Archivo mensual: junio 2012

¡Pásalo!

Ayer, la biblioteca local seguía estando tranquila. El curso escolar ya ha terminado para la mayoría (creo) y parece que eso se nota en el trasvase de gente de los templos del estudio y la lectura obligada a los de la estampa típica de la diversión estival, a poder ser chapoteante. En efecto, había muchísima más gente bañándose o remojándose los pies o tomando el sol en la presa que pasando el rato en la biblioteca (lo sé porque también estuve en la presa).

Puestos a elegir, o sin ponerse a ello, siempre ha sido y en el futuro seguirá siendo dificilísimo pillarme dándome un chapuzón o agotando mi tiempo de ocio, cualquiera que sea la duración total de éste, en una presa o cerca de cualquier cuerpo acuático natural, quizá a excepción de una playa en la cual tenga opción de estar el rato suficiente -para mí, dos horas, si no me canso antes y tengo cómo volver a casa (ésa es otra)- y luego marcharme a toda prisa. Y, al contrario: con frecuencia voy a la biblioteca, muchas veces para tomar prestado un libro o devolver uno, pero se me conoce por haber utilizado la biblioteca como lugar de evasión, relajo mental y terapia silenciosa, allá en la época en que buscaba algo más e intuía la meditación, pero aún no me había dado de bruces con ella; el silencio, la belleza sabia y ordenada creada por manos humanas, la blancura de las paredes, el recogimiento de sus rincones y su terraza para la lectura… debía yo de intuir la correlación entre todo eso y lo que vendría después -o lo que hubo antes, vaya usted a saber.

El simple estar entre libros, sin necesidad de leerlos -sin necesidad, diré más, de que me gusten esos libros concretos-, es hoy para mí aún una necesidad casi orgánica. Hoy, cuando el mundo tal como lo conocemos nos parece a cada segundo a punto de sanseacabarse, viene bien recogerse un minuto, reducir el ritmo, darnos cuenta de que la historia de la humanidad es una historia llena de historias, y de que todas son ínfimas, y la nuestra, también; y, además, de que todas las personas que han escrito todos estos libros son personas que han vivido para contar su historia. Un libro es la obra de un superviviente; es un testamento vital.

Volviendo a la disyuntiva entre piscina (o pantano) y biblioteca (o sillón de leer), no voy a plantearlo como dialéctica, porque no hay tal y, además, sería una contraposición absurda y simplista. Sí dire, pero, que me encantaría ver a la gente tan entusiasmada, tan impaciente y tan amigablemente en disputa -¡eh, ese libro lo he visto yo primero!- por llenar las bibliotecas, por tomar libros prestados, por intercambiárselos, por hacerse con un libro, por recomendarse lecturas entre ellos, por “picarse” de forma sana entre ellos por los libros que unos y otros han leído o dejado de leer, como la veo por ir a la playa y darse el primer remojón, ponerse morenos, comprarse un helado en el chiringuito, saltar desde el trampolín o desde el saledizo de las rocas. Nunca lo he visto, y temo que nunca lo veré. Sólo digo que me gustaría ver ese día, nada más.

Me gustaría que la gente leyera más. Creo necesario que la gente lea más. Un libro nos hace más inteligentes, y la inteligencia es a la vez espada y escudo. Un libro nos enseña lengua, vocabulario, ortografía, puntuación y sintaxis. Un libro nos hace pensar; aun los libros malos lo hacen, porque ejercer el sentido crítico también es pensar, es practicar el discernimiento. Un mal libro nos puede ayudar a darnos cuenta de que, en la vida, van a intentar engañarnos, darnos gato por liebre, contarnos milongas. También puede enseñarnos que, si otros han conseguido que les escuchen y que les hagan caso, nosotros podemos conseguirlo también.

Por favor, leed; leed algo, lo que sea, pero leed, y no dejéis de hacerlo el resto de vuestra vida, y decidle lo mismo a vuestros hijos.

¡Pásalo!

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

América

Parece que el estado de salud de la maltrecha economía griega se ha trasladado a los nuevos dirigentes del país. Por un lado, el nuevo primer ministro, Andonis Samarás, quien se hizo cargo del gobierno griego el miércoles, sufrió hoy un desprendimiento de retina y deberá ser operado este sábado. A primera hora de la tarde, el jefe de gobierno fue examinado en el Hospital Attiko de Atenas tras lo cual se decidió que fuese intervenido quirúrgicamente en la mañana del sábado.

Por el otro, y en este caso parece que la situación reviste mayor gravedad, el designado nuevo ministro de Finanzas griego, el banquero Vasilios Rápanos, tuvo que ser hospitalizado también hoy tras sufrir un desmayo (…).

