Dormir

Morir, dormir, no despertar más nunca,
poder decir todo acabó; en un sueño
sepultar para siempre los dolores
del corazón, los mil y mil quebrantos
que heredó nuestra carne, ¡quién no ansiara
concluir así! Morir… quedar dormidos…
Dormir… ¡tal vez soñar!

Shakespeare – Hamlet

“Necesito un descanso. No he dormido, literalmente, en cuatro días. Tengo que mantenerme lejos de los teléfonos y de las personas de negocios. Mi salud es lo primero”.

Carta de Michael Jackson a Lisa Marie Presley

Me impresiona la cantidad de personas, muchas de ellas famosas por razones variadas, que sufren de insomnio. Lo que me impresiona es cómo la incapacidad de dormir trastoca la vida y la estabilidad psicológica de quien la sufre, sobre todo cuando el insomnio es adquirido y no genético, o no totalmente.

El insomnio tiene algo profundamente oscuro, profundamente aterrador. Es como una maldición de resonancias ancestrales. Parece que algo ofensivo hayamos hecho contra los dioses, que han decidido condenarnos a no poder descansar. No poder dormir por la noche, además, implica la condena añadida de la soledad: el mundo se aleja de nosotros, y nos quedamos aislados en nuestra crónica vigilia, como en una celda. Las paredes de la celda son las de nuestra mente. A medida que aumenta la noche y la oscuridad, los pensamientos tienden a volverse más neuróticos y obsesivos. No podemos compartir con nadie lo que nos pasa, ni tampoco lo que nos pasa por la cabeza. En realidad, las noches sin poder dormir cuando queremos hacerlo se parecen mucho a mi idea de la locura.

Podemos preguntar a cuantas personas queramos qué es lo que le piden a la vida, qué desean. Pueden darnos muchas respuestas; la mayoría de ellas irán encaminadas hacia los mismos temas, los mismos deseos. Me pregunto cuántos de ellos serán deseos sinceros y no tópicos, muchas veces producto del lavado de cerebro permanente en el que vivimos en nuestra sociedad de consumo o de idolatría a las celebridades y a cierto estilo de vida que nada tiene de auténtico, a mi parecer. Pero, si a alguien le concediéramos de pronto todos los deseos que nos expresara, y una vez satisfechos todos, casi siempre encontraríamos que sigue deseando algo más.

Pienso que, al final, lo que deseamos es simplemente descansar. Silencio alrededor, que nadie nos moleste, que nos dejen un rato en paz. Cerrar los ojos, no tener que hacer nada, no tener que responder a nada ni ante nadie. Sin cuitas, sin obligaciones, incluso sin quehaceres placenteros, sin diversiones ni bullicio. Sin necesidad de arte, refinamiento, dinero, belleza, regalías, éxitos ni grandes emociones. Sencillamente el descanso, la bendita penumbra, el bendito silencio, un lugar tranquilo en el que reposar el cuerpo y la mente cansados.

Escarbar en nuestro yo más profundo, ir pelándonos de lo que le pedimos al mundo, y encontrarnos con ese pequeño deseo íntimo, esa necesidad, al final de un día o al final de una vida, qué diferencia hay.

Dormir, sólo dormir; ni siquiera pidiendo soñar, no; solamente la añorada paz.

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