, que puede serlo, y mucho. Pero el arte imita la vida; en este caso, la televisión es el reflejo -intensificado y condensado, pero reflejo- de la sociedad en la que existe.

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Búnker 43

El esqueleto del de aquí a 1.000 años ya está en pie:
superestructuras, unas de acero, otras de humo,
los puentes kilométricos de los suicidas aún por nacer,
el gene deficiente que hoy implantamos en el futuro de nuestros hijos.

Una soga eficaz al cuello de quienes lucharon por nosotros,
un prosaico nudo que remata al muerto y deja sin sentido su inmolación.

Lo que ellos sangraron, hoy se evapora
aprisionado entre los esbeltos muros de un maletín de dinero.
La mano que lo ase es la de quien, por la boca, escupe sin problemas
palabras del gusto de sus oyentes,
mentiras que ganan el corazón de los hijos de aquellos luchadores.

El progreso echa a andar sobre las ruedas engrasadas de las mentiras,
un porvenir más civilizado, aún humeantes los cadáveres de las lenguas que ya han muerto.

Porque una mentira es siempre una mentira, aunque la pronuncies
en las palabras de tu idioma circular, en el que te encierras y desde donde reinas;
y nunca es señor, siempre es sirviente de los mismos amos, ayer, hoy y mañana,
en el mundo de los suicidas que hoy son una ilusión de sus padres,
en el mundo de las lenguas muertas que hoy son tinta de papeles que arden.

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La cultura es gratis

En un día muy reciente, en estos tiempos de sangre, sudor y lágrimas, hay quien, desde una posición ventajosa sobre la opinión pública, ha afirmado que, debido a la situación económica cada vez peor de la mayoría de los españoles, la cultura se está convirtiendo en un lujo.

Ésas fueron las palabras. Esa persona, alguien que goza de fama y dinero y, por tanto, no pertenece a las clases medias y bajas a las que parecía querer adoctrinar y convencer, no dijo “los productos de la industria cultural”, ni “los libros, los discos, las entradas de cine y los libros electrónicos”, ni nada parecido, no; dijo eso, “la cultura”. ¡Nada menos! ¡Y se quedó tan ancho!

Me pregunto a cuánta gente le chirriaron los oídos y el cerebro cuando oyó tan lapidaria sentencia. Igual nos hemos acostumbrado a hablar de ciertas cosas como si fueran mercancía. A lo mejor, tanto vivir y pensar en términos de compraventa nos ha pasado factura y nos ha dejado encallecido el cerebro. Quizá hemos acabado pensando en la cultura como algo que se puede comprar y vender, y, por tanto, es susceptible de convertirse en lujo. Lo cual implica esto otro: que la cultura puede ser un distintivo de clase, una forma de discriminar a las personas según su poder adquisitivo.

Pero me rebelo, me resisto a creerlo así. Porque todavía hemos de ser, debemos de ser mayoría los que, no disfrutando de un tren de vida como el del señor que afirmó lo antedicho, tenemos un presupuesto limitado para gastar en productos de la industria cultural, y no por eso nos cortamos a la hora de leer todos los libros que queramos, navegar por Internet e informarnos de lo que queramos y adquirir toda la culturilla a la que nuestra curiosidad y nuestra inquietud nos impulsen. Y eso, porque, gracias a Dios, existen las bibliotecas públicas, existen las tarifas planas para conectarse y, en su defecto, muchos lugares preparados para que cualquiera pueda navegar a coste nulo o muy modesto; existen periódicos on-line y también todo tipo de prensa disponible en lugares públicos; existen libros escolares, enciclopedias, material de consulta, todo gratuito o casi; existe, además, una oferta televisiva, no diré que amplísima, pero sí bastante variada, de reportajes, documentales, programas divulgativos y didácticos para todas las edades y sobre todo tipo de temas. Y no sé de nadie que no tenga acceso a la tele, ya sea en su formato habitual de monitor de televisión o en emisión digital.

Nada de eso es un lujo para la inmensa mayoría del pueblo, a día de hoy.