De acuerdo con el comunicado del Hospital Ygia, en el que fue ingresado, Rápanos sufre de “dolor abdominal severo, marea, náuseas, sudores y astenia”. Su situación ha sido “estabilizada” y será examinado para averiguar las causas de su malestar.

-La Vanguardia, 22-06-2012

Tengo dolores de cabeza prácticamente todos los días. No son excruciantes, no afectan a mi bienestar tanto que merezca la pena mayor consideración, no me suponen ningún trastorno. Es sólo que siento la cabeza, en contraste y oposición a no sentirla más que como se siente cualquier parte del cuerpo de la que uno no es consciente salvo cuando se hace sentir. Esto no nació conmigo, sino que me viene pasando de unos años aquí. Mi opinión sobre el tema -pues no necesito la opinión de un médico para saber que la mía es acertada- es que mi cabeza se hace notar más ahora porque recibe más caña, tanto por mi parte como, sobre todo, de fuera. Puede decirse que es parte de hacerse adulto, de asumir responsabilidades y de dejar atrás el -erróneamente tomado por inocente y dichoso- mundo de la infancia, todo lo cual implica un mayor fustigamiento del cerebro. Pero, al menos en mi caso, eso no lo explica del todo. Es, sencillamente, que el mundo de fuera tiene demasiado peso, mucho mayor que el de un cerebro de las características del mío. El aplastamiento es un fenómeno explicable en términos prosaicos y puramente físicos.

Todo es psicosomático. De hecho, ese término no me parece del todo correcto, porque ya implica una dualidad que no es tal: todo es psico, todo es soma; todo afecta a ese Uno que somos cada uno de nosotros. Quizá, y es lo que fervientemente espero que suceda, nunca se llegue a descifrar el misterio del cuerpo-mente-alma, y siempre quede al menos ese 1% de duda sobre qué es lo que provoca nuestros males (y nuestros bienes, claro).

Todo es psicosomático. Hasta el lugar en el que estamos se convierte en algo psicológico. Un estado del alma. Como el hogar: ¿verdad que la casa de uno puede no ser el hogar? ¿Verdad que el hogar puede estar primero en un espacio físico, luego en otro, dependiendo del momento de nuestra vida, de cuáles sean nuestros afectos y desafectos, de cuáles nuestras teclas mentales pulsadas?

Cada vez que he estado en América (es la forma en que mi cabeza llama a una parte de él, los Estados Unidos), en USA, no he necesitado cuidarme de mi dolor de cabeza. No sé si será porque mi primera estancia allí resultó ser una experiencia clave para mí -como los crímenes perfectos, hubo connivencia de momento y de oportunidad para dar lugar al éxito- y esas cosas marcan tanto que el influjo positivo de aquella experiencia se proyectó a mis sucesivas visitas; o por motivos más explicables desde la escrupulosa lógica contemporánea; o por qué razón, pero es cierto: si Oñati es mi Kansas (y siempre lo será), Estados Unidos es mi lugar al otro lado del arco iris.

Cuando estoy allí, no me suele hacer falta buscar alivio a los latidos de mi cabeza, pues las circunstancias ambientes hacen que se alivien solos. Será que la libertad que se respira allí no la he respirado en ningún otro lugar; será que el modo de vida de allí, aunque no perfecto, tiene muchas de las características que yo considero ideales en mi propio modo de vida. Y no tiene nada que ver con consideraciones materiales ni relativas al consumo de bienes y servicios que es lo que mueve nuestra civilización occidental (que, cierto, allí existe a escala mayor que aquí, pero no de forma muy diferente, no crean). Es otra cosa; es el tipo de cosa que hace que allí encuentre algo de la vida que aquí no encuentro.

No cambiaría mi Kansas por ningún lugar, pero de vez en cuando está bien darse un paseo por el otro lado del arco iris.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

¡Me obligó a mirar!

He made me WATCH! Christ, I could use a cigarette.

-Lucille (Sin City)

Hoy -y algunas veces- me he acordado de cierto personaje interpretado por Carla Gugino. La película en cuestión era lo que era, pero reconozco que esa pequeña línea de diálogo contiene su moraleja. Se trata de que la tipa en cuestión ha sido secuestrada y maltratada por el villano de la función. Al ser encontrada, su principal queja es que el villano la obligó a mirar mientras él hacía sus villanías. Es más: ésa fue, si mal no recuerdo, la cosa de la que más enérgicamente (lo hacía a alaridos)  se lamentaba ante su rescatador: haber sido obligada a mirar; diríase que fue lo más afrentoso del tratamiento que recibió.

Pues bien, la cosa no era del todo descabellada. Ahora me parece una simple exageración de un sentimiento muy común, muy real y muy humano.

Sencillamente, no nos gusta que nos obliguen a hacer cosas que no deseamos hacer; y, muy especialmente, no nos gusta nada que nos obliguen a recibir mensajes que no queremos recibir, porque ya sabemos de antemano que no nos van a gustar.

