Dos cínicas

Yo era una cínica, y la crisis me ha hecho dos cínicas. O más aún, si contamos el IVA al 18%, el dinero público que se va a utilizar para salvar bancos privados, el menú del día que ahora me cobran a 16 euros, la autosubida de sueldo que se ha marcado cualquier electo de cualquier pueblo de mala muerte, el canto a la vulgaridad, a la propaganda mal que bien encubierta y a la información superficial, poco o nada elaborada y peor contada que nos ofrece la televisión, la hipocresía, la incompetencia generalizada, el pasotismo militante como reacción… Vamos, que me bastaba yo solita pero, aun así, entre todos me mataron.

Somos muchos los nuevos cínicos, o los cínicos redoblados y convencidos hijos de la crisis. No somos la generación perdida, sino la ganada, porque a esta crisis general -financiera, moral, pero también intelectual, social y, en fin, de dimensiones cósmicas nunca vistas; y todavía hay gente que se mofa del calendario maya que pronosticaba el fin del mundo para este año: pues sí, señores, el mundo, tal como lo conocíamos, ya terminó, quod erat demonstrandum- debemos agradecerle una cosa sobre todas las demás, y es la limpieza que ha hecho. La depuración que se reclamaba para tantas instituciones y empresas tipo agujero negro, de las que no pocos cargos se han jubilado con indemnizaciones, entre ellos el caso más flagrante, el presidente que ahora cobra una suculenta pensión vitalicia y, encima, da conferencias en calidad de experto económico; en fin, esa depuración la está haciendo la propia crisis, como si fuera una bendición divina disfrazada de plaga. Porque no hay mal que por bien no venga.

Y a eso me refería yo cuando hablaba del nuevo cinismo. No hay ninguna negatividad en esto, por lo cual tal vez debería utilizar otro término para llamar brevemente a esta sensación de… limpieza, de liviandad generalizada, pero, sobre todo, mental.

Los que somos genética y socialmente proclives al pajeo mental vamos dejando de practicarlo tanto. Es fácil ver el porqué: no nos sobra energía, ni tampoco motivos para ello. Hemos visto derrumbarse nuestros ídolos, nuestras referencias. Los ideales y aquellos que los encarnaban han ido desapareciendo ante la apisonadora del mundo real. Un mundo hecho de objetos, pero, sobre todo, hecho de dinero y de quienes viven por y para él, quienes lo tienen erigido en los altares y le profesan idolatría. La marea del dinero, de la codicia, del hedonismo, del afán de posesión y del amor por el mundo y la gloria del mundo lo ha barrido todo, se ha llevado por delante toda otra consideración. Como nosotros, la mayoría de la gente, somos los damnificados, las víctimas de todos los nuevos reyes paganos con sus nuevos becerros de oro, y cada vez tenemos menos recursos para vivir y, además, permitirnos nuestra pequeña cuota diaria de holganza, jolgorio, filosofía de andar por casa y dar rienda suelta a nuestra pequeña idiosincrasia personal, ahora nos limitamos cada vez más a sobrevivir y a dejar las florituras y las acrobacias mentales para otro momento.

Pero, sobre todo, creo que hemos perdido el respeto a todo aquello a lo que aspirábamos una vez. No a todos nos ha tocado de lleno la crisis en el momento en que terminábamos los estudios y nos lanzábamos a buscar nuestro primer trabajo, pero tanto a unos como a otros, creo -al menos es mi caso-, se nos ha caído el velo de los ojos. Porque la crisis ha dejado el mundo hecho un páramo, y ya no queda nada en pie. ¿Para qué sirve estudiar? Más aún: ¿para qué sirve aplicarse, sacar buenas notas, ser buen estudiante? ¿De qué nos sirve haber leído más que otros, o haber sido de los primeros en llegar a este o a aquel lugar? ¿Qué nos aporta ahora, e, incluso, qué recuerdos, ni buenos ni malos, tenemos ahora de haber visto naves de ataque arder más allá de Orión o rayos C brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Tannhäuser, si todos esos momentos se han perdido en el tiempo, si la realidad y los sueños que los hicieron posibles son como lágrimas en la lluvia?

Yo no sé vosotros, pero, para mí, el mundo sí se terminó en algún momento indefinido, hace poco, y pasó sin que nos diéramos cuenta, y sin que nos importara. Ya nada será como era antes, porque antes había aún cosas inmateriales que valían algo, que se respetaban, que suponían un bien no sólo individual, sino común, colectivo. Ahora he visto que a nadie le importan el talento, el esfuerzo, el arte, la belleza, la bondad; todos estamos demasiado ocupados en tratar de sobrevivir y en tratar de esquivar a quienes quieren impedírnoslo.

Y, sinceramente, tal vez sea mejor así. Por lo pronto, más fácil; porque menos, no podría serlo.

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo Otros

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s