Y, antes de que existiera la televisión en España, antes de todas las trifulcas y contubernios propagandísticos e interesados, de todas las pugnas por el poder y por los arengamientos insinceros al pueblo, antes que todo eso existía, afortunadamente, la letra impresa, vehículo de ideas y, sí, de cultura. Y, aun antes que esa, existía la narración oral, la literatura no escrita; literatura que, como la de hoy, como la de siempre, se nutría de la sabiduría de otros seres humanos que, a su vez, quisieron transmitirla a través de relatos, de crónicas, de narraciones totalmente fieles a los hechos o levemente retocadas, metáforas que, a fin de cuentas, venían a contar la misma verdad. Es eso, el saber humano transmutado en prosa o poesía y transmitido de persona a persona, de padres a hijos, de abuelos a nietos; es eso, señor mío, lo que llamamos cultura, y no lo que usted pretende que sea: productos de una industria concreta, creados con el fin de recaudar beneficios pecuniarios. Los productos llamados culturales no tienen nada que ver con la cultura.

Esa cultura siempre nos ha rodeado y ha estado ahí para quien quisiera cogerla. Ha estado al alcance hasta de los más pobres, de los perdedores de la Guerra Civil española, de los miembros de las familias republicanas, de los niños que nacieron en la posguerra y que no pudieron ir a la escuela o continuar sus estudios más allá de un nivel rudimentario; también de los padres de esos niños, cuya escolarización fue aún más rudimentaria a causa de la guerra y que, a pesar de todo, pudieron seguir y, muchos, siguieron alimentándose a manos llenas de ese caudal de cultura. Porque, incluso para el que no tenga un mal libro que llevarse a las manos y a los ojos, hay algo todavía más importante y más fuerte que el amor a la lectura: la curiosidad, el afán por saber, por entender la vida y el mundo; el pequeño vértigo que nos cosquillea la boca del estómago cuando miramos alrededor y nos maravillamos, o nos asustamos, o nos admiramos de lo que vemos, y queremos saber más, queremos comprender mejor, queremos crecer; y, entonces, preguntamos al que está al lado, porque quizá sepa; y charlamos; y aprendemos.

El día que eso tenga precio y sea un lujo, ese día se habrá acabado el mundo tal y como merece la pena, tal y como, a pesar de todo, sigue siendo hermoso.

P.D.: Por si no hubiera quedado bastante claro, señor Bardem y demás señores a los que se ha (mal) dado en llamar representantes de la cultura: no vamos a pagar precios abusivos y desproporcionados por ver sus películas, por leer sus libros y sus artículos, por asistir a sus obras de teatro y a sus escasos conciertos ni por comprar las canciones que ustedes producen. En suma, no estamos dispuestos a seguir manteniéndolos a ustedes a cambio de precios injustificados más de lo que estamos dispuestos a pagar por el aire que respiramos.

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Cuerpo

“Vuélcate en tu interior y escucha a tu cuerpo, porque tu cuerpo jamás te mentirá. Tu mente te engañará, pero lo que sientes en el corazón, en las entrañas, es la verdad”.

Miguel Ruiz

“Disfruta de tu cuerpo, úsalo de todas las maneras posibles. No le tengas miedo, ni temas lo que otros puedan pensar de él. Es el instrumento más grandioso que jamás tendrás”.

Atribuido a Kurt Vonnegut

La semana pasada vi The amazing Spider-man, título en el que se ha no-traducido el original en inglés, en lugar de retitularlo El asombroso Spider-man o algo así (ya nadie lo llama “hombre araña”). En fin, ya ni siquiera me duelo por esas muestras de falta de ambición y de ganas de hacer un esfuerzo mental. A lo que iba. Hay dos cosas que me gustaron especialmente de esta peli. Una fue descubrir que, en efecto y tal como, presa de nostálgica emoción, informé puntualmente en mi twitter, C. Thomas Howell, alias Ponyboy, está, en efecto, vivo y en buena forma, y sigue trabajando como actor; al menos, esta vez así lo ha hecho. Además, su papel era el de mero ser humano decente y con nobleza corriéndole por las venas y por el corazón, lo cual ya es mucho.

La otra cosa que me gustó, y fue lo que más, es la secuencia (en realidad, varias, pero especialmente una) en la que el protagonista, Peter Parker, descubre que ha sido dotado de fuerza, velocidad, resistencia, reflejos y agilidad supernaturales por obra y gracia de la picadura de una araña transgénica (o algo así). En suma, está redescubriendo su propio cuerpo y las posibilidades que éste le brinda.