El tiempo o, mejor, los tiempos en los que estamos viviendo le están dando la razón a quien escribió esa escena. Al igual que ese personaje, cada vez más a menudo mi cerebro quiere ulular, para que todo el mundo sepa que se siente sucio, utilizado, ultrajado y allanado cada vez con mayor frecuencia. Que, a ver, seguramente sentirse así de vez en cuando es un precio que hay que pagar por vivir tan bien informados, pero esto ya se está pareciendo más a un acoso y derribo.

Sé muy bien que no es el mundo contra mí. Sé que a todo el mundo le pasa, o a casi todo él; aunque no se hable de ello. Pero quizá es ése el problema: que a todos nos pasa. El acoso y derribo se ha convertido en algo generalizado, en la norma. Ponemos la tele, nos enchufamos a la radio o a los periódicos, no digamos a cualquier red social o de noticias de Internet, y casi vamos preparados, predispuestos a una actitud de cinismo o de defensa: “A ver con qué me tengo que enfrentar hoy; a ver qué disgusto me tengo que llevar, que mala noticia nos ponen en el titular principal y a toda página, qué insultos de tabernáculo barriobajero me arrojan a la cara los cientos de usuarios anónimos que, maldita sea mi suerte, resulta que tienen acceso a internet”.

Malas noticias ha habido, y en abundancia, siempre; hay muchos que dicen que “malas noticias” es un pleonasmo grande donde los haya. Pero tengo la sensación de que antes se daban y se aceptaban con otra actitud, otra resignación y una comprensión que rayaba en lo solidario; hoy, en cambio, es tal el encarnizamiento que lo envuelve y lo transpira todo, en política, sociedad, economía y hasta en las cuestiones más baladíes de la vida, que los medios de comunicación, tanto sociales como individuales, se han convertido en armas ofensivas y, menos, defensivas; los escritos, largos o breves, en escupitajos, pedruscos o flechas, según la carga de intencionalidad y lo afinado y certero del atacante.

Yo ya no puedo relajarme ante las oleadas de comunicación; tampoco puedo atrincherarme. Está en todas partes. Pero lo peor no es ni tan siquiera el afán de ataque y pura destrucción dialéctica del adversario, muchas veces sin nada constructivo ni edificante detrás; lo peor es que, encima, me obliguen a mirar. Aguantar carros y carretas, y que encima te obliguen a mirar. Ensuciarme el cerebro, arruinarme el humor, y que encima me obliguen a mirar y me impidan una piadosa ceguera voluntaria y momentánea, mientras pasa el temporal. Pues no. Ni eso. Está por todas partes.

Y yo, francamente, ya no sé si se puede hacer algo al respecto, aparte de esperar -consuelo de tontos- no estar sola en este barco de los que se sienten sucios por dentro al final del día, y como que necesitan una cura rápida de aseptización y descontaminación mental antes de meterse en la cama, como el proverbial empleado de la consabida central nuclear al acabar su jornada laboral.

Cuando encuentre la manera de hacerlo de forma eficaz y quitarme la sensación de estar asistiendo a la degradación (involuntaria) de mi razón, mis emociones y mi carga de entusiasmo vital, no sólo me sentiré muy feliz, sino que, además, habré encontrado, seguramente, la forma de vivir lo que me queda de vida en lo que queda de este mundo. Porque para mí sí tengo esperanza, pero para el mundo, cada vez menos.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Silencio

Es el espacio entre dos truenos,
es el espacio entre el tic y el tac de tu reloj.
Es el breve momento en el que mueres
entre un latido y el otro de tu corazón.
Es el núcleo ardiente dentro de cada lágrima que has derramado.
Es el espacio vacío entre un grano que cae y el siguiente de tu reloj de arena.
Es el último eco del eco del eco del petardeo del tubo de escape,
es el rumor del recuerdo del frufrú de tu vestido de seda.
Es ese estado sin nombre en el que un nonato deja de serlo y pasa a ser recién nacido.
Es la millonésima parte del último suspiro de alguien muy anciano.
Es ese primer atisbo de suave noche de tu consciencia, cuando apagas tu cerebro,
es la primera letra de tu nombre cuando empiezas a recordarlo cada amanecer.
Es el pequeño cúmulo de sangre que acude a dar la mano a otro cúmulo de sangre
circulando por tus arterias.
Es el átomo pionero del primer aroma de la primera flor de la primavera.
Es el chispazo que se desencadena cuando -por fin- apagas tu estruendosa máquina de luces,
es el cosquilleo en la boca de tu estómago cuando empieza a nacer el bendito bostezo.
Es el rayo que correrá a rescatarte cuando el telón caiga,
es el murmullo del beso divino en tu frente, cuando despiertes,
cuando comprendas que primero era el Silencio, y el Silencio es
tu útero, tu naturaleza, el Silencio es tu vida eterna.

