La magdalena

Hace tiempo ya que sé que jamás seré una novelista reconocida. Ni siquiera una novelista publicada; al menos, no por los cauces que todo escritor habitualmente sueña o imagina cuando se regodea en sus deseos para el futuro con respecto a sí mismo. Llegó un momento -no sé cuándo llegó, pero creo que fue en la parte temprana del intervalo entre la última niñez y la primera adolescencia- en el que sencillamente ese deseo dejó de existir en mí. Claro que -y esto suele pasar muchas veces- no fui consciente de ello hasta más tarde. La cosa fue así: inmediatamente después de aquel momento, empecé a dejar de interesarme tanto por escribir tal como lo hacía entonces (aunque no por escribir en su totalidad; de hecho, empecé a escribir más que nunca, pero ya no era ficción con aspiraciones literarias, sino ficción periodística, por así decir, revelando entonces la sabia inconsciencia lo que acabaría siendo de mí en el futuro en el que ahora vivo); algún tiempo después, creo que empecé a dejar de querer ser novelista; más tarde, pasé por un período de negación/indignación en la que intenté llevar la contraria a aquello que no admite ni hace posible ninguna discusión ni marcha atrás; en la etapa siguiente, comencé a admitirme a mí misma y a verbalizar dentro de mí lo que era cierto, aunque seguía resistiéndome; por fin, acepté las cosas como son. Y luego, esto.

“Esto” es darse cuenta de que, a lo tonto, a lo tonto, he hecho un puñado de cosas que están bastante bien, oiga… peeeeeeero que a lo mejor nunca habría hecho, no habría tenido la oportunidad de hacer, o las ganas, o la preparación, o la ocasión, o la excusa, o la motivación, o no habría conocido a las personas adecuadas con las que hacerlo, si en lo profundo de mi cabeza no hubiera estado aún aquel sueño, aquel empecinamiento, aquella vocación irrazonable, aquel amor imposible que tuve cuando niña: ser escritora.

Ser escritora -o, mejor, novelista de postín- ha sido mi magdalena proustiana, mi McGuffin hitchcockiano, o, en plan más castizo, la zanahoria delante de mis morros. Ese deseo -u obsesión, creo que podemos llamarlo sin equivocarnos ni mentir mucho- me llevó a querer leer más, a querer profundizar más en la escritura, en el aprendizaje, en la lectura, y, lo más importante, en mí misma; a empeñarme en sacarle más punta a todo, en escarbar un poco más hondo, indistintamente de si encontraba al final de la excavación un pedrusco sin valor o un pedazo de  carbón convertido en diamante; a estudiar Periodismo y a buscar trabajo en esa área, después; y a seguir explorando esa veta cuanto pudiera. Y siempre he podido; la veta todavía no se ha agotado, y creo que está lejano ese día aún.

Mi caso es el ejemplo más a mano que tengo y el que mejor conozco, pero lo que quiero decir, al final de todo, es que es maravilloso encontrarme con que, en mi camino de persecución de ese ideal, de esa idea fija que, por otro lado, jamás habría podido hacerse realidad, porque era una idea de perfección; en ese proceso, sin darme casi cuenta, he ido recolectando una serie de tesoros, y he ido, además, dejando yo misma parte de mí, haciendo cosas, mayores o menores, da igual, simplemente creando algo donde antes no había nada; creando con mis manos, con mis ojos, con mi mente; creando con mi intuición; creando porque dejaba partículas de vida de dentro de mí en eso que había fuera; alimentaba el terreno de la vida con lo que yo tenía, y ella me alimentaba a mí; y ahora, que llevo recorrido cada vez más y puedo mirar atrás con cierta holgura y perspectiva, veo que hay tanto hecho, tantísimo, y no me ha costado ningún esfuerzo hacerlo, no ha habido ningún sacrificio, no se me ha arrebatado nada ni he perdido nada, porque lo he hecho todo sin darme cuenta, pensando que era sólo un paso más, pero no; cada uno de esos pasos era El gran paso, cada uno de esos pasos era a la vez el primero y el último, y a la vez el más nimio y el más importante; cada uno de esos productos, de esos frutos silvestres, de esas florecillas del bosque, era muy pequeño, y es invisible para el mundo, pero no para mí, sólo porque sé que podían no haber existido nunca, y no habrían existido si yo no hubiera acertado a pasar por ahí.

Y por eso, aunque dentro de cien años sean sólo un grano de arena en el desierto, y aunque dentro de mil no quede nada del último recuerdo de ellos, ahora sí existen, y hay gente que los ha visto también, y quizá los ha disfrutado, y me ha sonreído al verlos, y yo a ellos, y han aspirado su discreto, pequeño aroma, y han vuelto a sonreír tal vez; o quizá no, quizá ese olor los ha enojado o los ha molestado, pero, aun así, han sentido algo, han estado vivos en ese momento; vivos como el pequeño fruto de mi trabajo; vivos como quien trabajaba en ello sin darse cuenta, yo, porque tenía la mirada fija en otra parte; y ahora veo que esa otra parte no existe, pero es la que me ha ayudado a llegar hasta aquí.

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1 comentario

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Una respuesta a “La magdalena

  1. Pilar

    ¿¿Como que “jamás”?? ¿Sabes lo que pasa con los jamases…? que va una luego de cabeza hacia ellos, cuidadín ;))

    Me gusta

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