En esta secuencia tan de mi gusto, vemos cómo el joven Peter, ya dominando mejor todas esas facultades, aprendiendo a manejarlas él, en lugar de quedar desbordado por ellas (algo muy parecido al proceso, éste sí, muy real, por el que pasa el bebé y el niño pequeño a medida que descubre y aprende a controlar y dominar su capacidad para andar, para hablar, para correr, para asir objetos, para invocar, para jugar), da rienda suelta a su puro entusiasmo vital y, a salvo de miradas extrañas, en una apartada nave reconvertida en pista de patinaje, salta, bota, se cuelga de cadenas y vigas, vuela de un lado a otro, da volteretas, hace piruetas y, en suma, estalla de pura alegría, de dicha absoluta, simplemente porque está vivo y porque tiene un cuerpo, que es el que le permite gozar de esa vida y de todos sus inacabables placeres: la respiración de aire limpio, gratuito, conmovedoramente liviano, alimento de nuestro cuerpo; burlar por unos segundos la ley de la gravedad y las demás leyes de la naturaleza; jugar con esas leyes, dejándose voltear, acunar, alzar y recoger por ellas; pisar y patear la tierra, sabiendo sin lugar a dudas que ésta, incondicionalmente, siempre responderá, siempre estará ahí, quieta, para darle puerto seguro; oír sus propios jadeos fruto del esfuerzo, su risa espontánea; ver la luz del sol, en rápida sucesión de momentos que lo encadenan con la noche, y el limpio frescor y descanso que con ella vienen…

La tradición de la iglesia católica -que no de las enseñanzas de Jesucristo- nos inculcó no sólo la indiferencia hacia el cuerpo, sino, aún peor, el odio al cuerpo, la condena del cuerpo, que, según esa tradición, es nuestro enemigo, nos tienta y es hogar y patio de juegos del diablo. Otras escuelas de pensamiento espiritual afirman que el cuerpo es bueno, pero que no es quien somos nosotros. Yo, personalmente y tan a ciegas como el que más, me niego tanto a condenar mi cuerpo como a mantenerme alejada de él. Mi camino, mi destino, sólo puede ir de la mano de mi cuerpo. Si no fuera por mi cuerpo, ¿cómo podría vivir? ¿Cómo podría experimentar la vida? ¿Cómo podría recorrer mi camino espiritual, cómo podría hacer este viaje?

Resulta extraño que la maduración (que no la madurez, porque no he llegado aún hasta ella) de mi persona me haya traído a respetar, a amar mi cuerpo, mi yo físico, pero no sólo a eso, sino a sentir, cada vez con más fuerza y convicción, que cuerpo, mente y espíritu son una sola cosa, que no son siquiera expresiones diferentes, sino sólo nuestra forma imperfecta de percibirnos a nosotros mismos como divididos en compartimentos. Es como si, al explorar una naranja, dijéramos que su tacto, su olor y su color son expresiones distintas de la misma cosa. ¡No, la cosa es una sola! Son nuestros distintos sentidos físicos los que nos dan una percepción incompleta.

Y, como dice don Miguel Ruiz, la mente engaña, pero el cuerpo, no. Cuando queremos saber qué sentimos acerca de algo, si queremos hacer algo o no, sólo tenemos que escuchar a nuestro cuerpo. El lenguaje corporal, las expresiones faciales, los gestos, los movimientos inconscientes, dicen la verdad. Y, sobre todo, las tripas, el estómago, nuestra maquinaria interior, las células de todo nuestro cuerpo, que se contraen o tiemblan cuando tienen miedo o sienten repulsión o nerviosismo, cuando se sienten amenazadas, y se relajan, se abren como flores, nos hablan, cantan con la vida, igual que diminutos hombres-araña, pero mucho más maravillosos y más poderosos aún que Peter Parker.

“Mirad mis manos y mis pies; soy yo mismo”

(Lucas 24, 39)

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Ni

¡Quién pudiera! Quién pudiera ser sinestésica para ver, oler, sentir de todas las formas posibles los sonidos de las palabras más hermosas. ¡Quién pudiera! Quién supiera de qué color son mar, pastel, helicriso, ostensible, sucumbir, quincalla, incardinar, somorgujo; si son suaves o ásperas, si evocan el sonido de un timbal o de un órgano.

¡Quién tuviera esos benditos cortocircuitos -dicen que son; yo no lo sé, porque no sé casi nada- cerebrales para poder navegar, bucear, ser transida por la realidad en todas esas combinaciones de formas!

Me gustaría saber qué cuerpo y textura tiene, en el maravilloso mundo de la sinestesia, la palabra “ni”. Es una palabra de la lengua vasca: sencillamente, el pronombre personal “yo”. Pero, de alguna forma y por alguna razón (que, seguramente, tiene su raíz, como todo lo demás, en la infancia), para mí, connota algo más que el mero denominarse a uno mismo.