Deja un comentario

Archivado bajo Poemas

No digas que fue un sueño, pues los sueños no son verdad.
No hay olvido, como no hay recuerdo, porque todo es ahora.
Cuando espío, ahora desde lejos, esas casitas, esas bibliotecas
en lenguas que nunca serán completamente mías;
cuando miro esos templos, universidades, calles,
los tejados rojos y los ladrillos refulgentes de blancos,
también veo la lluvia, el ocaso incomparable, los comercios,
la fiesta de las gentes de todas partes, la fiesta de ser libre,
a pesar de las tardes de soledad, a pesar de los huecos del silencio en el palacio de los gatos
por donde caían, como goteras, nuestras palabras.
A pesar de todo eso, yo sigo estando ahí, nada se ha perdido.
A pesar de todo, yo nunca recordaré, ni tampoco olvidaré,
porque sigo estando ahí, porque aquel entonces y ese día
son los dos ahora.
A pesar de todo, y aunque ahora no sea quizá todavía la hora del amanecer,
cuando llegue, sabrás entonces que todo es verdadero.

 

Deja un comentario

Archivado bajo Poemas

Pecado de ira

Pero yo digo: no resistas a la persona mala. Si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, ofrécele también la otra mejilla.Si te demandan ante el tribunal y te quitan la camisa, dales también tu abrigo.

-Mateo 5, 39:40

Ella era cristiana, pero no estaba actuando con fe, con bondad. “¿Y qué pasa con la caridad?”, dije, como un hombre que, en su caída, busca una rama. “Jesús me daría una oportunidad”. Ella se puso de pie. “Yo no soy Jesús”, dijo. “Ni de lejos”.

— Janet Fitch, “White Oleander” (“La flor del mal”)

No serás castigado por tu ira, sino serás castigado por medio de tu ira.

-Buda

Cuando era más joven, uno de mis mayores defectos era mi propensión a la ira; dicho en más llano, que tenía mal genio, o mecha corta, como se dice ahora. Ahora que soy un poco más madura, lo sigue siendo, aunque de forma algo morigerada; puedo constatar que sí, uno se va templando a medida que crece, pues, a la fuerza, ahorcan, como se dice (cada vez menos).

Me explico: ahora también me prendo rápido. Como algo ya he aprendido, soy capaz de contenerme y de extinguir el fuego de la ira con el extintor de la diplomacia, el del cinismo -que, bien entendido, empieza aplicado a uno mismo- o algún otro (que los hay de varios modelos y capacidades). Ahora bien; en el bando contrario, también hay pirómanos, domingueros sin contemplaciones ni sentido del ecologismo, descuidos, cristales rotos que reflejan el sol, combustibles desparramados… y allá donde menos lo espero, surge la llamarada.

Toda la culpa es mía (en esto sí que cumplo al cien por ciento con los mandamientos de la Iglesia Católica, que no de Jesucristo, pero ése es otro debate). Sé que lo es, porque nadie está contra mí, el mundo no está en mi contra, no es objetivo de nadie hacerme enfadar. Lo hago yo solita, y lo peor es que casi a la única que hago daño, a la única persona que ataco y solivianto con mi enfado, es a mí misma. Nadie me manda tener el bosque abierto para que cualquiera acampe y se ponga a hacer una barbacoa, ni tire objetos reflectantes extraños o colillas mal apagadas, ni nada. La culpa es sólo mía, por dejar que en mis dominios entre todo lo que y todo aquel que quiera entrar. Luego pasa lo que pasa, sufre el bosque, sufre todo su alrededor, se estropea el hábitat y ya la tengo armada para un buen rato, porque el fuego prende muy rápido, pero es muy difícil y laborioso apagarlo bien, hasta que no quede ningún rescoldo; y después, limpiar la zona, sanar todo lo quemado. Claramente, no merece la pena. Cada uno tenemos un terrenito, y cuidar de él es nuestra responsabilidad; solamente nuestra. Por eso la ira es un pecado: porque es un acto individual y, además, dependiente enteramente de la propia voluntad; cuando caemos en la ira, significa que, habiendo podido elegir bien, hemos elegido mal.

