Pecado de ira

Pero yo digo: no resistas a la persona mala. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, ofrécele también la otra mejilla.Si te demandan ante el tribunal y te quitan la camisa, dales también tu abrigo.

-Mateo 5, 39:40

Ella era cristiana, pero no estaba actuando con fe, con bondad. “¿Y qué pasa con la caridad?”, dije, como un hombre que, en su caída, busca una rama. “Jesús me daría una oportunidad”. Ella se puso de pie. “Yo no soy Jesús”, dijo. “Ni de lejos”.

— Janet Fitch, “White Oleander” (“La flor del mal”)

No serás castigado por tu ira, sino serás castigado por medio de tu ira.

-Buda

Cuando era más joven, uno de mis mayores defectos era mi propensión a la ira; dicho en más llano, que tenía mal genio, o mecha corta, como se dice ahora. Ahora que soy un poco más madura, lo sigue siendo, aunque de forma algo morigerada; puedo constatar que sí, uno se va templando a medida que crece, pues, a la fuerza, ahorcan, como se dice (cada vez menos).

Me explico: ahora también me prendo rápido. Como algo ya he aprendido, soy capaz de contenerme y de extinguir el fuego de la ira con el extintor de la diplomacia, el del cinismo -que, bien entendido, empieza aplicado a uno mismo- o algún otro (que los hay de varios modelos y capacidades). Ahora bien; en el bando contrario, también hay pirómanos, domingueros sin contemplaciones ni sentido del ecologismo, descuidos, cristales rotos que reflejan el sol, combustibles desparramados… y allá donde menos lo espero, surge la llamarada.

Toda la culpa es mía (en esto sí que cumplo al cien por ciento con los mandamientos de la Iglesia Católica, que no de Jesucristo, pero ése es otro debate). Sé que lo es, porque nadie está contra mí, el mundo no está en mi contra, no es objetivo de nadie hacerme enfadar. Lo hago yo solita, y lo peor es que casi a la única que hago daño, a la única persona que ataco y solivianto con mi enfado, es a mí misma. Nadie me manda tener el bosque abierto para que cualquiera acampe y se ponga a hacer una barbacoa, ni tire objetos reflectantes extraños o colillas mal apagadas, ni nada. La culpa es sólo mía, por dejar que en mis dominios entre todo lo que y todo aquel que quiera entrar. Luego pasa lo que pasa, sufre el bosque, sufre todo su alrededor, se estropea el hábitat y ya la tengo armada para un buen rato, porque el fuego prende muy rápido, pero es muy difícil y laborioso apagarlo bien, hasta que no quede ningún rescoldo; y después, limpiar la zona, sanar todo lo quemado. Claramente, no merece la pena. Cada uno tenemos un terrenito, y cuidar de él es nuestra responsabilidad; solamente nuestra. Por eso la ira es un pecado: porque es un acto individual y, además, dependiente enteramente de la propia voluntad; cuando caemos en la ira, significa que, habiendo podido elegir bien, hemos elegido mal.

El mundo y el tiempo actuales no nos dan mucha tregua, es verdad. Yo últimamente me encuentro con la sensibilidad exacerbada; al contrario de lo que dicen que nos pasa, yo no me voy haciendo más dura, al menos no en todas las facetas en que necesitaría hacerlo. Pero crisis ha habido siempre. En realidad, la historia del hombre es la historia de una crisis constante. Hay personas que nacen y mueren en un día, y hay otras para las cuales cada día es una crisis en miniatura. Sin ir a ejemplos extremos (y puede que algo demagógicos, por eso no me gusta acudir a ellos), la vida es difícil, porque es así y porque siempre lo será; tenemos la manía de pensar que estas cosas sólo nos pasan a nosotros, pero no es así. Lo que ocurre es que ahora estamos más expuestos que nunca a la información, a miles de historias que nos llegan de todas partes: además de las nuestras propias de cada día y de las de las personas que nos rodean, absorbemos o tenemos conocimiento de otro centenar o más que suceden alrededor del mundo, o que suceden más cerca o más lejos de nosotros, y nos afectan en la medida en que nosotros proyectamos nuestros sentimientos, opiniones e ideologías en ellos. Nuevamente, las tecnologías de la comunicación muestran su doble filo; pueden ser una herramienta muy útil, pero también la trayectoria más corta entre nosotros y el incendio de nuestra frágil psique, de nuestro voluble estado de ánimo.

Prudencia y bien entendido egoísmo, pues; toca cuidarse, pues puede que nadie más lo haga por nosotros, y mantenerse lejos de líquidos inflamables.

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