Pensé en eso al ver la portada del libro para niños de hasta 6 años “Mamá y yo” (“Amatxo eta ni”) de Yasushi Muraki:

Amatxo eta ni

Seguramente es muy raro decir esto, pero creo que la combinación entre la ilustración, el concepto de madre protectora en el que (presumo) está basado el cuento, y el título no me habría producido el mismo efecto si lo hubiera leído en cualquier otra lengua.

Fíjense en lo pequeño que es el elefantito que representa al niño lector, y que habla a este último de su madre (que es un trasunto de la madre de todo niño). Y fíjense en la presentación del libro:

“¡Qué grande es mamá! Pero no sólo porque [el elefantito] es mucho más pequeño que ella. ¡Mamá es maravillosa! Es muy valiente, y lo protege de todo peligro, juega con él y le da los frutos más ricos. ¡Mamá siempre está ahí, dispuesta a ayudar!”

Y a eso hay que sumarle la ilustración de portada, con la madre grande y solícita y el pequeño elefante hijo; más que pequeño, diminuto, casi parece (irónicamente) un ratoncito; en el mundo ficticio de los animales humanizados, se le ve indefenso, necesitado de tutela y cuidados, de protección; estira la trompa, buscando a su madre. Pero no sólo lo hace en petición de amparo, sino también en señal de complicidad; el niño no es tonto, nada tonto; aunque no sepa llamarlo por su nombre, sabe ya qué es el amor incondicional. Y, por simplificarlo mucho, para sugerir todo eso viene de molde la palabra “ni”. Será por su vocál débil, por lo esmirriado de esas dos letras juntas, por la nasalidad de la “n”, que deja el sonido como a medio hacer, sin rotundidades, sin contornos rígidos que no dejan ya espacio a la flexibilidad -y también a la incertidumbre- propia de quien aún está creciendo.

Pido disculpas por sobreanalizar una sencilla ilustración hecha para niños de 6 años y menos. Pero ha pulsado en mí algún interruptor un poco enmohecido. Un interruptor un poco sinestésico; que, repito, es una facultad que me gustaría tener. Así sabría, no sólo si la palabra “ni” es de color rosa suave, como las mejillas de un bebé; también sabría qué se siente por los cinco sentidos al oír hablar de niños, al oírles a ellos balbucear o pronunciar sus primeras palabras, al oírles llamarnos por nuestro nombre, al oírles reír. En realidad, qué cosas, parece como si nunca hasta ahora me hubiera dado cuenta de lo diminutos que llegamos a ser, y somos, todos nosotros, cualquiera que sea la clase de persona en la que nos convirtamos después.

De pequeños, somos muy, muy pequeños y estamos absolutamente a merced del mundo, de las personas que nos rodean; y, sin embargo, casi todos los niños que tienen sus necesidades materiales cubiertas logran sobrevivir al peligroso mundo. La diferencia principal con quienes somos después, de mayores, es que entonces sólo esperábamos lo mejor; siempre, sólo, todo lo mejor. Y, muchas veces, es precisamente lo que obteníamos.

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A distancia

Dicen que hay gente que cree en la generosidad ejercida sin sacrificio y a distancia, casi como si fuera un videojuego, pulsando un botón. Como quien llama por teléfono (celular, eso siempre) o cuelga la llamada.

Parece que hay aún muchos que creen ciega y sinceramente, seguro que con toda su buena voluntad, pero con una falta de realismo sorprendente, que basta teclear cuatro palabras desde su casa para dar de comer a un niño para todo el mes.

Hay gente que hace muchísimas cosas: comprar pulseras o camisetas, meter limosnas en cuentas corrientes, pintarse lemas o símbolos en los brazos y sacar fotos para publicarlas luego en Internet, hacer clic aquí, firmar allá, reenviar un mensaje a 100 personas o a 20 ó a 5, corear proclamas, rellenar solicitudes, escribir cartas o correos electrónicos pidiendo que se haga justicia o que no se cometa tal o cual injusticia y otras muchas acciones. Pero, en el 99% de los casos, esas acciones morirán antes que las (buenas) intenciones que les dieron vida. Y morirán porque no servirán para nada bueno ni útil. Quizá, marginalmente, para reforzar la autoestima de sus autores, y su confianza en la línea de acción que deben seguir para cambiar el mundo.