El mundo y el tiempo actuales no nos dan mucha tregua, es verdad. Yo últimamente me encuentro con la sensibilidad exacerbada; al contrario de lo que dicen que nos pasa, yo no me voy haciendo más dura, al menos no en todas las facetas en que necesitaría hacerlo. Pero crisis ha habido siempre. En realidad, la historia del hombre es la historia de una crisis constante. Hay personas que nacen y mueren en un día, y hay otras para las cuales cada día es una crisis en miniatura. Sin ir a ejemplos extremos (y puede que algo demagógicos, por eso no me gusta acudir a ellos), la vida es difícil, porque es así y porque siempre lo será; tenemos la manía de pensar que estas cosas sólo nos pasan a nosotros, pero no es así. Lo que ocurre es que ahora estamos más expuestos que nunca a la información, a miles de historias que nos llegan de todas partes: además de las nuestras propias de cada día y de las de las personas que nos rodean, absorbemos o tenemos conocimiento de otro centenar o más que suceden alrededor del mundo, o que suceden más cerca o más lejos de nosotros, y nos afectan en la medida en que nosotros proyectamos nuestros sentimientos, opiniones e ideologías en ellos. Nuevamente, las tecnologías de la comunicación muestran su doble filo; pueden ser una herramienta muy útil, pero también la trayectoria más corta entre nosotros y el incendio de nuestra frágil psique, de nuestro voluble estado de ánimo.

Prudencia y bien entendido egoísmo, pues; toca cuidarse, pues puede que nadie más lo haga por nosotros, y mantenerse lejos de líquidos inflamables.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Si no creas, destruyes

La vida es muy peligrosa. No por las personas que hacen el mal, sino por las que se sientan a ver lo que pasa.

–Albert Einstein

Creo que cada vez van siendo menos los camuflajes, subterfugios, tinieblas en las que se pueden esconder y agazaparse los otros malvados, los que nunca aparecerán mencionados en los libros de historia ni en ninguna crónica general de ninguna época, pero que son los verdaderamente dignos de temor por parte de la mayoría. No porque sean necesariamente los peores, pero sí porque son la mayoría. Ellos son el veneno de la tierra.

Los que se sientan a ver qué pasa sin decir ni pío, ni antes, ni durante, ni después; los que apuestan siempre a caballo ganador y no dan su voto hasta saber quién, con casi toda probabilidad, a va a resultar victorioso; los que tiran la piedra y esconden la mano; los que sólo cumplían órdenes; los que se escudan en una condición de supuesta debilidad o inferioridad para lanzar impunemente sus pullas, a menudo con una sonrisa y hasta a modo de comentario humorístico, diplomático o halagüeño; los que siempre saben cómo quedar bien; los que le dicen a cada uno lo que quiere oír; los que, en grupo y con congéneres tan malvados como ellos, son muy valientes, y por separado, a solas, no levantan la mirada del suelo, no sea que reparemos en ellos y en su pequeñez; los que nacieron mediocres, viven mediocres y mueren mediocres, tristes y fracasados, pero habiendo descargado parte de ese fracaso vital sobre cuantos han podido.

Cada vez van quedándoles menos cubiles donde guarecerse, porque la crisis moral, ¡bendita crisis!, está haciendo las veces de simplificador brutal, reduciéndolo todo al mínimo común divisor, al menor volumen y menor medida posibles. Ahora son, todos ellos, mucho más visibles. La gente, que no es tonta y está muy cansada, cada vez está menos dispuesta a perdonar (y eso que aún sigue perdonando más de lo que merecen quienes son perdonados; pues el perdonado debe, al menos, hacer acto de contrición; pero hay muchos que ni eso).

También salen a relucir formas más pequeñas, más roídas de maldad, y una de ellas es, simplemente, no crear, no hacer nada, no dar nada al mundo.

Todo el mundo tiene algo que dar, si quiere hacerlo. No tiene por qué ser trabajo, no tiene por qué ser riqueza material; de hecho, el mundo está más necesitado de otras formas de riqueza que no la material. Uno puede dar una sonrisa. Uno puede dar su ayuda a alguien que la necesita. Uno puede dar su música, en la calle, si se ve en situación de pedir caridad. Uno puede también dar su bendición. Una vez oí que es especialmente valiosa y digna de estima la bendición dada por los pobres y por los enfermos; quizá es porque se trata de lo último o lo único que ellos pueden dar, y en ese gesto de generosidad absoluta viaja toda la bienaventuranza divina, tanto para quien la da como para quien la recibe.

Dar es crear: cuando alguien da algo, crea una cadena de energía, puede producir una sonrisa, una emoción, una reacción. Está muy infravalorada la acción de dar como forma de creación. Y está muy infravalorada, en general, toda forma de creación que no se puede traducir, ni puede dar como resultado ningún intercambio monetario, puto dinero.

Y porque todo el mundo puede crear algo, debe hacerlo. Debe dar algo al mundo, puesto que ha sido traído aquí. No estamos aquí para nada; no estamos aquí para ser nada más que estúpidos ni-nis de la vida. Cualquier persona con un mínimo de bagaje ético y de valores se da cuenta, de forma íntima, intuitiva, que pasar por la vida sin aportar nada, sólo tomando, tomando, tomando, está mal y es incorrecto. Por eso, incluso las veces en que nos permitimos ser un poco autoindulgentes y no dar ni golpe, no hacer absolutamente nada, si llevamos así mucho tiempo seguido, empezamos a sentirnos mal, como si estuviéramos haciendo algo indebido, antinatural. Porque, en realidad, es así.

