¡Me obligó a mirar!

He made me WATCH! Christ, I could use a cigarette.

-Lucille (Sin City)

Hoy -y algunas veces- me he acordado de cierto personaje interpretado por Carla Gugino. La película en cuestión era lo que era, pero reconozco que esa pequeña línea de diálogo contiene su moraleja. Se trata de que la tipa en cuestión ha sido secuestrada y maltratada por el villano de la función. Al ser encontrada, su principal queja es que el villano la obligó a mirar mientras él hacía sus villanías. Es más: ésa fue, si mal no recuerdo, la cosa de la que más enérgicamente (lo hacía a alaridos)  se lamentaba ante su rescatador: haber sido obligada a mirar; diríase que fue lo más afrentoso del tratamiento que recibió.

Pues bien, la cosa no era del todo descabellada. Ahora me parece una simple exageración de un sentimiento muy común, muy real y muy humano.

Sencillamente, no nos gusta que nos obliguen a hacer cosas que no deseamos hacer; y, muy especialmente, no nos gusta nada que nos obliguen a recibir mensajes que no queremos recibir, porque ya sabemos de antemano que no nos van a gustar.

El tiempo o, mejor, los tiempos en los que estamos viviendo le están dando la razón a quien escribió esa escena. Al igual que ese personaje, cada vez más a menudo mi cerebro quiere ulular, para que todo el mundo sepa que se siente sucio, utilizado, ultrajado y allanado cada vez con mayor frecuencia. Que, a ver, seguramente sentirse así de vez en cuando es un precio que hay que pagar por vivir tan bien informados, pero esto ya se está pareciendo más a un acoso y derribo.

Sé muy bien que no es el mundo contra mí. Sé que a todo el mundo le pasa, o a casi todo él; aunque no se hable de ello. Pero quizá es ése el problema: que a todos nos pasa. El acoso y derribo se ha convertido en algo generalizado, en la norma. Ponemos la tele, nos enchufamos a la radio o a los periódicos, no digamos a cualquier red social o de noticias de Internet, y casi vamos preparados, predispuestos a una actitud de cinismo o de defensa: “A ver con qué me tengo que enfrentar hoy; a ver qué disgusto me tengo que llevar, que mala noticia nos ponen en el titular principal y a toda página, qué insultos de tabernáculo barriobajero me arrojan a la cara los cientos de usuarios anónimos que, maldita sea mi suerte, resulta que tienen acceso a internet”.

Malas noticias ha habido, y en abundancia, siempre; hay muchos que dicen que “malas noticias” es un pleonasmo grande donde los haya. Pero tengo la sensación de que antes se daban y se aceptaban con otra actitud, otra resignación y una comprensión que rayaba en lo solidario; hoy, en cambio, es tal el encarnizamiento que lo envuelve y lo transpira todo, en política, sociedad, economía y hasta en las cuestiones más baladíes de la vida, que los medios de comunicación, tanto sociales como individuales, se han convertido en armas ofensivas y, menos, defensivas; los escritos, largos o breves, en escupitajos, pedruscos o flechas, según la carga de intencionalidad y lo afinado y certero del atacante.

Yo ya no puedo relajarme ante las oleadas de comunicación; tampoco puedo atrincherarme. Está en todas partes. Pero lo peor no es ni tan siquiera el afán de ataque y pura destrucción dialéctica del adversario, muchas veces sin nada constructivo ni edificante detrás; lo peor es que, encima, me obliguen a mirar. Aguantar carros y carretas, y que encima te obliguen a mirar. Ensuciarme el cerebro, arruinarme el humor, y que encima me obliguen a mirar y me impidan una piadosa ceguera voluntaria y momentánea, mientras pasa el temporal. Pues no. Ni eso. Está por todas partes.

Y yo, francamente, ya no sé si se puede hacer algo al respecto, aparte de esperar -consuelo de tontos- no estar sola en este barco de los que se sienten sucios por dentro al final del día, y como que necesitan una cura rápida de aseptización y descontaminación mental antes de meterse en la cama, como el proverbial empleado de la consabida central nuclear al acabar su jornada laboral.

Cuando encuentre la manera de hacerlo de forma eficaz y quitarme la sensación de estar asistiendo a la degradación (involuntaria) de mi razón, mis emociones y mi carga de entusiasmo vital, no sólo me sentiré muy feliz, sino que, además, habré encontrado, seguramente, la forma de vivir lo que me queda de vida en lo que queda de este mundo. Porque para mí sí tengo esperanza, pero para el mundo, cada vez menos.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s