Hay gente que escribe cosas, que dice cosas. Hay gente que arenga a otra gente, de forma más o menos estentórea o visible, con más o menos medios. Hay gente que trata de convencer a otros; los hay -muchos- que hacen tal cosa con intereses espurios en su ánimo, no otros que utilizar a los demás como trampolín o como plataforma sobre la cual ponerse de pie y descollar sobre todo el resto del humilde mundo. Y los hay también que no; que, movidos por la alarmante falta de realismo que comentábamos antes, sencillamente creen que el mundo se puede cambiar con comodidad, con mayor o menor facilidad y sin meterse en él de hoz y coz.

Hay gente que escribe cosas: libros, manifiestos, cartas, mensajes de texto, poemas de espíritu más o menos abiertamente y ostensiblemente revolucionario, blogs. Ninguna de esas cosas, ninguna palabra de todas las antedichas servirá para mucho, a menos que vaya acompañada de acciones.

Todos querríamos ser así o de aquella otra manera, ser héroes, ser líderes; todos querríamos salvar a esa mujer, a ese hombre, proporcionar padres a ese niño, borrar su dolor, el de todos ellos. Todos querríamos hacer algo; y, en descargo de nuestra conciencia, lo hacemos… sin movernos.

Apagar la tele o el ordenador, quedar con los amigos, leer algo entretenido, comprarnos alguna chuchería que nos distraiga o nos ponga contentos un rato… todo eso es fácil, cómodo y divertido, y hace que esa mujer condenada a muerte, ese hombre mendicante, ese niño enfermo desaparezcan de nuestra vista.

¿Qué hace por los demás?
He colaborado 21 años con Unicef, he recorrido campamentos de refugiados por medio mundo, en un coche, con aire acondicionado, viendo niños desnutridos, y he querido parar pero no ha podido ser. Luego, al cabo de cuatro días, empiezas a despreocuparte.

Me sorprende su sinceridad.
Si tuviéramos todos mayor conciencia, no nos gastaríamos el dinero en porquerías, sino en alimentar al que se muere de hambre.

-Julio Iglesias, La Vanguardia, 2-7-2012

Mi teoría, en la cual creo firmemente y de la cual veo muy difícil ser apeada, es que no hacemos realmente nada por cambiar esas cosas porque no nos importan lo suficiente y, en el fondo de nuestro corazón, lo sabemos. No hay más que ver quiénes son la mayoría de quienes pasan a la acción ante un hecho cualquiera: normalmente, los afectados directos. Es cuando nos toca a cada uno de nosotros, con todas nuestras circunstancias, nuestra subjetividad y, con frecuencia, nuestro bolsillo cuando de verdad enarbolamos la bandera de la justicia y exigimos que se haga cumplir aquélla sobre nosotros, ofendidos.

Mientras eso no pase, el activismo a distancia ya nos va bien para acallar la voz de nuestra conciencia que, a pesar de todo, habla.

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Salvavidas

Yo ahora lo adivino, y tú entonces aún no lo sabías,

pero cuando me leías, en aquellas tardes que para mí eran sólo tiempo

y para ti un recorrido cada vez más laborioso, estabas creando

en mí, con tantas palabras que yo aún no descifraba,

galerías y salas y balcones y despachos con fuego bajo,

jardines con templetes y rosas que nunca se podrían marchitar,

bibliotecas con estanterías desde la tierra hasta el cielo, cargadas de libros,

hermosas como árboles que sostienen el dulce peso del fruto maduro;

músicas más sutiles que las de todas las orquestas filarmónicas,

canciones cantadas desde el origen de los tiempos, con letras que conectan

con aun todos los mundos futuros que mis ojos no llegarían a ver;

versos y oraciones en miles de idiomas, entonaciones y códigos;

sinónimos y metáforas, retruécanos y calambures, pausas y silencios

en los que bailaban mariposas místicas en una lluvia de gotas de diamantes.

El cerebro pequeñito, todavía creciendo,

quedó sembrado de cadencias, intuiciones, encantamientos, mensajes secretos

que iban a germinar con el tiempo, con paciencia, con amor,

el amor que ya tenía un campo abierto, territorio libre para vivir y correr.

Tú entonces no lo sabías todavía, y para mí todo era aún como en los sueños,

pero con aquellas pacientes lecturas me enseñaste lo que necesitaría saber,

me enseñaste a nadar entre las olas que luego me habrían de embestir,

me diste lo necesario para salvarme la vida.