No contribuir en nada a mejorar nada es, por eso, un acto de maldad; inconsciente, no culposa, si se quiere, pero lo es. Porque si no damos nada, al mismo tiempo y de alguna forma, estamos quitando, al tomar gratis y sin contrapartidas todo lo que necesitamos para vivir, estamos consumiendo; estamos siendo la última expresión de la sociedad ultracapitalista y superhedonista que hemos creado. Una sociedad que se basa en que el hombre sea un constructo antinatural, una criatura artificial que se comporta exactamente de forma opuesta a como su naturaleza le dicta.

Ignoro para qué fin último han de existir los frutos de mi trabajo, todo tan insignificante y tan absolutamente microscópico en la gran escala del mundo y de los tiempos, un cero con cerocerocerocerocero… seguido de más ceros, no sé cuántos, hasta llegar a un uno. Pero, íntimamente, creo en que tienen una finalidad. Me lo dice mi sensación, mi convicción, de que está mejor hacer algo que no hacer nada; haber hecho todo esto que no haber hecho nada.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

100% Todo

Al principio fueron mayoría los apocalípticos, pero hace tiempo que se callaron o se pasaron al bando de los integrados, los normales, el ciudadano común y corriente que ve, usa y piensa Internet con la misma, ya, indiferencia que le inspira el aparato de televisión, el teléfono (móvil o inmóvil), el secador de pelo o la lavadora. Constato esto en la misma contemporaneidad en que las noticias sobre los peligros de ese submundo del chat, presuntamente hogar exclusivo de fracasados vitales, adefesios sin redención social posible o maniáticos de los ordenadores desde los tiempos del primer Macintosh ya hace tiempo que son materia de hemeroteca.

Y esa aceptación, esa integración de Internet en nuestra forma de vida, ha sucedido de la forma más natural, y con gran rapidez. No ha supuesto ningún shock cultural, de valores, ni nada. Casi nadie tiene dificultades para familiarizarse con el manejo de Internet y el resto de las llamadas “nuevas tecnologías” (que de nuevas ya no tienen tanto): los móviles, ahora los móviles inteligentes, las tabletas, el mundo 2.0, la cultura de la inmediatez y la conectividad total, estés donde estés. Contrariamente a lo que se suele presuponer, tampoco las personas mayores tienen el menor problema para desenvolverse con soltura en ese mundo. Han pasado la posguerra; todavía muchos, la guerra; luego, la explosión tecnológica -aún hoy sin parangón en cuanto a densidad e intensidad- a partir de los tardíos 50… ¿de verdad creemos que esto les ha pillado a contrapié?

En fin; que, una vez superado el miedo a lo desconocido, ha llegado el miedo al abuso de Internet como fuente de información, no tanto porque la información sea incorrecta como porque es demasiada. Y aquí se encuadra el fenómeno de doctor Google, de la mayoría conocido: uno tiene dolores de cabeza más frecuentes de lo normal, hace una búsqueda para informarse mejor y, en algunos casos, acaba aterrorizado por un posible tumor cerebral, por poner un ejemplo. No es que la información que hayamos encontrado sea falsa, sino más bien que Internet no discrimina: nos ofrece todas las posibilidades, todas las respuestas, sean pertinentes o no.

Pero hay más ventajas que inconvenientes. Todavía estamos en la fase de aprender a gestionar todo ese caudal. Pero, de entrada, es bueno que haya mucho de donde coger: ya sabemos que la información es poder, y el poder es libertad. Esto se aplica a todo tipo de información: a qué pueden deberse unos síntomas que tengo; si no estamos conformes con lo que nos dice nuestro médico, podemos informarnos por nuestra cuenta y preguntarle por lo que hemos encontrado, o saber cuáles son nuestros derechos y dónde pedir una segunda opinión; podemos buscar ofertas de viajes más económicas o más amplias de las que tenemos en la agencia de al lado; podemos enterarnos de cómo abrir una lata con un abrelatas mariposa, o de cómo lavar un edredón sin que se nos eche a perder, o cómo maquillarnos los ojos correctamente sin tener que acudir a un salón de belleza… hay miles de ejemplos. Es un pozo sin fondo de información, y ¿cómo va a ser malo tener toda la información del mundo? No puede ser malo, y encuentro ofensivo que se sugiera que lo es. Los usuarios no somos tontos; sabemos que tenemos que discriminar entre todo el aluvión de datos que podemos obtener, pero no queremos que nadie nos ponga filtros ni nos dé sopitas.

