Morir por

Fue una sensación rarísima. Supongo que fue hace dos años, porque en 2010 se cumplieron 65 años del final de la 2ª Guerra Mundial, y las televisiones serias hicieron algo bien y lo conmemoraron con varias decenas de programas.

Pues esto sucedió una noche en que salí con unas amigas a tomar el aire. Estábamos en un bar donde el televisor estaba puesto. (No sé ahora, pero, entonces, siempre estaba puesto, aunque no se oyera nada; supongo que para crear más ambiente, a pesar de que la música sonaba a todo trapo para animar a la gente a bailar o, por lo menos, a moverse un poco.) Era bien de noche, pero no tan tarde como para que no hubiera programas regulares en la tele, y debía de ser “La noche temática” o algún espacio similar, de calidad. Estaban hablando del frente germano-soviético y de cómo terminó allí la contienda, con la derrota del ejército nazi. Y estaban entrevistando a algunos supervivientes: hombres y mujeres que desempeñaron varios roles, y que, cada uno a su manera -luchando, salvando vidas, curando a otros, protegiendo a alguien más débil que ellos aunque ello los pusiera en peligro a ellos mismos…-, fueron héroes, demostraron su nobleza. Eso es algo que, aunque la historia escrita, la de los historiadores que cogen hechos en masa, fechas, topónimos, nombres de mandatarios y de oficiales, deje escapar de entre los muchos recovecos de su red, la Historia de verdad, la que escribe la vida, la que se escribe más allá y por encima de nosotros porque ya está escrita antes de que nosotros lo veamos, nunca olvidará. En esas páginas preciosas, sus nombres están grabados en caligrafía de ángeles, con tinta de oro.

Pero fue una escena un poco rara, y me hizo sentir ídem, porque lo que se contaba desde aquella pantalla no tenía público allí donde estábamos. No sólo eso: además, era algo completamente ajeno a la gente allí congregada, a la música que sonaba, a lo que allí se hacía, a toda aquella frivolidad e intrascendencia típicas de un sábado por la noche. La media de edad era baja, allí había mayoría de veinteañeros -menores de 25- y parecía que nada tenían que ver con aquellos sufridos, ajados y exhaustos ancianos que se emocionaban recordando su participación en la mayor tragedia que ha vivido Europa y una de las mayores de la historia de la humanidad; los viejecitos, un día heroicos jóvenes, no mayores que los más jóvenes de entre los que saltaban, botaban y bebían en aquel bar, que narraban para todo el mundo la historia que ellos nunca habían podido olvidar. ¿Cómo se puede olvidar algo así?

Pero aquellas entrevistas no tenían nada que ver con los jóvenes que yo veía allí, y la desconexión era recíproca, lo cual era la parte más grave de todo el asunto.

Porque si en aquella noche cualquiera de sábado nosotros podíamos pasar el rato en aquel bar era, en parte, gracias al sacrificio de quienes nos hablaban a través de aquel documental de televisión. El sacrificio de ellos y de muchos otros, millones de personas que nunca llegaron a viejos, que murieron de maneras horribles que no se pueden imaginar, tras haber visto y vivido cosas que no se pueden decir.

Ellos fueron héroes, y gracias a ellos, el aire que nosotros respirábamos era más ligero, era más gratuito, era más grato.

De esto no nos daremos nunca cabal cuenta, porque todo esto nos ha sido dado desde que nacimos, y nunca hemos tenido que vivir sin tanta dicha, sin tantos dones. Ellos, sí. Ellos sí se vieron privados de esas cosas; o bien, por la amenaza de verse privados de ellas, dieron su vida y se desangraron en territorios cuyo nombre ignoraban, sin saber qué sería de sus cuerpos, de sus familias.

Seguramente, muchos de ellos no tendrían otra elección y fueron empujados a la guerra, pero, seguramente, otros muchos sí la tuvieron e hicieron su elección.

Por eso, ahora mismo, todos nosotros podemos decir que sí hay alguien -de hecho, mucha gente- que ha muerto por nosotros; hay gente que dio su vida por nosotros, para que ahora podamos estar sentados delante de este ordenador, preguntándonos qué queremos hacer con nuestra vida; nos lo estamos preguntando porque tenemos esa opción, porque somos casi completamente libres.

No está mal acordarnos de ellos alguna vez, sobre todo porque a casi nadie parecen importarles ya.

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