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Vendido

Imagínate que esetás en el año 1860 al principio de la Guerra de Secesión. El país se moviliza para la guerra y hay aproximadamente treinta y dos millones de personas en los Estados Unidos. Cada una de estos treinta y dos millones de personas tiene miles de cosas en que preocuparse y pasan muchos momentos presentes angustiados por el futuro. Se preocupan por la guerra, el precio de los alimentos, las inundaciones, la economía, por las mismas cosas que siguen preocupándote hoy en día. En 1975, unos 115 años más tarde, todos esos que tanto se preocupaban están muertos y si sumamos todas sus preocupaciones, veremos que ni esa inmensa cantidad de preocupación logró cambiar ni un momento de lo que ahora es historia.

Wayne Dyer, “Tus zonas erróneas”

“Tus zonas erróneas”, el padre y la madre de todos los libros de autoayuda -y, en mi opinión, el único de los que he leído que realmente sirve de ayuda (si se aplican sus enseñanzas y sugerencias, claro está)-, fue publicada por primera vez en 1975, y su lenguaje da fe de ello, al menos en la traducción al español. Pues, seguramente, si se escribiera a día de hoy, se utilizarían más algunos términos hoy día parte del vocabulario cotidiano: estrés, ansiedad, pánico, depresión, etcétera.

Pero eso no importa; el fondo de la cuestión está bien claro, y es que no hay ninguna comedura de coco que merezca la pena del sacrificio de nuestro limitado tiempo de vida. Ninguna.

Para certificar que es así y que las comeduras de coco no solucionan ni tampoco cambian nada, excepto, quizá, nuestro estado de ánimo y nuestra estabilidad psicológica (lo han adivinado: siempre negativo, nunca positivo), no tenemos más que echar la vista atrás y recordar el pasado -un ejercicio sólo recomendable para estos fines-, y contabilizar cuántas veces rumiar algo y ocupar nuestra mente en ensoñaciones o elucubraciones sobre el futuro nos ha servido para cambiarlo. (Atención, me refiero en todo momento a la ruminación estéril, al pensar por el mero hecho de hacerlo, al preocuparse como medio y fin en sí mismo; cosa muy distinta de formular pensamientos que sí sirven para sacar provecho a acciones futuras, por ejemplo.)

Por si la nulidad práctica no bastara, hay, además, para quienes se inclinan por estas cosas, otra teoría, la cual suscribo y por eso traigo aquí, según la cual no hay nada que se pueda cambiar porque todo ha sucedido ya.

Hasta ahora, la mecánica cuántica demuestra que la luz consta de partículas que al mismo tiempo son ondas -creo que nuestra conciencia las retransmite- dependiendo del estado del observador.

Nuestra conciencia no es más que un retransmisor para esta dimensión de nuestro ser en varias. Es como una radio que, mientras vivimos aquí, sintoniza con este universo.

Entrevista a Pim van Lommel -La Vanguardia, 5-6-2012

Todo lo que va a suceder ha sucedido o, si lo preferimos, está escrito. Nosotros vamos leyendo los renglones y los capítulos de ese Libro en sucesión, pero eso no significa que podamos modificar lo que está por ser leído. Sólo somos el ojo que lee o, si se quiere, la mente que procesa, pero no la creatividad que mueve o movió la mano.

Todo está escrito, todo el pescado ya está vendido, aunque (por suerte para nosotros) aún lo veamos limpio, fresco y reluciente en el mostrador, aunque lo vayamos viendo desfilar y ser despachado; a mayor o menor gusto nuestro.

Y, mientras presenciamos la compraventa, guardamos turno, porque todos tenemos nuestros números. Vamos una y otra vez a que nos sirvan y nos atiendan, a hacer nuestro pedido y a recoger el género y pagarlo (porque siempre lo pagamos, algunas veces con antelación y otras quedando a deber, pero siempre se paga, nada hay gratis), y algunas veces, por la impaciencia de quien hace cola y ve como obstáculos o, a lo peor, como rivales a quienes están antes que él, olvidamos que sí, que también para nosotros habrá, que no nos quedaremos sin nada y hasta puede que nos llevemos el mero o la merluza más blanca y laminada.

Pase lo que pase, una cosa es segura: pensar en qué pasará o qué podemos hacer para que el pescado que nos den esté bueno no sirve para nada. Todos vamos a recibir lo nuestro.

Por eso, tampoco es cuestión de perder los nervios a la primera de cambio o a perder la vida en nuestro intento por sobrevivirla. Lo único que se nos pide es que vayamos sorteando las dificultades a medida que éstas se presenten, y -algo que olvidamos con frecuencia- únicamente aquellas que se nos presenten.

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