Creo que Internet es lo más aproximado a una buena metáfora de lo que -dicen algunos, y yo creo que dicen verdad- realmente es la vida: Todo-Aquí-Ahora. Lo que creemos que va a pasar ya ha pasado, está pasando; lo que pasó hace cien, hace quinientos, hace millones de años también está pasando; es sólo que lo percibimos como una secuencia, pero no porque lo sea, sino porque nosotros somos así. Internet lo contiene todo, aquí y ahora, pero a cada momento vemos sólo un trocito infinitesimal. No podemos abarcarlo todo -ni falta que nos hace-, pero sí podemos, y debemos tomar a cada momento lo que necesitamos.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

La magdalena

Hace tiempo ya que sé que jamás seré una novelista reconocida. Ni siquiera una novelista publicada; al menos, no por los cauces que todo escritor habitualmente sueña o imagina cuando se regodea en sus deseos para el futuro con respecto a sí mismo. Llegó un momento -no sé cuándo llegó, pero creo que fue en la parte temprana del intervalo entre la última niñez y la primera adolescencia- en el que sencillamente ese deseo dejó de existir en mí. Claro que -y esto suele pasar muchas veces- no fui consciente de ello hasta más tarde. La cosa fue así: inmediatamente después de aquel momento, empecé a dejar de interesarme tanto por escribir tal como lo hacía entonces (aunque no por escribir en su totalidad; de hecho, empecé a escribir más que nunca, pero ya no era ficción con aspiraciones literarias, sino ficción periodística, por así decir, revelando entonces la sabia inconsciencia lo que acabaría siendo de mí en el futuro en el que ahora vivo); algún tiempo después, creo que empecé a dejar de querer ser novelista; más tarde, pasé por un período de negación/indignación en la que intenté llevar la contraria a aquello que no admite ni hace posible ninguna discusión ni marcha atrás; en la etapa siguiente, comencé a admitirme a mí misma y a verbalizar dentro de mí lo que era cierto, aunque seguía resistiéndome; por fin, acepté las cosas como son. Y luego, esto.

“Esto” es darse cuenta de que, a lo tonto, a lo tonto, he hecho un puñado de cosas que están bastante bien, oiga… peeeeeeero que a lo mejor nunca habría hecho, no habría tenido la oportunidad de hacer, o las ganas, o la preparación, o la ocasión, o la excusa, o la motivación, o no habría conocido a las personas adecuadas con las que hacerlo, si en lo profundo de mi cabeza no hubiera estado aún aquel sueño, aquel empecinamiento, aquella vocación irrazonable, aquel amor imposible que tuve cuando niña: ser escritora.

Ser escritora -o, mejor, novelista de postín- ha sido mi magdalena proustiana, mi McGuffin hitchcockiano, o, en plan más castizo, la zanahoria delante de mis morros. Ese deseo -u obsesión, creo que podemos llamarlo sin equivocarnos ni mentir mucho- me llevó a querer leer más, a querer profundizar más en la escritura, en el aprendizaje, en la lectura, y, lo más importante, en mí misma; a empeñarme en sacarle más punta a todo, en escarbar un poco más hondo, indistintamente de si encontraba al final de la excavación un pedrusco sin valor o un pedazo de  carbón convertido en diamante; a estudiar Periodismo y a buscar trabajo en esa área, después; y a seguir explorando esa veta cuanto pudiera. Y siempre he podido; la veta todavía no se ha agotado, y creo que está lejano ese día aún.

Mi caso es el ejemplo más a mano que tengo y el que mejor conozco, pero lo que quiero decir, al final de todo, es que es maravilloso encontrarme con que, en mi camino de persecución de ese ideal, de esa idea fija que, por otro lado, jamás habría podido hacerse realidad, porque era una idea de perfección; en ese proceso, sin darme casi cuenta, he ido recolectando una serie de tesoros, y he ido, además, dejando yo misma parte de mí, haciendo cosas, mayores o menores, da igual, simplemente creando algo donde antes no había nada; creando con mis manos, con mis ojos, con mi mente; creando con mi intuición; creando porque dejaba partículas de vida de dentro de mí en eso que había fuera; alimentaba el terreno de la vida con lo que yo tenía, y ella me alimentaba a mí; y ahora, que llevo recorrido cada vez más y puedo mirar atrás con cierta holgura y perspectiva, veo que hay tanto hecho, tantísimo, y no me ha costado ningún esfuerzo hacerlo, no ha habido ningún sacrificio, no se me ha arrebatado nada ni he perdido nada, porque lo he hecho todo sin darme cuenta, pensando que era sólo un paso más, pero no; cada uno de esos pasos era El gran paso, cada uno de esos pasos era a la vez el primero y el último, y a la vez el más nimio y el más importante; cada uno de esos productos, de esos frutos silvestres, de esas florecillas del bosque, era muy pequeño, y es invisible para el mundo, pero no para mí, sólo porque sé que podían no haber existido nunca, y no habrían existido si yo no hubiera acertado a pasar por ahí.

