Si no creas, destruyes

La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa.

–Albert Einstein

Creo que cada vez van siendo menos los camuflajes, subterfugios, tinieblas en las que se pueden esconder y agazaparse los otros malvados, los que nunca aparecerán mencionados en los libros de historia ni en ninguna crónica general de ninguna época, pero que son los verdaderamente dignos de temor por parte de la mayoría. No porque sean necesariamente los peores, pero sí porque son la mayoría. Ellos son el veneno de la tierra.

Los que se sientan a ver qué pasa sin decir ni pío, ni antes, ni durante, ni después; los que apuestan siempre a caballo ganador y no dan su voto hasta saber quién, con casi toda probabilidad, a va a resultar victorioso; los que tiran la piedra y esconden la mano; los que sólo cumplían órdenes; los que se escudan en una condición de supuesta debilidad o inferioridad para lanzar impunemente sus pullas, a menudo con una sonrisa y hasta a modo de comentario humorístico, diplomático o halagüeño; los que siempre saben cómo quedar bien; los que le dicen a cada uno lo que quiere oír; los que, en grupo y con congéneres tan malvados como ellos, son muy valientes, y por separado, a solas, no levantan la mirada del suelo, no sea que reparemos en ellos y en su pequeñez; los que nacieron mediocres, viven mediocres y mueren mediocres, tristes y fracasados, pero habiendo descargado parte de ese fracaso vital sobre cuantos han podido.

Cada vez van quedándoles menos cubiles donde guarecerse, porque la crisis moral, ¡bendita crisis!, está haciendo las veces de simplificador brutal, reduciéndolo todo al mínimo común divisor, al menor volumen y menor medida posibles. Ahora son, todos ellos, mucho más visibles. La gente, que no es tonta y está muy cansada, cada vez está menos dispuesta a perdonar (y eso que aún sigue perdonando más de lo que merecen quienes son perdonados; pues el perdonado debe, al menos, hacer acto de contrición; pero hay muchos que ni eso).

También salen a relucir formas más pequeñas, más roídas de maldad, y una de ellas es, simplemente, no crear, no hacer nada, no dar nada al mundo.

Todo el mundo tiene algo que dar, si quiere hacerlo. No tiene por qué ser trabajo, no tiene por qué ser riqueza material; de hecho, el mundo está más necesitado de otras formas de riqueza que no la material. Uno puede dar una sonrisa. Uno puede dar su ayuda a alguien que la necesita. Uno puede dar su música, en la calle, si se ve en situación de pedir caridad. Uno puede también dar su bendición. Una vez oí que es especialmente valiosa y digna de estima la bendición dada por los pobres y por los enfermos; quizá es porque se trata de lo último o lo único que ellos pueden dar, y en ese gesto de generosidad absoluta viaja toda la bienaventuranza divina, tanto para quien la da como para quien la recibe.

Dar es crear: cuando alguien da algo, crea una cadena de energía, puede producir una sonrisa, una emoción, una reacción. Está muy infravalorada la acción de dar como forma de creación. Y está muy infravalorada, en general, toda forma de creación que no se puede traducir, ni puede dar como resultado ningún intercambio monetario, puto dinero.

Y porque todo el mundo puede crear algo, debe hacerlo. Debe dar algo al mundo, puesto que ha sido traído aquí. No estamos aquí para nada; no estamos aquí para ser nada más que estúpidos ni-nis de la vida. Cualquier persona con un mínimo de bagaje ético y de valores se da cuenta, de forma íntima, intuitiva, que pasar por la vida sin aportar nada, sólo tomando, tomando, tomando, está mal y es incorrecto. Por eso, incluso las veces en que nos permitimos ser un poco autoindulgentes y no dar ni golpe, no hacer absolutamente nada, si llevamos así mucho tiempo seguido, empezamos a sentirnos mal, como si estuviéramos haciendo algo indebido, antinatural. Porque, en realidad, es así.

No contribuir en nada a mejorar nada es, por eso, un acto de maldad; inconsciente, no culposa, si se quiere, pero lo es. Porque si no damos nada, al mismo tiempo y de alguna forma, estamos quitando, al tomar gratis y sin contrapartidas todo lo que necesitamos para vivir, estamos consumiendo; estamos siendo la última expresión de la sociedad ultracapitalista y superhedonista que hemos creado. Una sociedad que se basa en que el hombre sea un constructo antinatural, una criatura artificial que se comporta exactamente de forma opuesta a como su naturaleza le dicta.

Ignoro para qué fin último han de existir los frutos de mi trabajo, todo tan insignificante y tan absolutamente microscópico en la gran escala del mundo y de los tiempos, un cero con cerocerocerocerocero… seguido de más ceros, no sé cuántos, hasta llegar a un uno. Pero, íntimamente, creo en que tienen una finalidad. Me lo dice mi sensación, mi convicción, de que está mejor hacer algo que no hacer nada; haber hecho todo esto que no haber hecho nada.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s