Y por eso, aunque dentro de cien años sean sólo un grano de arena en el desierto, y aunque dentro de mil no quede nada del último recuerdo de ellos, ahora sí existen, y hay gente que los ha visto también, y quizá los ha disfrutado, y me ha sonreído al verlos, y yo a ellos, y han aspirado su discreto, pequeño aroma, y han vuelto a sonreír tal vez; o quizá no, quizá ese olor los ha enojado o los ha molestado, pero, aun así, han sentido algo, han estado vivos en ese momento; vivos como el pequeño fruto de mi trabajo; vivos como quien trabajaba en ello sin darse cuenta, yo, porque tenía la mirada fija en otra parte; y ahora veo que esa otra parte no existe, pero es la que me ha ayudado a llegar hasta aquí.

1 comentario

Archivado bajo Otros

El periodismo y tú

Cuando era estudiante de periodismo, y también antes y después de eso, me harté y me sigo hartando cada día más de repetir que la educación, la formación humanista y la información veraz también salvan vidas. Todavía hay gente que cree que son competencias menores y que con médicos, ingenieros y trabajadores que produzcan cada vez más y mejores productos tecnológicos ya está salvado el mundo.

Pues tengo que comunicarles que no. Se equivocan quienes así piensan. La medicina, en efecto, y la ciencia pura y hardcore salvan vidas, sí; la educación y el saber, también. La diferencia es que unas pueden suponer la diferencia entre la vida y la muerte, o entre una calidad de vida peor y otra mejor, en cuestión de días, de semanas, o de segundos, y los efectos saltan a la vista; las otras no producen un resultado tan impactante ni tan fácilmente apreciable, ni, por sí mismas, pueden rescatar a nadie de la muerte. Son, en cambio, arma y escudo, coraza sin igual y fórmula mágica para la mente, y poderoso alimento y acicate para el talento, la motivación y la inteligencia. En suma, el saber es un poder que podemos adquirir y administrar libremente, y hacer que nuestra vida sea, quizá no más larga, pero sí más ancha y más agradable.

Un ejemplo muy sencillo y actual nos lo proporciona la crisis y el caso de Bankia. Uno puede ignorarlo todo acerca de las finanzas, la macroeconomía, la banca, la bolsa, el funcionamiento de la Unión Europea, la alta política y las sutilezas de la diplomacia interpueblos, que es lo que nos pasa a casi todos. Entonces, tiene dos opciones: o hacer como Vicente y dejarse llevar por el pánico, prestando oídos a las campanas de “corralito”, “quiebra”, “devaluación”, “recorte”, “ruptura de Europa”, “rescate”, etc. y metiendo todos esos términos en el saco sin fondo de los oscuros presagios, o bien hacer por informarse, preguntar a quienes saben más por el significado de esos términos, leer cuanto más mejor (aunque todavía tropiece con todos esos tecnicismos) y, en suma, tratar de entender qué es lo que está pasando, qué quiere decir cada cosa. Cuanta más información comprensible -recalco esa última palabra- tenga una persona, cuanto mayor sea su dominio de un tema, más poderosa será y, por consiguiente, más independiente y más fuerte.

Y a mayor independencia, menor peligro de convertirse en víctima. Porque una persona ignorante es una persona vulnerable: al engaño, a la violencia, al sectarismo, al prejuicio, a la maldad. Si la educación es considerada pilar del desarrollo y de la dignidad de la persona en todos los países civilizados no es por casualidad. Es porque lo que aprendes es un arma que, a diferencia de las armas materiales, tangibles, nadie te podrá quitar nunca.

Ahí radica parte del valor que tiene el periodismo, la propagación de información veraz y lo más ecuánime posible, como profesión, y el reconocimiento que merece como labor de personas cualificadas para ello. El periodismo no se limita a retuitear mensajes, a grabar vídeos o sacar fotos con nuestro móvil o nuestra cámara y subirlos a la red y que los vean en Youtube, ni, en suma, a prestar testimonio de algo que ha pasado. Es un ejercicio que implica un código deontológico, ético, de obligado cumplimiento, tan vital para la profesión de periodista como el juramento hipocrático lo es para los médicos. Porque la información clara, veraz y contrastada puede mejorar la vida de las personas y ayudar a hacer un mundo mejor. Por eso no sólo es importante que los periodistas seamos conscientes de cuál es la esencia de nuestra labor, sino que también debe serlo el consumidor regular de medios (que hoy día somos todos, lo queramos o no). Aunque no sea más que por afán de supervivencia, por saber que la información de calidad puede hacer que la vida de uno mismo sea mejor.

Deja un comentario

Archivado bajo Otros